sábado, 12 de diciembre de 2015

EZEQUIEL RAMOS MEXÍA 1 (color): "Los símbolos de los pueblos son en estos días inquietos, necesarios para su salvación, mucho más que en ningún otro momento de la Historia. El Internacionalismo sin bandera es en nuestro siglo el mayor peligro para la Humanidad. El Nacionalismo es amor a la propia tradición, es culto a nuestra Historia, es sonrisa de esperanza. Si destruyen la pasión que genera la idea de Patria habrán cancelado toda la Historia, todo lo que la hacía gloriosa y grande."



LA MISIÓN ARGENTINA

El Embajador extraordinario de la República Argentina, Ezequiel Ramos Mexía, ha ofrecido un banquete en honor del Jefe del Gobierno. Asistieron a la comida los miembros de la Misión Extraordinaria Argentina, el Cuerpo diplomático, los presidentes de la Cámara y del Senado, los Ministros, Subsecretarios y numerosas autoridades. El embajador Mexía pronunció el siguiente discurso:

“Es ésta una fiesta de agradecimiento, una sincera manifestación de nuestra simpatía que queremos ofrecer al ilustre Jefe del Gobierno italiano, que se ha dignado aceptar nuestra invitación, en esta para nosotros memorable velada. Hacemos extensivo nuestro agradecimiento a los ilustres señores que han tenido a bien honrarnos con su presencia.

A todos podemos asegurar la grata impresión que ha producido a nuestra emocionada sensibilidad el afectuoso recibimiento de que hemos sido objeto por parte de S. M. el Rey y de su Gobierno, y de la distinguida sociedad de esta capital histórica y seductora.

Siguiendo la ficción diplomática de la extraterritorialidad, nos encontramos en este momento en lugar argentino, y desde este lugar saludo cordialmente al estandarte real de Italia, que nunca fue agitado de un modo tan alto como en las manos del Jefe del Gobierno actual, que ha hecho del sentimiento nacional base fundamental de su programa social y político.

Los símbolos de los pueblos son en estos días inquietos, necesarios para su salvación, mucho más que en ningún otro momento de la Historia. Los símbolos de su independencia en las sangrientas batallas del pasado se levantan hoy como los emblemas de su independencia social que asegura la organización que quieren darse. El Internacionalismo sin bandera es en nuestro siglo el mayor peligro para la Humanidad, constituye una epidemia contagiosa sin la profilaxis de las fronteras, es un incendio indomable que los vientos de la destrucción propagan y contra el cual surge como extrema barrera la amplia bandera del Sentimiento Nacional que el Pueblo italiano con fervoroso culto ha desplegado.

Por esto también se despliegan los estandartes de las jóvenes naciones que ven sus formaciones minadas profundamente, pero que están animadas por el nervio del triunfo de las épicas luchas de su independencia política contra la furiosa onda que las invade y las empuja a la ruina y la miseria. Podrán discutirse en otros países algunos de los principios proclamados en la nueva Italia, pero allí donde produzca horror la posible destrucción de las organizaciones sociales basadas en la familia y la propiedad deberán por fuerza defenderse las insignias del más puro Nacionalismo. No es esta una tribuna apta para hablar, pero podemos proclamar que las preocupaciones de un porvenir común crean la necesidad de estrechar los lazos de amistad con aquellos hombres que están animados del propósito de dar una batalla sin cuartel a las tendencias extremistas contrarias a la organización básica que queremos mantener en nuestros respectivos países.

El Nacionalismo es amor a la propia tradición, es culto a nuestra Historia, es sonrisa de esperanza. El oponerse a las tendencias naturales constituye un crimen de esa Patria. Para el Pueblo italiano el Nacionalismo ha sido siempre el ‘in hoc signum vincis’ de su gran evolución histórica. Con el Nacionalismo dominó al mundo hace veinte siglos. Inspirándose en él Italia renovó el pensamiento humano con el Renacimiento y sublimó el arte. Fue la magia que creó la unidad de Italia dándole cuerpo y alma, en aquella primera marcha sobre Roma de los patriotas que siguieron el estandarte del héroe de los dos mundos: Garibaldi.

Fue finalmente chispa, cuando el Rey Víctor Manuel entró en Roma. Este sentimiento nacional ha guiado los pasos de Benito Mussolini en la tercera y para siempre memorable marcha sobre Roma, conquistando la paz social y la felicidad de su Pueblo y creando una nueva Italia. Si destruyen la pasión que genera la idea de Patria habrán cancelado toda la Historia, todo lo que la hacía gloriosa y grande.

Señor Jefe del Gobierno: He de darle las gracias por todas las delicadas atenciones que se han tenido para con la delegación argentina que presido. He creído que nada podía ser más grato a sus oídos que el poner de relieve todo el bien que ha hecho. Al elevar un himno al sentimiento nacional me inspiro en la pública acción de usted, manifestando la resonancia que ha tenido en los más lejanos países.

Señor, le ruego incline la frente ante la bandera italiana y la argentina y eleve conmigo la copa en honor de la augusta majestad. Señor Jefe del Gobierno, ¡por Italia!”

El Jefe del Gobierno italiano, Benito Mussolini, contestó lo siguiente:

“Le doy las gracias por las expresiones de gratitud que ha tenido para nuestro querido soberano y por las palabras de homenaje que ha tenido a bien dirigir a nuestra Roma augusta, madre del mundo latino. Usted ha querido exaltar el alto significado del espíritu nacional expresado simbólicamente en estas banderas de nuestros dos países que en este día vemos juntas y el perenne valor real de los pueblos a través de los siglos. Estoy de acuerdo plenamente con sus palabras y creo que la conciencia nacional es el medio mejor y más probado para la lucha de la vida. Como usted aprecia y conoce la conciencia nacional de nuestro Pueblo, nosotros conocemos y apreciamos la conciencia nacional del pueblo argentino. Nuestra amistad reposa sobre una sólida base.

Señor Embajador, en nombre del Gobierno y del Pueblo italiano saludo en usted a la gran nación argentina.”

Después del banquete tuvo efecto una brillante recepción.


AgenciaStefani”; Roma, 11 de abril de 1933.







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