domingo, 20 de diciembre de 2015

GERMANOS Y SEMITAS (16): "Gretchen, rubia princesita ideal, buena y generosa, pese a la enroscada Cruz Esvástica de tu solapa, capaz de tender la mano y enjugar las lágrimas de tu hermana Raquel. Pues a la antigua Judea le debemos una Ley Moral que recogió nuestra Religión, que es tuya y mía, Gretchen. Todos los símbolos son dignos de respeto, y, entre todos ellos, la Cruz de Brazos Rotos que adorna tu solapa. Yo, la verdad, preferiría ver también sobre tu pecho la otra Cruz, la eterna y salvadora, aquélla de los Brazos Siempre Abiertos Para Todos."



LA CRUZ NACIONAL Y LA CRUZ UNIVERSAL

El oro de la lejanía, nimbando el oro de tu frente y el “no me olvides” de tus ojos, te dio a los míos, Gretchen, desde niña, prestigio poético de protagonista de cuento de hadas, amadrinada por todos los prodigios; gracia alada de rubia princesita ideal, adornada de todas las generosidades y todas las dulzuras. Luego, aquel balbuceo admirativo, se articuló, preciso, frente a unas cuantas figuras literarias, y tú, Gretchen, fuiste para mí, adolescente, Carlota y Margarita, Brunhilde y Lorelei; las heroínas románticas y la inspiradora del “Intermezzo”...

Más tarde, te he visto más de cerca. Te he conocido mejor, en una actitud más seria y más humana. Y si acaso, mi esencial coquetería de mujer latina, no pudo menos de sonreír ante tu sombrero sin gracia o tus zapatos sin tacón, lo mejor de mí misma, Gretchen amiga, se inclinó ante tu seriedad de estudiante concienzuda, tu rigor y tu tesón científicos, tu peregrinaje infatigable de instituto en biblioteca y de museo en laboratorio, tu figura perfecta y tu psicología exacta de mujercita intelectual.

Intelectual: luego, comprensiva. Luego, buena y generosa, puesto que comprender es amar. Luego capaz de rebelarte - pese a la enroscada Cruz Esvástica que adorna la solapa de tu traje “tailleur” - contra ese viento de furia medieval que agita a los hombres de tu país en cruel impulso. Luego capaz, en esta hora patética, de tender la mano y enjugar las lágrimas de tu hermana Raquel.

Porque, Gretchen, es la verdad que si el tan resobado vocablo “feminismo” no alcanza ya un alto sentido de unión y de hermandad, de gracia y de paz, por encima de las rencillas políticas o las querellas guerreras de los hombres, habrá que arrinconarlo por inútil, como trasto viejo del que un día se sirvieron las mujeres feas para llamar un poco la atención...

Levantar, defender, ayudar a Raquel, es hoy quizás la más noble tarea que pueda realizarse en tu Alemania, Gretchen. Y la más justa. El odio es siempre una mutilación. Pero el furor antisemita como expresión de odio de raza por parte de los Pueblos Cristianos, es, además, una cruel paradoja. A Judea somos deudores de grandes cosas, Gretchen. A la antigua Judea debemos, a través de esa gran lejanía de tiempo y de lugar, una Ley Moral y una Religión Civilizadora. Por primera vez en la historia de las civilizaciones, el Pueblo Hebreo nos muestra el fenómeno de tierras diversas y gentes distintas unidas bajo el denominador común, no de un impulso guerrero o un ansia de conquista, sino de un credo, de una fe, de un ideal... El Cristianismo heredó esta prerrogativa, extendió el radio de acción al mundo entero y estrechó más los lazos. Y de un modo aún más firme recogió esta herencia nuestra Religión - la tuya y la mía, amiga Gretchen - que se llama Católica por universal. A Judea debemos más aún, Nuestro Nazareno, quien tuvo, en cuanto hombre, el mismo perfil agudo y fino, la misma tez color de trigo que hoy conservan los de su raza, en la Prusia de las cabezas cuadradas y los cutis deslavazados. A Judea le pertenecieron - ¿cómo podríamos olvidarlo si en el Evangelio se recuerda y santifica para siempre? - las multitudes que, en la falda de la colina, escucharon las palabras divinas del Sermón de la Montaña: los primeros hombres que creyeron, amaron, siguieron a Jesús; los niños que, a su voz se acercaron a él. De Judea eran José de Arimatea y los discípulos que ayudaron al Descendimiento. De Judea salieron los doce hombres que difundieron por el mundo la buena nueva y pusieron los cimientos de la Cristiandad.

Allí también, estos días hace diecinueve siglos, lloraban las mujeres de Judea con ese llanto que parece que nunca tendrá término... Mujeres de Judea y Samaria, de la Decápolis y Genezareth... Ellas - dice San Marcos - “formaban entre la multitud un grupo que le seguía y le lloraba...” Mujeres de Judea, María de Nazareth, María Cleofás, María de Magdala... Ellas ponen en el drama de la Pasión la emocionada nota de suavidad y de firmeza: sus manos trenzan frescura filial en torno a las divinas sienes rotas, y sus figuras patéticas y tácitas, envueltas en la penumbra humilde de los mantos obscuros, permanecen, en su quebranto, fieles, atentas, fervientes hasta el fin...

¿No te parece oír aún como un eco de su llanto, en el llanto de Raquel?...

Mira, Gretchen: si las mujeres de Alemania, iniciadas en las bellas actividades del espíritu por largos años de Universidad y de laboratorio, mezcladas, desde tiempo, a los movimientos sociales y a las luchas políticas, no presentan un frente único de equilibrio, bondad y buen sentido; si por sobre las marciales Brunhildes y las adustas Krimildas no vencen las suaves Carlotas, las dulces Doroteas, habremos de creer que todas las excelencias de la cultura femenina son pura zarandaja...

Oye, Gretchen: todos los símbolos son dignos de respeto, y, entre todos ellos, como todos, la Cruz de Brazos Rotos que adorna tu solapa, y que nos habla de no sé qué lejanas reminiscencias orientales... Mas la furia de esta hora le da un significado poco de acuerdo con tu generosidad de princesita rubia. Yo, la verdad, preferiría ver también sobre tu pecho la otra Cruz, la eterna y salvadora, aquélla de los Brazos Siempre Abiertos Para Todos.


María Luz Morales; 18 de abril de 1933.






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