domingo, 29 de noviembre de 2015

CUADRUNVIRATO EUROPEO (2): "Ya que usted posee alguna experiencia en la Política Internacional, diga: ¿ve usted alguna posibilidad de establecer un plan de pacificación europea aceptable para los franceses y al mismo tiempo para los demás Estados? En tal caso, ¿cuál sería en líneas generales dicho Plan?"

Édouard Herriot


POR LA PAZ DE EUROPA

Tengo amigos norteamericanos que me dicen: “Ya que usted posee alguna experiencia en la Política Internacional, diga: ¿ve usted alguna posibilidad de establecer un plan de pacificación europea aceptable para los franceses y al mismo tiempo para los demás Estados? En tal caso, ¿cuál sería en líneas generales dicho Plan?”

Con mucho gusto voy a contestar a esta pregunta, pues precisamente ahora el aplazamiento de la Conferencia del Desarme nos da un poco de descanso. Hasta el 25 del corriente no se abordará el debate de ese proyecto de convenio británico que, a decir de mi querido amigo Sir John Simon, brinda las más amplias perspectivas de solución. ¡Dios le oiga! En verdad, acaso no se haya escogido el mejor momento para hablar de paz, cuando Alemania decide el boicot a todo lo israelita, cuando se organiza científicamente la campaña antisemita, cuando la libertad de conciencia y la libertad de opinión son atropelladas con una violencia contra la cual las naciones llamadas civilizadas no se atreven a protestar, cuando se cometen en Austria las mayores violencias. El problema de la paz lo es tanto moral como político, y sería hipocresía anunciar una próxima reconciliación entre los hombres en un tiempo en que el prejuicio de raza recobra el vigor de las edades primitivas, tiempo en que se enseña a los niños a odiar y a manejar las armas. ¿No debiéramos, antes de pacificar a Europa, dar acogida a los desdichados errabundos que no cometieron más delito que mantenerse fieles a la religión que dio al mundo la Biblia, Jesucristo y los Evangelios, con promesa de una sociedad mejor? Quede bien sentado: la Francia republicana, creyente o librepensadora, cumplirá con su deber para con los perseguidos alemanes. De esta manera, y desde ahora mismo, demostrará su fidelidad a los principios que condenan la violencia.

Por más que una época así no sea propicia a los proyectos de paz, nosotros no cejaremos en nuestro esfuerzo. Pero no hay necesidad de fraguar nuevos planes. Con razón puede sostenerse que son ya demasiados los planes que se sometieron y que se hallan al presente sometidos a la asamblea de Ginebra.

Procuremos, en efecto, ver claro. El gobierno francés que tuve el honor de presidir (antes del ligero accidente que me hizo sufrir la cuestión de las deudas) redactó, suscrito por Paul Boncour y por mí, un proyecto de organización de la paz que, por lo menos, era fruto de concienzudo estudio. Es pues, natural que cuando se me pregunta cuál es mi opinión, declare que se halla contenida en el documento debido a mis cuidados. Incluso me causa gran satisfacción advertir que el profesor Einstein, al desembarcar en Bélgica y ser interrogado acerca de los medios mejores para evitar la guerra, se haya pronunciado en favor de nuestro plan, deparando: “Creo sinceramente que la tesis francesa es la que va más lejos y en buena dirección. Supuesto que sea posible aplicar los principios en que se funda, es capaz de dar resultados positivos”. Y el eminente sabio pronuncia estas palabras que estimo vale la pena de retener: “Habrá seguridad para todos los países, desde el momento en que cada cual se someta a las obligaciones de una intervención colectiva, intervención que no debiera considerarse facultad discrecional, sino como obligación. Cada Estado debería por supuesto, respetar y poner en práctica las decisiones que tomase el organismo internacional competente”. En efecto, el Plan Francés, el llamado Plan Herriot-Boncour, preveía la cooperación de las potencias europeas para su defensa contra un agresión eventual. Cada una de las potencias signatarias tendría que mantener en forma permanente y a disposición de la Sociedad de Naciones, “contingentes de acción común”. Pero nuestro plan sucumbió definitivamente a la oposición que unió a Alemania e Italia contra esta concepción de organización colectiva. Pasó el plan al reino de las sombras. Murió sin ser enterrado oficialmente, pues en la Sociedad de Naciones se deja a los cadáveres sobre el campo de batalla.

Este fracaso no será para nosotros los franceses causa de desaliento ni de mal humor. Por mi parte, me pondré una vez más de luto recordando que ya lo hice así en 1924, a raíz de la muerte de mi pobre protocolo. Y me disponía a estudiar con la mayor simpatía la criatura que Mr. Ramsay Mac Donald nos trae en sus brazos.

El proyecto de que Sir John Simon ha hablado en la Cámara de los Comunes consta de 96 artículos. Lamento ver que no aporta ningún elemento de novedad por lo que a la seguridad se refiere. Juzguen ustedes mismos:

En caso de amenaza de guerra, las altas partes contratantes se reunirán en conferencia para tomar “todas las medidas que se estimen útiles”. Ahora bien, las conclusiones de esta conferencia debieran ser aprobadas por los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Japón, Rusia, y además por la mayoría de los representantes de los demás gobiernos. Enunciando esta condición, mi amigo Mac Donald plantea un problema análogo al movimiento continuo o a la cuadratura del círculo. Nunca pudimos los franceses vencer la repugnancia inglesa a las sanciones. Y, no obstante, me pregunto: ¿existiría sin sanciones el Derecho Privado?

