domingo, 27 de diciembre de 2015

ALBERT APPONYI 1 (color): "Y después, la destrucción de nuestra civilización arrastrará tras de sí a todo el orbe."



EL ESTADISTA HÚNGARO

A propósito del Programa de colaboración de las cuatro grandes potencias, preparado por Mussolini y Mac Donald, se recuerda continuamente en las conversaciones entre los delegados de los otros Estados europeos en Ginebra, el nombre del gran estadista húngaro, recientemente fallecido: el Conde Albert Apponyi. Si viviese aún, indudablemente habría tenido participación muy importante en las discusiones de tales problemas en Ginebra. Un amigo personal del famoso estadista (el conocido publicista húngaro Doctor Stefan von Dobay), publica en el “Tag” de Berlín, y pone al mismo tiempo a nuestra disposición algunos recuerdos de la personalidad del difunto estadista, de los cuales trasladamos interesantes detalles.

Orador felicísimo, el Conde Apponyi apenas solía preparar algunas notas para trazar el discurso que se proponía pronunciar. Pero después, en el fuego de la improvisación, desarrollaba su tema con una extensión y amenidad de detalles que no se compaginaban con aquellos trazos sumarios. Invitado por la Fundación Carnegie, hace diez años, a dar una serie de conferencias sobre la paz mundial en diversas Universidades de los Estados Unidos, Apponyi empezó su gira por la Universidad canadiense. "En Montreal -dice el doctor Dobay, que le acompañaba-, Apponyi, en la mesa, antes de la conferencia, expuso cómo se proponía desarrollar su tema delante del público. Por la noche, sus amigos escucharon con estupor un discurso completamente distinto. 'En el último momento -explicó el mismo orador- cambié de idea, por encontrarme en presencia de algunos ilustres personajes, en parte mis adversarios de ideas. En la discusión que seguí, creí mucho más conveniente poderme referir al contenido de mis discursos, enteramente distinto de aquel primeramente establecido.'”

En un club de la mejor sociedad neoyorquina, en donde le fue ofrecido un banquete, y al brindar en su honor, Apponyi, por no dar escándalo, levantó también su copa de champán, pero sin beber ni una sola gota. Al preguntarle Dobay por qué había obrado así, contestó: “Como yo sé, estamos en un país prohibicionista: conviene a los huéspedes observar muy escrupulosamente las leyes del país.”

En el año 1921, cuando Carlos Habsburgo residía en Hartenstein, cerca de Lucerna, Dobay, que debía ir a Hartenstein, visitó al Conde Appoonyi, que en aquellos tiempos dificilísimos representaba en Ginebra a Hungría. Al preguntarle cuál era su opinión sobre la cuestión de la Monarquía húngara, me respondió: “No es una cuestión; será actual y podrá ser resuelta en el sentido que nosotros queramos, cuando la nación húngara se vea libre de toda restricción y de toda influencia exterior, y pueda hacer valer su propia voluntad.”

Optimista en el fondo, el Conde Apponyi emitió en los últimos tiempos graves, manifestaciones cargadas de obscuras preocupaciones acerca del porvenir de Europa. El último coloquio tenido con él, que Dobay recuerda, tuvo efecto en París, en la primavera de 1931. Invitado por la Academia diplomática internacional, el venerable estadista húngaro dio una conferencia sobre, “El estadista moderno desde el punto de vista nacional e internacional”, advirtiendo a los hombres políticos de Europa a tener presentes sus deberes, pues de otro modo llevaría a Europa a segura ruina. Al día siguiente, volviendo a hablar sobra el tema de la conferencia, el Conde Apponyi observó gravemente: “A pesar de mi optimismo, veo el horizonte mundial mucho más obscuro de lo que lo ven la mayor parte de los representantes de las grandes y pequeñas potencias. Si no viene en nuestra ayuda un sentido general y una disciplina también mayor, antes de que todo sea perdido, la civilización europea será destruida como una segunda Pompeya. Y después, la destrucción de nuestra civilización arrastrará tras de sí a todo el orbe.”


La Vanguardia; Ginebra, abril de 1933.






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