domingo, 1 de noviembre de 2015

IDEALES DE PAZ: "Pueblo disciplinado el alemán, sólo necesitaba para levantarse del estado de postración en que le había dejado la guerra, una voz de mando potente, un grito que despertase los ánimos adormecidos. Hitler ha sabido dar estas voces de mando, ha logrado lanzar el grito de la resurrección."



HECHOS Y COMENTARIOS: DE THOIRY A BERLÍN

Todos los hombres políticos que anhelan que Europa salga del estado de sobresalto en que continuamente vive, comprenden que la pacificación espiritual de nuestro continente depende en primer término de las relaciones entre Alemania y Francia. Aristide Briand fue un verdadero apóstol de la idea de que al estado de perpetua competencia entre ambas naciones había de sustituirse una aproximación verdad, en todos los órdenes, en beneficio de ambos pueblos; los que así podrían dedicar sus energías a las tareas del progreso, en vez de emplearlas en preparativos para destrozarse mutuamente. Briand halló en Stresemann un colaborador, en apariencia al menos, de este ideal pacífico; y pareció que en este camino se había logrado una primera y esencial victoria con el ingreso de Alemania en la Sociedad de Naciones, hecho que tuvo lugar en el mes de septiembre de 1926. Con este motivo, Briand y Stresemann se encontraron en Ginebra, y en la mañana del día 17 del indicado mes se escaparon de dicha ciudad para ir, por caminos separados, para no llamar la atención, hasta Thoiry, pequeña población francesa situada a corta distancia del lago Leman y de la frontera suiza. Allí, en un modesto albergue, dotado de una buena cocina, se juntaron ambos Ministros de Alemania y Francia, sin más testigo que el intérprete, para tratar de hallar los medios de lograr los fines que cada uno de ellos pretendía alcanzar. Entre los papeles que Stresemann dejó al morir, y que se han publicado recientemente, sin duda el más atractivo es el relato de la entrevista de Thoiry. Briand no abandonó en el transcurso de la conversación, las regiones del ideal en que continuamente se cernía; Stresemann, naturalmente, sólo estaba preocupado por el afán de arrancar de su interlocutor cuantas promesas podía con objeto de que dejasen de pesar sobre su país las duras cláusulas del Tratado de Versalles.

Stresemann, al hablar con Briand, estaba dominado por la idea de que Raymond Poincaré se opondría a la realización de cuanto se conviniera en Thoiry. Pero, para el Ministro francés, este obstáculo era insignificante. Poincaré se mantendría poco tiempo en el poder.  “Este hombre -añadió Briand- no ha vivido nunca entre sus semejantes. Primero, pasó su existencia entre los papeles del Palacio de Justicia, y más tarde entre los expedientes de la Política. Sigue con tenacidad el hilo de su pensamiento y conoce todas las frases de todas las notas. Pero ignora los sentimientos del Pueblo francés y no tiene la menor idea del espíritu que exigen los tiempos nuevos.” Retrato curiosísimo el trazado por Briand; ejemplo magnífico del misterioso fenómeno psicológico que, cuando queremos delinear el retrato de los demás, nos induce a dibujar las principales líneas y los defectos más salientes de nuestro propio retrato. Tan fuera estaba, en aquel momento, Briand de conocer el espíritu del Pueblo francés y las exigencias de los tiempos nuevos, que el principal favor que pedía a Stresemann era que Alemania, tan exprimida por las consecuencias de la guerra, ayudase a Francia a restablecer su pequeña economía. No se daba cuenta de que el gran prestigio de Poincaré bastaría para obtener del Pueblo, cuyo espíritu, según Briand, ignoraba los recursos necesarios para poner en orden las finanzas del país.

