domingo, 27 de diciembre de 2015

EL HOMBRE NUEVO: "Un buen higienista mental nos lanzaría esta pavorosa pregunta: ¿Qué debemos entender por 'hombre nuevo'? ¿Qué debemos entender por 'tiempos actuales'?" Lo más sagrado de la tierra: el ímpetu juvenil de sus tropas de refresco. El individuo nació para caer o levantarse, para llegar o quedar rezagado, pero nunca -salvo en los casos geniales, como el de César o el de Napoleón- para transfigurar nada por sí solo."

Niño geopolítico mirando el nacimiento del Hombre Nuevo, por Salvador Dalí


EL HOMBRE NUEVO

I

Nada menos que todo un “hombre nuevo”. Esto es lo que quieren “los tiempos actuales”. Y he aquí señalados dos insignes -tanto como obscuros-  tópicos. Vamos a la caza del “hombre nuevo” y nos pasamos el tiempo hablando de “los tiempos actuales”. Un buen higienista mental nos lanzaría esta pavorosa pregunta:

-¿Qué debemos entender por “hombre nuevo”?

Y esta otra, no menos pavorosa:

-¿Qué debemos entender por “tiempos actuales”?

El interrogado -suponemos que se trata de un leal especialista, en enfermedades del “presente momento en que vivimos”- se lanzaría a una tan espesa como inútil red de abstracciones. A menos que -más cauto-suspendiese la vista del “proceso histórico” hasta ver más claro en sus antecedentes. Porque hay dos clases de especialistas: el que decide sin leer el sumario, y el que leyendo el sumario suspende “sine die” toda sentencia. El primero suele ser lo que hace tiempo veníamos llamando “político de urgencia”; es decir, hombre que no ve nada -o muy poco-, pero lo resuelve todo. El segundo suele ser buen filósofo; es decir, hombre que lo ve todo -o casi todo-, pero no resuelve nada... (Porque, señor, el más terrible castigo del hombre no es precisamente “haber nacido” -esto es uno de tantos gloriosos tópicos-, sino haber llegado a situarse en una de esas encrucijadas de la razón, que lo mismo pueden ser punto de llegada que punto de partida. El hombre de acción, por el contrario, es hombre de un solo camino, es el hombre del desfiladero. Aunque el desfiladero resulte -¿cuándo no resulta?- un callejón sin salida.)

Tendremos que resignarnos a manejar el tópico sin saber qué, exactamente, lleva dentro. No podemos hacer mucho caso a las definiciones simplistas del hombre del desfiladero o del túnel, porque bien sabemos lo que él busca al recorrerlo: un redondelito de oro -luz falsa o auténtica- que se vislumbra al final, llámese poder o -sencillamente- desquite. Cuando ese hombre salga a la luz, ya veremos cómo queda deslumbrado, cómo pasa de dinámico a quietista. Es la eterna canción.

¿Tendremos que apelar al filósofo, a un filósofo que lentamente siembre para los “momentos actuales” del porvenir? Ya se dijo y repitió que los políticos y, en general, los hombres de acción de una etapa histórica, son sucesores y ejecutores testamentarios de los “ilusos” pensadores de la etapa anterior... Estos procesos -como los otros- reclaman el “tempo lento”. Exactamente como la novela. Como la novela, suponiendo que ella sea fiel interpretación de la vida. Puesto que la vida -hablamos de la vida de un pueblo-, por debajo de todas las catástrofes, de todo accidente, avanza con un inexorable paso lento.

II

Por eso no podremos alcanzar a ver ese hombre nuevo que la “inquietud contemporánea” -otro espléndido tópico- viene exigiendo de no sé quién, de no sé qué. Diariamente nos renovamos, pero no vemos esta renovación hasta días después, cuando un amigo o enemigo nos dice: “¡Pareces otro!” Al hombre nuevo de hoy, Io aplaudirán -o silbarán- sus descendientes. Lo mismo al Pueblo. Se advierten síntomas, pero la salud o enfermedad no se ven claras mientras no se trace por completo el arco. Y cuando un hombre o un Pueblo quieren ir demasiado deprisa, retroceden luego hasta quedar en la línea general histórica. Ahí está el caso de Francia. Como ocurrirá siempre que se anteponga la revolución a la evolución, un imperativo político a un imperativo vital. Política, -y filosofía- se hace después de vivir, presupuesta una vida. Nunca al revés. (Hay, bien lo sabemos, una política “para ir viviendo”, la política de los que ven al fin del túnel su bruñido redondelito... Pero de esta política no hay por qué hablar. Es a lo más, una edición monumental del caciquismo.)

