domingo, 25 de octubre de 2015

PAZ SIN VICTORIA: "Un santo varón norteamericano, el Presidente Wilson, tuvo la evangélica ocurrencia de impedir que la abominación final se consumase también esta vez. ¡Cuidado con los inventos! Los más grandes inventos son precisamente los más susceptibles de convertirse, por incapacidad de los inventores, en falsos inventos."

Woodrow Wilson


LOS FALSOS INVENTOS

El artículo que se reproduce a continuación es producto de la opinión pública que se tenía a la llegada reciente del Nacional-Socialismo al poder en Alemania, aunado a la incertidumbre y desconfianza internacional que reinaba posterior a la Primera Guerra Mundial. Para esta fecha el Proyecto Social NS aún era desconocido para todos. 

Todo el profundo malestar político que experimenta Europa procede, a mi juicio, de aquel curioso invento que se hizo en el mundo a mediados de 1918. ¿No lo recuerdan?

Habían transcurrido casi cuatro años de la más espantosa guerra que registra la Historia. Los ejércitos alemanes y sus aliados ocupaban todavía extensiones inmensas de países ajenos. Habían ganado numerosas y resonantes batallas. Pero, agotados por el esfuerzo y vacilantes ya, bajo la insostenible desventaja numérica y la aplastante inferioridad de recursos, se hallaban en vísperas de rendirse o de tener que afrontar la más tremenda, la más implacable, la más amarga derrota. La Primera Guerra Mundial entraba, pues, en su última fase, la decisiva, e iba a terminar exactamente de la misma manera como habían acabado hasta entonces todas las guerras de todos los tiempos: con un vencedor y un vencido.

Y aquí surgió el invento. Un santo varón norteamericano, el Presidente Wilson, tuvo la evangélica ocurrencia de impedir que la abominación final, característica de todas las guerras (el acto bárbaro de poner el vencedor el pie sobre el cuerpo inerme y ensangrentado del vencido), se consumase también esta vez. La fórmula Wilsoniana para resolver el caso decía textualmente: “Paz sin victoria”. El Presidente yanqui quería que no hubiese ni vencedores ni vencidos. Era una fórmula inédita e inaudita.

Fueron muchos los que se asombraron de la pretensión de Wilson, no por creerla desprovista de espíritu, sino todo lo contrario, por imposibilidad absoluta de hacerla corpórea, sobre todo después de cuatro años de guerra. Pero, en fin: como Wilson consiguió provocar en los nervios estragados del mundo una suerte de estremecimiento místico, y por otra parte (sobre todo esto) los Estados Unidos de América eran los verdaderos dueños de la situación internacional, ya que los aliados contra Alemania, tan rendidos como ella, sólo se sostenían gracias al apoyo de los norteamericanos, no hubo más remedio que acceder a todo lo que quería el evangélico Presidente. Se concertó el armisticio. Se redactaron e impusieron los tratados... Y cuando todo terminó, nos encontramos con que a Wilson le había ocurrido lo que a tantísimos idealistas candorosos, cuando se enredan en negocios humanos. El pobre Presidente, desautorizado por sus mismos compatriotas, que renegaron su obra, murió de santa pesadumbre. Los tratados, en vez de respirar el desinterés, la fraternidad y la justicia internacionales, resultaron la más absurda e intrincada obra de desorganización europea que se haya llevado a cabo, consciente y deliberadamente, en muchos siglos. De modo que, en vez de la famosa, de la anhelada “Paz sin victoria”, hemos tenido exacta y literalmente lo contrario: “Victoria sin paz”.

¡Cuidado con los inventos! Esta saludable advertencia debería grabarse a la entrada de todos los laboratorios políticos y cancillerías. Porque, sin el invento de Wilson (que tan nuevo y tan admirable pareció en su día), ahora es indudable que Europa se encontraría, incomparablemente más tranquila, más pacificada. En efecto: ¿qué habría ocurrido? Que los aliados contra el Imperialismo germánico, en seis meses o en un año más de guerra y con el irresistible empuje de la colaboración yanqui, habrían infligido a Alemania y sus satélites una contundente, una completa, una indiscutible derrota militar, terrestre, naval y aérea. La paz habría sido impuesta y firmada en Berlín, con todos los puntos vivos del Imperio ocupados por tropa extranjera. Los tratados no habrían resultado peores que los actuales, porque ello es imposible. Pero el Pueblo alemán, abrumado ante los hechos palpables, ante la realidad aplastante, no habría tenido más remedio que aceptarlos. Se habría encogido de hombros, con resignación. Y hoy estaría murmurando en su alma, con convencimiento profundo: “¡Alabado sea Dios! Nos han vencido”. Consecuencia: medio siglo de paz efectiva.

