domingo, 8 de noviembre de 2015

GERMANOS Y SEMITAS (11): "Scholem pertenece a una estirpe teocrática, elegida, tiene tras él esa tradición gloriosa. Pero su infinito orgullo le impide tener fe en ese Dios que al hacerse Hombre fue un hombre de su raza. El Nazi de ojos azules cree en ese Dios en el que el Semita no cree. Scholem contempla al Nazi con sus ojos profundos, el Nazi no comprende aquella mirada secular. Y la Raza del Espíritu y la Raza de la Fuerza se habrán mirado una vez más. Scholem habrá llorado las lágrimas seculares de la pérdida de Sión."



LOS HEIMATLOS: EL SEMITA Y EL NAZI

El sábado pasado, a las diez de la mañana, el Nazi, con su camisa parda, su Cruz Esvástica y su cabeza cuadrada y rosada, entró en el almacén de Scholem.

Scholem no tiene la cabeza cuadrada, ni las mejillas de color de rosbif; es pálido, con los ojos profundos y negros, donde arde una mirada oleosa y triste; tiene la nariz recta, las facciones nobles, la elegancia y la distinción de un hombre que pertenece a una raza pura, meridional y milenaria. Scholem tiene inteligencia, sensibilidad y dinero y, bajo su aspecto resignado, esconde un orgullo infinito. Pertenece a una estirpe teocrática, elegida; sus antepasados, en lo más remoto de los oscuros siglos, fueron patriarcas, sacerdotes, profetas, poetas y arpistas. Tras él está toda una historia épica: los éxodos, las plagas, el Apocalipsis, el Cantar de los Cantares, las barbas de Moisés, las tablas de la ley, la danza de Salomé, Amós, Isaías, el gigante Holofernes y el rey David. Pertenece a la estirpe elegida que ha tenido entre sus hombres un verdadero Dios, un Dios Hombre con su misma sangre judía, con sus facciones nobles, su nariz recta, sus ojos enormes y profundos, su espléndida belleza meridional que la tradición ha conservado, que la raza ha hecho perdurar en la multitud de sus individuos dispersos, sin patria, que aún envueltos en harapos, conservan la dignidad patricia, el sagrado resplandor de aquellas facciones típicas, impresionantes y maravillosas que tuvo el Hombre Supremo que perteneció a su raza.

Scholem tiene tras él toda esa tradición gloriosa, el gran espectáculo vasto, sagrado y lírico de su Talmud; pero la tradición de su raza le prohíbe creer en la predestinada divinidad de su inmensa familia; su infinito orgullo le impide tener fe en ese Dios que al hacerse Hombre fue un hombre de su raza. El dios de Scholem, el Jehová, no ha descendido jamás del cielo; sólo le ha entrevisto entre las llamas bíblicas, resplandecer entre nubes y truenos y poner sobre la frente de Moisés los rayos deslumbrantes y siderales de la sabiduría. Scholem espera con todos sus hermanos de raza el descenso a la tierra del justiciero Jehová y los siglos se amontonan a los siglos sin que la fe se pierda, mientras que la familia, dispersa por el mundo, sufre y trabaja.

El Nazi de ojos azules cree en ese Dios en el que el Semita no cree; durante siglos ha hecho esfuerzos para meter en su médula la moral, los mandamientos, las parábolas, la infinita ternura, la impresionante justicia de ese Dios que, al ser hombre, fue un hombre judío; le ama con su Catolicismo ardiente de bávaro, le venera en la sequedad de la Reforma del rebelde Lutero. Cuando el Nazi tenía un Káiser envuelto en el manto imperial, ese Káiser pretendía hablar en nombre de la justicia y de la moral que había predicado un Dios nacido en el seno de la raza judía. Pero el Nazi de ojos azules, de cabeza cuadrada, tiene tras él la leyenda nórdica, el ruido de las armas de hierro de los Nibelungos, el exaltado grito de las Walkyrias, el misterioso encanto de los bosques negros donde los hombres se peleaban cuerpo a cuerpo con los osos peludos ante la mirada despreciativa del romano civil, refinado y decadente. Tiene tras él a Atila, a las hordas violadoras de la mitología griega que pudrieron el latín maravilloso de la Eneida con su dura fonética; tiene tras él el maleficio de Isolda, la ondina Lorelei, los margraves, la Dieta de Worms, el Discurso a la Nación Alemana, de Fichte; tiene las botas de Federico el Grande y el casco de Bismark.

Scholem sabe todo esto y, por encima de su pupitre de mercader, contempla al Nazi con sus ojos profundos; abrillantados por el desdén, por las lágrimas seculares de las persecuciones infinitas; con sus ojos que en los siglos remotos, vieron los éxodos, contemplaron las plagas, presenciaron cómo se derrumbaban los muros de Sión.

El Nazi no comprende aquella mirada secular, como no comprendió antaño la clara belleza de los hombres envueltos en púrpuras que hablaban en el lenguaje olímpico de la Eneida; su mirada es la misma mirada férrea de los Nibelungos.

Y la Raza del Espíritu y la Raza de la Fuerza se habrán mirado una vez más desde una distancia infinita; habrán retrocedido muchos siglos atrás, al tiempo en que todavía no se hablaba de civilización moderna, ni de Democracia, ni de libertad; al tiempo en que el judío Zweig no había escrito aún los Momentos Estelares de la Humanidad; en que Freud, el Semita, no había penetrado en el mundo misterioso y hórrido de la subconsciencia; en que Einstein, el hijo de Israel, no había lanzado sus teorías impresionantes y siderales al campo infinito de la ciencia moderna; al tiempo en que no había habido una Gran Guerra en que todos los bandos luchaban para salvar una civilización, en que no había una Sociedad de Naciones predicadora oficial de la paz, ni unas Comisiones solemnes para la protección de las oprimidas minorías.

Scholem habrá contemplado un momento la Cruz Esvástica prendida en la manga de la camisa parda del Nazi, esa cruz de brazos rotos como un símbolo.

Sobre el pupitre de Scholem se hallan las balanzas, para pesar y vender, inseparables de su raza; las balanzas que, ni para Scholem ni para el Nazi, han sido nunca el símbolo de la justicia, y en el platillo de esas balanzas inseparables de su vida de mercader, Scholem habrá ido echando su dinero para pagar doble sueldo a sus empleados cristianos, mientras los empleados de su raza son expulsados por el Nazi.

Y cuando el Nazi le habrá vuelto las espaldas, completamente convencido de que pertenece a una raza superior, Scholem, sumido una vez más en una de las ruinas tradicionales de su raza, habrá puesto su frente pálida sobre el pupitre y, una vez más, en el silencio triste del almacén, en el ambiente desolador de la casa vacía y empobrecida, los ojos bíblicos habrán llorado las lágrimas seculares de la pérdida de Sión, de las plagas inacabables, de la profecía terrible...


Mario Verdaguer; 04 de abril de 1933.







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