domingo, 13 de diciembre de 2015

CRISIS ECONÓMICA (6): "Un país se halla en estado de prosperidad cuando produce más que lo que consume. Si la eficacia del Oro es indudable cuando circula, es ya más difícil de averiguar las ventajas que se derivan de tenerlo arrinconado en cantidades prodigiosas. No es más que una bárbara reliquia. La prosperidad de nuestro país no depende del Oro sino de los productos de nuestro suelo, y principalmente de los deseos que tengamos de vivir en paz, dedicados al Huerto Nacional."



LA “BÁRBARA RELIQUIA”

En todos los estudios y proyectos que se refieren a la restauración económica del mundo, el Oro suele aparecer en el primer plano de las diversas opiniones emitidas. Sólo, en concepto de muchos, habrá trabajo para los que carecen de él, sólo los negocios de todo género se desenvolverán ampliamente, sólo los beneficios crecidos constituirán un vehemente estímulo para las múltiples manifestaciones de la actividad, cuando se haya reconocido por todos los países que el Oro es la varita mágica capaz de devolver al mundo la tranquilidad de que carece.

Al hablar de Oro, en el sentido que las opiniones de cada cual considere más ventajoso, no debe desconocerse que en este metal debemos examinar dos circunstancias perfectamente deslindadas. Una de ellas es su cualidad adecuada para constituir un excelente patrón monetario de carácter universal. La otra, es su eficacia como tesoro archivado en los sótanos de los establecimientos bancarios.

El mundo podría pasarse perfectamente de la obligación de tener un patrón monetario único. Durante muchos siglos, la Plata ha alternado con el Oro en este concepto de patrón monetario, y de ello no se han derivado graves dificultades. El sistema métrico es, evidentemente, un conjunto de medidas y pesas muy práctico; pero los países anglosajones no lo han aceptado, y su comercio y su industria no han padecido por ello, como tampoco han sufrido más calor o más frío porque la graduación de sus termómetros difiera de la que tienen los que nosotros empleamos. El Oro, como patrón monetario, tiene indudables cualidades, por las condiciones intrínsecas de este metal, y por lo tanto no hay que esmerarse en buscar otro patrón -el platino, por ejemplo- ni romperse la cabeza averiguando si convendría restablecer, en los países en donde no existe, la eficacia adquisitiva de las monedas de plata. Cualquiera que sea la moneda, y cualquiera que sea el patrón monetario, el precio real de las cosas dependerá siempre de la relación entre la oferta y la demanda de cada artículo mercantil.

De que el Oro reúna excelentes condiciones para constituir un patrón monetario universal se quiso deducir la atrevida consecuencia de que la moneda de papel tuviera la misma eficacia; y esta teoría ha fracasado ruidosamente, pues los hechos han demostrado que el Oro es siempre Oro, y que el papel puede ser Oro, o puede ser Plata, o puede no ser nada. El valor del billete, del papel moneda está garantizado por el Oro acumulado en las arcas de los establecimientos bancarios de emisión; pero cuando se ha querido hacer efectiva esta garantía, por exigirlo así las circunstancia, en las taquillas se ha puesto un aviso haciendo saber a la clientela que una cosa es el papel y otra cosa es el Oro, y que el Banco se quedaba con el oro, y que el dueño del papel hiciera con éste lo mejor que le pareciera.

Hay que tener siempre bien presente que el valor de la tela necesaria para confeccionar un traje no depende de si su longitud se ha medido en metros, en varas o en yardas. Un patrón de medida, o de moneda único, es algo que afecta a la comodidad, a la sencillez de las relaciones mercantiles, pero que no interesa al fondo de la riqueza de los pueblos. Un país se halla en estado de prosperidad cuando produce más que lo que consume, y su decadencia económica se manifestará en la forma que sea, pero no podrá ocultarse nunca si gasta más de lo que puede.

