domingo, 27 de diciembre de 2015

CAMINO DE OCCIDENTE: "Como, a fuerza de no entenderse, los helenos cayeron bajo el dominio de los romanos, los europeos de ahora, con la divisa de 'antes morir que ponernos de acuerdo', vamos camino de occidente a mendigar una protección que podría ser nada más que el preludio de la sumisión."



EL FUERTE Y EL DÉBIL

Una vez más, los hombres directores de la Política Europea toman el camino de occidente para entrevistarse con los que tienen sucesivamente en sus manos la batuta de la política norteamericana. Dicen que van a tratar del problema de las deudas de la guerra, intentando hallar la manera de que los americanos cobren sin que los europeos paguen, o de combinar otra maravilla por el estilo. Si sólo, en la Conferencia de Washington, se tratase de las deudas, podríamos enterarnos de las conversaciones por mera curiosidad, no siempre satisfecha con las notas oficiosas que del resultado de tales conversaciones se facilitan a la prensa. Pero es que, además del arreglo de las deudas, el Presidente Roosevelt y los personajes europeos invitados a la conferencia, quieren tratar de arreglar el mundo, y ésta tarea, por seductora que sea, es bastante importante para que temamos sus posibles consecuencias.

Parece natural que las personas que se creen con aptitud suficiente para arreglar las casas de todos se hayan ocupado antes en ordenar su propia casa, y hayan conseguido realizarlo de una manera espléndida. Esto les daría un prestigio envidiable, y el prestigio es, sin duda, una fuerza de primera calidad. Pero, por desgracia, no es así. Los países cuyos representantes acudirán a la Conferencia de Washington sufren, en el orden económico, dolencias gravísimas, y, por más que han batallado, lo cierto es que no han conseguido resultados dignos de aprecio.

Roosevelt, que, con la más laudable de las intenciones, ha ideado la reunión de Washington, puede echar una mirada sobre su propio país, que ofrece uno de los ejemplos más extraordinarios del embrollo económico que jamás se haya podido contemplar en el mundo. Si algún atrevido novelista hubiera pintado a una nación en estado de lamentable crisis porque todo sobra en ella, se le hubiera tomado por un escritor falto de sentido común. Sobra terreno en los Estados Unidos, pues a pesar de sus ciento veinte millones de habitantes, sólo corresponden, por kilómetro cuadrado de su superficie, quince ciudadanos, mientras que el promedio de los de Europa es de cincuenta por kilómetro cuadrado, y hay naciones europeas en las que está cuadruplicada esta proporción.

Disponen los norteamericanos de oro en abundancia extremada y de manantiales de energía como no los posee superiores otra región de la tierra: saltos de agua de potencia extraordinaria, minas de carbón, pozos de petróleo, y hasta una producción considerable de gas natural. Su suelo y su subsuelo le proporcionan las materias primas necesarias para todo género de industrias. No le faltan, ciertamente, fibras textiles para vestir a sus habitantes y para exportarlas en cantidades enormes. No carecen de viviendas nada despreciables para alojar a sus hijos, ya en la cómoda casita de planta baja únicamente, ya en los formidables rascacielos de sus grandes ciudades. Ni se abstiene ninguna familia, por humilde que sea, del automóvil, que utiliza para ir al trabajo o para dar un paseo, si así le place. Ni escasean, ciertamente, allí, los aparatos de radio para entretenerse, y si aun con ellos se aburren, pueden contemplar en la pantalla del cine todas las estrellas del firmamento de Los Ángeles, si sus aficiones no les inducen a contemplar las del cielo auténtico.