La última parte del proyecto propone que se constituya una Comisión Permanente de Desarme, con atribuciones para proceder a las investigaciones necesarias, medida ésta muy laudable, pero incompleta a mi juicio, pues habría que instituir un “control” permanente. La parte relativa al desarme propiamente dicho da la sensación de un estudio muy escrupuloso por lo que hace a la equidad. Contiene excelentes disposiciones para el cálculo de las formaciones “paramilitares” y “premilitares”. Fija cifras que son indicaciones, para la Europa continental al menos, ya que la Gran Bretaña ha tenido la discreción de no hablar de momento de las cifras propias. Las prescripciones relativas a la aviación no dejan de ser ingeniosas, si bien el plan ofrece evidentes lagunas. No revela con claridad si Alemania obtendrá, o no, autorización para rearmarse. En fin, resuelve de manera muy somera la cuestión naval. Si Alemania recaba la igualdad de derechos, ¿qué se dispondrá acerca de su flota? ¿En qué medida podrá aumentar sus unidades sobre las cifras que le permite el Tratado de Versalles? La cuestión de la igualdad, en justicia, se plantea lo mismo para el mar que para tierra.

Tomado en conjunto, el proyecto de convenio sometido por la delegación del Reino Unido representa una base para serios debates, y puede contarse, desde luego, con que Francia lo estudiará con la mayor imparcialidad.

Por desgracia para la rapidez de los trabajos, el Plan Italiano, el que el Señor Mussolini entregó a Mr. Mac Donald en la orilla de Ostia, parece haber complicado la situación, y a la hora presente no sabemos a ciencia cierta hasta qué punto se opone o se sobrepone al proyecto inglés.

El Plan Italiano no es largo: consta sólo de seis artículos. El primero especifica que las cuatro grandes potencias occidentales (Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia) “se comprometen a realizar entre sí una política efectiva de colaboración con miras al mantenimiento de la paz dentro del espíritu del Pacto Kellogg y del no ‘force pact’, y a actuar en el terreno de las relaciones europeas para que sea adoptada esta política de paz, en caso necesario, por los demás Estados”. Este artículo nos hace reaccionar de la siguiente manera. Nos causaría inmensa satisfacción que las cuatro potencias mencionadas en el pacto se acostumbrasen a obrar de común acuerdo. Nada es de mayor interés para la paz del mundo que una aproximación de Francia e Italia entre sí, a pesar de le diversidad de sus regímenes interiores respectivos. Pero la Democracia francesa difícilmente podría aprobar el retorno a la vieja teoría de las potencias directoras, de las triples ni cuádruples alianzas. Nosotros mantenemos el concepto, afirmado en el estatuto de la Sociedad de Naciones, de que todos los pueblos, grandes o pequeños, son iguales, y no podemos atribuirnos el derecho de imponer al conjunto de las naciones europeas soluciones dictadas por un directorio de cuatro miembros. La Pequeña Entente, especialmente, nos ha recordado que ni en derecho privado, ni público, se puede disponer de los bienes de un tercero. Es un principio de moral.

Esta regla se impone con tanta mayor fuerza, por cuanto el artículo segundo indica que la revisión de los tratados constituye el objeto esencial del Proyecto Mussoliniano. Si la revisión debe emprenderse dentro de las condiciones previstas en el pacto de la Sociedad de Naciones, ¿a qué viene un nuevo texto? Si debe abordarse en otras condiciones, no definidas, ¡qué peligro! Si se trata de aumentar el territorio de Hungría, de amputar el de Dalmacia, de quitarle ciertas provincias a Polonia, ¿cómo suponer que semejantes operaciones podrían llevarse a cabo sin guerra? Y si, para evitar la guerra, se cuenta con la intimidación por parte de las cuatro grandes potencias, ¡qué inmoral empleo de la fuerza! Francia, no tengo la menor duda, se mantendrá fiel a su principio, que es la afirmación del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos.

El artículo tercero declara que, si la Conferencia del Desarme “diese únicamente resultados parciales”, la igualdad de derechos reconocida a Alemania debería tener un alcance efectivo, realizándose gradualmente, por sucesivos acuerdos entre los cuatro. Pero ese problema de la igualdad de derechos quedó ya resuelto en la Convención de 11 de diciembre de 1932, libremente suscrita por Alemania, Francia, la Gran Bretaña e Italia. Por otra parte nadie puede solventar una cuestión así sin el consenso de todos los signatarios de los tratados o de los miembros de la Sociedad de Naciones. Los demás artículos se refieren únicamente al procedimiento.

Por grande que sea mi deseo de ver acercarse a Francia, Alemania e Italia, me inclino a juzgar que el proyecto del señor Mussolini viene a complicar la situación, lejos de simplificarla. Y como quiera que él hablara con suma libertad del plan francés, yo me siento, por mi parte, autorizado a formular sobre el documento italiano las reservas que dejo apuntadas en nombre de la doctrina de la Sociedad de las Naciones, a la que sigo ateniéndome. En su discurso del 23 de marzo en la Cámara de los Comunes, Mr. Mac Donald declaró que el objetivo principal del proyecto romano es “la revisión de los tratados”, y que su criterio, hechas algunas ligeras salvedades, coincide con el del señor Mussolini... a excepción, por supuesto, de lo que se refiere a Tanganica.

Lo más prudente, entiende el autor del difunto Plan Francés, será atenerse al proyecto depositado en Ginebra por la delegación del Reino Unido. Y ya se  verá que ni aun así dejarán de presentarse ciertas dificultades.


Édouard Herriot; Abril de 1933.







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