El segundo aspecto que debe tenerse en cuenta al tratar del Oro es su verdadera eficacia como riqueza almacenada. Tener Oro es tener una fuerza, pues la experiencia enseña que teniendo Oro se puede adquirir muchas cosas, y que con muchas de estas cosas a veces es difícil obtener Oro. Pero si la eficacia del Oro es indudable cuando circula y con él se adquiere alguna cosa, o se producen con su ayuda determinados objetos de consumo, o se llevan a cabo obras de interés privado o público, es ya más difícil de averiguar las ventajas que se derivan de tener dicho metal arrinconado en cantidades prodigiosas. Su eficacia como garantía del papel moneda, los hechos han demostrado que es nula. Con igual cantidad de Oro oculto en las arcas de nuestro Banco nacional, el papel moneda ha sufrido alteraciones enormes, producidas indudablemente por las oscilaciones de nuestra balanza de pagos.

Inglaterra basó un día su fuerza económica en el Oro, de tal modo, que decir Oro y decir Inglaterra era casi la misma cosa, sobre todo en concepto de Napoleón. Hoy, la mayor parte de las minas de oro del mundo se hallan en poder de los pueblos anglosajones, pues las viejas naciones, que ya utilizaron el Oro en la antigüedad, tienen sus yacimientos prácticamente agotados. Inglaterra posee, en el Transvaal, las minas más abundantes que existen, de las que se extrae la mitad del oro que se obtiene en el mundo entero; y al fijarse en este dato, no puede uno olvidar la guerra anglo-boer que, en el año 1900, puso en poder de la Gran Bretaña el mayor saco de monedas que se ha encontrado hasta ahora en el seno de la tierra.

Los Estados Unidos habían sido, durante muchos años, el país que se hallaba en segundo lugar como extractor de oro, pero recientemente le ha ganado este puesto Canadá, que pertenece a la comunidad británica. Australia, que también forma parte de ella, extrae de sus minas importantes cantidades del mismo metal, del cual aportan muy poco los países no anglosajones. Antes de 1914, el total del oro extraído en el mundo entero era de unas 700 toneladas anuales. Después de la guerra descendió la producción hasta unas 600 toneladas. Pero actualmente vuelve a crecer la cantidad de oro que se extrae cada año.

Pero, ¿qué hace el mundo con tanto Oro? Padecer la más acentuada crisis que hasta ahora se había presenciado. Los países que poseen este metal en extraordinaria abundancia esperan de él que, teniéndolo bien guardado, actuará milagrosamente para devolverles la prosperidad que han perdido. Un célebre economista inglés, M. Keynes, dijo, y quizá con mucho acierto, que: "el Oro, al ser considerado como elemento esencial de la prosperidad de las naciones, no es más que una 'bárbara reliquia', una tradición nefasta que nos han legado los tiempos primitivos, cuando el Oro constituía monedas que, al circular, facilitaban las transacciones de todas clases; mientras que en la actualidad no es más que un mito que vive encerrado en lóbregos espacios, fuera del contacto del aire y de la luz del día."

¿Es que la humanidad quiere todavía tener más Oro a su disposición? La mayor cantidad de este metal de que la ciencia ha logrado tener conocimiento se halla en las aguas del mar. A razón de 50 kilogramos de oro por tonelada de agua de mar, puede estimarse que en el conjunto de los océanos hay diluidas nada menos que setenta mil millones de toneladas de oro, las cuales, distribuidas entre todos los habitantes de la tierra proporcionarían a cada uno de ellos un haber de más de doscientos millones de pesetas; cantidad fabulosa que, de poderse realizar la operación, probablemente no haría más que complicar la situación económica el mundo, y acrecentar el malestar de los pueblos.

Entre éstos, los más poderosos, proyectan reunir una conferencia internacional para poder poner las cosas en orden, fiando al Oro el principal papel en esta tarea de arreglar lo que tan desarreglado está. Pero, entiéndase bien, poner las cosas “en orden” suele significar disponerlas de modo que resulten beneficiados los que pueden más, y el prójimo que aguante como pueda; de modo que a este género de reuniones conviene asistir con el saco perfectamente abrochado. La prosperidad de nuestro país no depende del Oro sino del aceite, del vino, de las naranjas, de las almendras y demás codiciados productos de nuestro suelo, y principalmente de los deseos que tengamos de vivir en paz, dedicados al cultivo del Huerto Nacional.


Mariano Rubió Y Bellvé; Abril de 1933.







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