El caso más curioso de político -a veces, y con toda lealtad, “de urgencia”- es el del “joven contemporáneo”, que no se diferencia mucho del “joven contemporáneo” del siglo XIX o del siglo XVI. Hoy, como ayer, el joven quiere renovar el mundo de las ideas y, en consecuencia, de los hechos. El joven -retoño del hombre- tiene el deber de dar a la vida propia y a la vida de su Pueblo, un empujón hacia arriba. En otro caso, es un retoño estéril, vana pompa del árbol. Y, en efecto, “el joven contemporáneo”, tan vehemente como en otras épocas, se siente correr la ardorosa savia y sueña con dar el empujón... “No se diferencia mucho” –dijimos- de sus antecesores, ingenuos aspirantes -desde hace milenios- a la renovación del hombre. Pero, sí, hay una diferencia. Consiste en que el “joven contemporáneo” lleva mucha más prisa que su predecesor histórico. En que querría ver coincidir su arco vital con el arco vital de la política de su Pueblo o de su mundo. En que querría ver el retoño hecho árbol y árbol único. Por eso ha inventado -¡inventado!- la violencia: algo previsto y “lanzado”, claro es, en la etapa anterior. Por eso no le queda tiempo para pensar, sino para remover y propagar viejos tópicos, como ese del Mesianismo tan en auge. Mesianismo implantado por decreto: Un “hombre nuevo” creado, como se crea un uniforme, por cualquier oficina ministerial. Locura de los “tiempos actuales”: fundir otra vez al hombre, como se funde un esquilón. Y ¡muera el que no se deje fundir!

El “joven contemporáneo” es, desde luego, una prolongación del niño de siempre. AI asomarse al mundo, se cree en la precisión, en el deber de transformarlo. Auténtica energía que el mundo transforma y aplica a la vida general de los hombres -y del espíritu-. Lo más sagrado de la tierra: el ímpetu juvenil de sus tropas de refresco. Pero deben recordar que sólo son esto: contingentes no fatigados. Que la historia y la vida, en general, de un Pueblo, siguen una trayectoria más amplia que cualquier vida individual. Que el individuo nació para caer o levantarse, para llegar o quedar rezagado, pero nunca -salvo en los casos geniales, como el de César o el de Napoleón- para transfigurar nada por sí solo... Esta es la pequeña diferencia: el “joven contemporáneo” del siglo XVI estudiaba, meditaba, se rebelaba, arrostraba dos hogueras, por defender “una discrepancia dogmática”; el de hoy apenas arrostra nada, ni siquiera el hosco ceño de toda la antigüedad que está ahí para aleccionarle... ¿Siente el mismo entusiasmo? Probablemente mayor, pero justamente ese exceso de vehemencia procede de economías hechas en la energía que debió emplear en el trabajo. Por eso abundan los “vehementes” entre los nada estudiosos. El hombre tiene bien marcado su poder.

III

Ahora, un joven alemán, E. Gunther Gründel, publicó un libro titulado “La misión de la joven generación”, que algún día habrá que comentar. No se propone inventar nada -al menos no lo consigue-, sino agitar, remover, viejos tópicos, bien condimentados, bien servidos con exuberante salsa retórica.

El libro se lee con placer por lo que tiene de fogoso: con pena por lo que tiene de estéril. Daniel Halévy dijo de este libro: “La orquestación es alemana, a través de ella se desliza el tema italiano”. Y prosigue: “Hay con todo rasgos por los cuales nuestro autor se separa del Nacional-Socialismo...” El joven alemán quiere un “hombre nuevo”. ¿.Un “hombre nuevo” parecido a Nabucodonosor? Probablemente. ¡Deliciosos “tiempos actuales” en que Cam y Jafet se pelean con Sem! Volverá, a este paso, el megaterio. Y el diluvio.


Benjamín Jarnés; 21 de abril de 1933.






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