Mientras que ahora todo es al revés. Alemania no tiene en manera alguna, la convicción de su derrota, porque nadie le dio la indispensable y correspondiente sensación. Alemania no fue derrotada, derribada, acogotada en el campo de batalla, que es desde que el mundo rueda por el aire, la única manera de hacer sentir y hacer palpables, indiscutibles los vencimientos por la fuerza. Alemania sólo ve, sólo recuerda que de donde ella salió derrotada fue de las conferencias que elaboraron los tratados de paz. Y esta derrota sobre el papel (después, precisamente, de aquel otro papel famoso en que Wilson proclamó ante el mundo sus catorce puntos, su “paz sin victoria”, “sin vencedores ni vencidos”), a Alemania no le parece una derrota real, sino más bien una espantosa estafa. Alemania, en una palabra, no se siente vencida, ni se lo ha sentido nunca, y en cambio se ha visto, repetida y copiosamente, tratada corno tal. Y en lo más hondo de sus entrañas y su corazón se dice que esto es intolerable.

El noventa y cinco por ciento de la razón de ser del Racismo Nacional-Socialista, del Hitlerismo, está ahí, y quien no lo vea es inútil que pierda tiempo buscando las causas y raíces profundas de un movimiento que tiene más de reacción biológica, fatal, instintiva, que de substancia lógica, intelectual y coherente. Esas multitudes uniformadas y apasionadas, esos cantos, esas antorchas y banderas, incluso las persecuciones y los excesos que ocurren a diario en Alemania, son meras expresiones circunstanciales del fondo permanente del alma germánica, que no se resigna a un vencimiento que jamás ha sentido. Todo eso es una especie de lenguaje simbólico y exaltado, para decir al mundo: “La derrota de Alemania es una pura falsedad. A nosotros nadie nos ha vencido. ¡Abajo las cadenas! Una de dos: o somos todos iguales, como quería Wilson, sin vencedores ni vencidos, o el que quiera ponernos el pie al cuello ha de hacerlo, no sobre un “chiffon de papier”, sino donde, deben hacerse realmente estas cosas: en el campo de batalla. ¡Y a ver quién se atreve!” Total: una continua zozobra, la guerra latente.

¡Ah, esos falsos inventos, como el de una paz sin victoria, tras una guerra sin cuartel! En España también nos creímos, hará muy pronto dos años, haber realizado un descubrimiento sensacional, del mismo género. Si Wilson pensó que era posible terminar una guerra sin vencedores ni vencidos, los españoles nos entusiasmamos con nuestro extraordinario invento de una Revolución Pacífica. Desde que el mundo es mundo, las revoluciones se habían caracterizado siempre por ser sangrientas, bárbaras y calamitosas. Una revolución es el prototipo de la guerra civil, y como toda guerra, implica también a su término un vencedor y un vencido. Esto era, cuando menos, lo ocurrido en todas las anteriores revolucionas históricas. Pero los españoles (y no precisamente por espíritu evangélico y Wilsoniano, sino más bien por esa desconcertante y originalísima tendencia a la paradoja, que tan a menudo revelan las acciones y reacciones de nuestra vida pública); los españoles, digo, para no ser como los demás, realizamos el grande y cómodo invento de la Revolución Pacífica, tan inaudita como la paz sin victoria. Y ahora, de puertas adentro, nos ocurre lo mismo que en la esfera internacional está pasando en Europa, que como no hubo derrota palpable, nadie se da por vencido.

En vano unos dicen que ha habido revolución y que, por lo tanto, las cosas han de ser de tal y cual manera. Nadie se da por aludido, porque nadie mascó la derrota. “¡Aquí no ha pasado nada!”, dicen todos los que no han experimentado los abominables horrores propios de las revoluciones antiguas, que eran las revoluciones con revolución. De suerte que unos estiran y los otros no aflojan, exactamente igual que en Europa. Y el peligro evidente de ese invento nuestro, el de la Revolución Pacífica, es idéntico al de la paz sin victoria: que así como ésta es una paz angustiosa, que a cada momento amenaza por acabar en una guerra feroz, del mismo modo nuestra Revolución Pacífica, que comenzó un domingo, con unas elecciones formidables de alegría y unanimidad, vaya enredándose hasta el punto de desembocar en una espantosa discordia civil o en un auténtico estallido revolucionario.

La cosa es clara. No vaya a creerse que yo hubiese preferido el vencimiento brutal de Alemania en 1918, ni un cataclismo revolucionario en España, en 1931. Nada de eso. Yo estoy encantado, tanto de la paz sin victoria, como de la revolución sin revolución. Y lo que digo sólo es que, a cosa nueva, método nuevo. La paz sin victoria habría sido una gran cosa para Europa y para el mundo, si luego, al ponerla en práctica, la estupidez y la malquerencia humanas no la hubiesen estropeado. Y la Revolución Pacífica de los españoles sería, y aun puede ser, un memorable ejemplo, una lección universal, si con la estrechez de espíritu de unos, el sectarismo de otros y la majadería de todos no la transformamos en un caos. Los más grandes inventos son precisamente los más susceptibles de convertirse, por incapacidad de los inventores, en falsos inventos. En cuyo caso, en vez de reportar los beneficios que de ellos se esperaban, no engendran más que nuevas y pavorosas calamidades.


Agustí Calvet Pascual “Gaziel”; 31 de marzo de 1933.






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