La muerte de Stresemann no impidió que el tema de la aproximación franco-alemana continuase sobre el tapete de la Política Internacional. Todavía en el mes de septiembre de 1931, se afanaban los gobiernos de ambos países en hallar los medios de establecer relaciones de mutua convivencia. Esto motivó el viaje de Laval, entonces Jefe del Gobierno francés, a Berlín, en compañía de Briand. Recuerdo que en aquellos días me encontraba en una ciudad alemana y pude comprobar que dicho viaje se había visto, por lo general, con mucha simpatía por los germanos; de tal manera que los Ministros fueron saludados con grandes aplausos en algunas estaciones del trayecto que seguían. Pero igualmente no dejé de observar que las personas cultas se hacían cargo de que, por beneficiosa que pudiera ser la inteligencia franco-alemana, existían grandes dificultades para llevarla eficazmente a la práctica y menos siguiendo los senderos complicados de las entrevistas y conferencias en las que las palabras no siempre reflejan el pensamiento de quienes las pronuncian: “Aunque a usted le parezca extraño -me dijo una personalidad germánica- nosotros preferiríamos tratar estos delicados asuntos con Poincaré que con otros políticos franceses. Poincaré sabemos, en todos los momentos, que no tiene más ambición ni más preocupación que el bien de Francia, sin que esta idea se halle alterada por modalidades de ningún género; y como nosotros aspiramos a lo mismo con relación a Alemania, los arreglos entendemos que serían más prácticos en este terreno de la absoluta claridad, con las cartas a la vista, que no siguiendo caminos tortuosos, tan sugestivos para muchos espíritus políticos.”

La entrevista de Thoiry parece una reproducción exacta de la escena en la que nuestro poeta Bartrina imaginaba que tres microbios encerrados en una gota de agua se consideraban dueños del universo entero. Los hechos han demostrado que es muy difícil que el esfuerzo de un par de personas, por inteligentes que sean, y por mucha que sea la buena voluntad de que se hallen dotadas, pueda torcer el curso de las evoluciones de los pueblos ni cambiar rápidamente sus condiciones características. De lo hablado en Thoiry no queda ya otra cosa que las interesantes memorias de Stresemann. Es en Berlín en donde se ha hecho sentir la voz de Alemania y de la mayoría de los alemanes, que no quieren, ni acaso pueden, dejar de ser lo que siempre han sido: un Pueblo fuerte, progresivo, amante de su patria y dispuesto a someterse por ella a los más grandes sacrificios.

Y la consolidación evidente para la consolidación de la paz europea es que enfrente de esta Alemania hay una Francia dotada de cualidades distintas, sin duda, pero igualmente enérgicas, fuertemente arraigadas en el espíritu de la mayoría de los franceses. Dos países vecinos que han contribuido indudablemente a elevar el más alto grado la civilización de nuestro continente y a adornarla con las galas más atractivas para el espíritu humano. Y es la voluntad firme de una y otra nación lo que se halla en perpetua pugna; es el suelo, la raza, la historia, la mentalidad, la visión del porvenir lo que separa a ambos pueblos, que quieren conservar sus respectivas posiciones en el mundo, cueste lo que cueste, caiga lo que caiga.

Pueblo disciplinado el alemán, sólo necesitaba para levantarse del estado de postración en que le había dejado la guerra, una voz de mando potente, un grito que despertase los ánimos adormecidos. Hitler ha sabido dar estas voces de mando, ha logrado lanzar el grito de la resurrección, y ha dicho al mundo que la trayectoria que ha de seguir Alemania, se ha de trazar en Berlín, o contando con Berlín, y que fuera de esta base, lo demás son conversaciones de comadres que no tendrán la menor trascendencia en la vida del barrio europeo.

Alemania se considera deprimida y oprimida. Y estima que es Francia y únicamente Francia la que puede modificar esta situación del Pueblo germánico. Y Francia opina que, si en virtud de la más espantosa de las guerras ha logrado ocupar una situación preponderante con respecto a su rival de siempre, ha de defender esta situación con los dientes y con las uñas, a pesar de todas las conferencias y de todo género de proposiciones ajenas.

No hay, en los momentos actuales, campo de deporte, ni cinema, ni teatro que presente al espíritu atracción mayor que el espectáculo de esos dos grandes pueblos aferrados a sus ideales. Vano sería querer adelantar cuál será el desenlace de una lucha que se perpetua al compás de la marcha de los siglos. Pero sin duda, si la discordia ha de cesar algún día, ha de ser, no por medio de argucias, sino por el reconocimiento por cada uno de los contrincantes de que su adversario es un competidor de cuidado.


Mariano Rubio y Bellvé; 02 de abril de 1933.






No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡SE AGRADECE SU APORTACIÓN A ESPEJO DE ARCADIA!