¡Dios mío! ¿Qué apetecen más los ciudadanos de los Estados Unidos? ¿Escuelas? Las tienen mejores que las de ningún otro país del mundo. ¿Universidades? Las suyas son famosas entre las que gozan de mayor crédito. Y tampoco sus laboratorios, en los que se investiga todo lo investigable, y sus observatorios, espléndidamente dotados del material más perfecto, tienen para que envidiar a los más célebres de otros países. Si examinamos sus medios de transporte, hallamos dos océanos que ponen al territorio norteamericano en relación fácil con todas las regiones del globo; y sus transportes interiores cuentan con grandes ríos y lagos que los facilitan, amén de una extensa red ferroviaria y otra no menos completa de carreteras, y por encima de estas líneas, situadas al nivel del suelo, hay que sumar su servicio aeronáutico, extendido en aquel país en proporciones que desde aquí apenas logramos hacernos cargo. Y de igual modo podemos admirar la máxima abundancia en todos los aspectos del progreso, en todas las manifestaciones de la actividad, pues en cualquier renglón de lo que constituye el haber de un Pueblo, los Estados Unidos han podido y han sabido ponerse a la vanguardia de las naciones todas.

Si esto se le dijera al Presidente Roosevelt, no podría éste dejar de reconocer la exactitud de estas afirmaciones. Pero, sin duda replicaría que con toda esta inmensa aglomeración de medios de vida y de consiguiente bienestar, quince millones de ciudadanos no tienen ocupación adecuada para ganarse el sustento y que un inmenso número de familias vive dentro de un círculo muy estrecho, sintiendo cerca de ellas el aliento fatal de la miseria.

Con todo el respeto, cabría comentar fácilmente esta probable respuesta de Roosevelt. Las Sagradas Escrituras señalan al hombre la obligación de que gane el pan con el sudor de su frente; pero ningún texto, ni divino ni humano, previene que después de ganar el pan con el sudor que engendra el trabajo, y de haber conseguido, después del pan, el cocido, el principio y los postres, todavía se haya de continuar sudando para ganar más pan; precioso alimento que, quizá, a fuerza de tanto sudar, se arrebatará a otros seres que, hallándose en situación menos privilegiada, lo necesitan para satisfacer sus más apremiantes necesidades. El Ser Supremo descansó al séptimo día de su labor creadora. Si la República norteamericana, después de poco más de ciento cincuenta años de vida independiente y de trabajo incesante, ha llegado a poseer tantas cosas que ya no sabe que más hacer, justo es que se tome algún descanso, pues el reposo ordenado es una función tan humana y tan divina como el trabajo.

Nótese que los representantes de las grandes potencias industriales que se reunirán en Washington no se proponen menos que dar trabajo a todos los desocupados que carecen de él. No trabajo gratuito, en favor de los países más atrasados que carecen de muchos de los elementos de bienestar que proporciona la civilización, sino trabajo retribuido, trabajo que permita a aquellos ciudadanos que ahora huelgan el que puedan continuar llevando la vida próspera de la que sienten la nostalgia. Y de aquí nace la alarma que puede determinar en el ánimo de muchos el viaje de los europeos a occidente. Naciones de primera categoría, tienen rotos muchos vidrios de sus respectivas vidrieras. Hace varios años que se esmeran en restituir, con sus propios medios, la integridad de sus vidrieras sin haberlo logrado, puesto que, al contrario, el número de vidrios rotos se ha acrecentado. ¿Por medio de qué milagro, al juntarse, hallarán en sus almacenes los vidrios que les faltan? El problema parece de resolución harto complicada. Para encontrarla, intentarán manejar, con la habilidad de los diestros prestidigitadores, el oro y la plata, el crédito y las tarifas aduaneras, con objeto de conseguir que no sean ellos, los poderosos, sino los pueblos pequeños, los de segunda categoría, los que paguen los vidrios rotos que de otro modo se consideran incapaces de reponer. Las naciones que han logrado establecer en su territorio industrias modestas, sí, pero que tienden a satisfacer sus necesidades nacionales, han de estar en guardia para no quedar envueltas por sorpresa en las consecuencias de conversaciones y conferencias económicas que tiendan a exprimir a los débiles en beneficio de los fuertes.

Tal es la situación que se deriva de la perpetua discordia en que vivimos los europeos. La historia se reproduce, agrandándose sus fenómenos. Como, a fuerza de no entenderse, los helenos cayeron bajo el dominio de los romanos, los europeos de ahora, con la divisa de 'antes morir que ponernos de acuerdo', vamos camino de occidente a mendigar una protección que podría ser nada más que el preludio de la sumisión.


Mariano Rubió y Bellvé; 23 de abril de 1933.






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