domingo, 20 de diciembre de 2015

LA AMÉRICA MULTIRACIAL: "La América Latina es, en el vasto continente, la que conserva en cantidad enorme las viejas razas de los indios aborígenes. ¡Y se habla de la crueldad de los antiguos conquistadores españoles! Ningún país colonizador ha podido exhibir un testimonio histórico tan admirable como nuestras Leyes de Indias."



MÁS ALLÁ DE LAS AGUAS

El presente artículo se publica sin ánimos de ofender a país o cultura alguna. Su finalidad es histórico-informativa para conocer la opinión de una época antes de la Segunda Guerra Mundial. Se deja al lector el criterio de interpretación en base a los resultados de la actualidad. 

El escritor anglo-judío, Israel Zangwill llamó a los Estados Unidos “the melting pot”, considerando como un crisol aquel país nuevo que tenía la virtud de fundir en un tipo común, un nuevo tipo, las razas inmigratorias más diversas.

Ello es cierto, aunque no del todo. A pesar de siglos de convivencia, los norteamericanos no han podido o no han querido asimilarse a la raza indígena. Y el problema lo han resuelto, exterminándola a través del tiempo. De toda América, son sin duda los Estados Unidos el país donde menos quedan a la hora presente. La América Latina es, en el vasto continente, la que conserva en cantidad enorme las viejas razas de los indios aborígenes. ¡Y se habla de la crueldad de los antiguos conquistadores españoles! Ningún país colonizador ha podido exhibir un testimonio histórico tan admirable como nuestras Leyes de Indias. Y ni aún en los modernos tiempos, en la exploración, dominación y colonización del Continente Negro, se hallará una figura de un espíritu tan humanitario como el de nuestro Fray Bartolomé de las Casas.

Los norteamericanos buscan una disculpa a la inadaptación de los indios y a su lenta desaparición en la Unión a las viejas y constantes luchas que los europeos han tenido que sostener constantemente con las tribus indígenas, que les cerraban el paso a la conquista y posesión del suelo, y a la colonización civilizadora, desde los tiempos en que desembarcaron los primeros peregrinos de la “May Flower” hasta el avance de los “pionniers”, buscadores de oro, que llegaron al Far West, donde antaño nuestro Fray Junípero ejerciera su pacífica misión evangelizadora.

Sea como sea, los indios no cuentan para nada en los Estados Unidos. En realidad, no se han fundido con la raza invasora, y a la postre dominante.

Tampoco los negros. El “colored people” es algo al margen también. Inasimilable por repugnancia agresiva de las otras razas superiores. Parece absurdo que se haya provocado en los Estados Unidos una sangrienta Guerra Civil para acabar con la esclavitud de los negros, y se haya concedido a éstos la plenitud de la ciudadanía, para llegar a la paradoja de que se les impida, no ya la fusión, pero casi ni el contacto de los negros, medio parias, con los blancos, que son, como en los antiguos días de la esclavitud, los verdaderos señores.

Ni los amarillos. A chinos y japoneses, casi no se les tolera tampoco. Se ha coartado su inmigración, que tenía algo de invasión, a pretexto de consideraciones de orden social, estimando que abarataban demasiado la mano de obra, y eran un peligro para el bienestar de los obreros del país.

En cuanto a las otras razas inmigrantes, los Estados Unidos proceden ya a una rigurosa selección. Se quedan con las más fácilmente asimilables. Germanos, eslavos, escandinavos, celtas. Los anglosajones, bien recibidos por el parentesco y el abolengo ancestral, van ahora en poco número a los Estados Unidos porque prefieren emigrar a las tierras vírgenes de sus propias colonias de ultramar.

En cambio, los norteamericanos ponen ya trabas a la entrada en los Estados Unidos de los emigrantes latinos e israelitas. Son más asimilables, más fundibles, hacen una mejor aleación, las otras razas que seleccionan.

Pero en esto de la selección que hacen los norteamericanos, hay algo también que decir. Ellis Island, la especie de lazareto a que van a parar todos los inmigrantes; tiene los caracteres de un inmenso y sufrido filtro. A pretexto de no admitir enfermos e inútiles, si no gentes robustas y en buena salud, aptas para el trabajo y con energías para la lucha por la vida (y contribuir con su esfuerzo al aumento de la riqueza del país), se estrecha y afina la selección, se hace una depuración tan conveniente como habilidosísima. No entra nadie que no cuente con medios de vida en los primeros momentos. Así se evita una invasión de parásitos y de mendigos. Pero, además, se hace una escrupulosa selección de índole moral. No se da generosa hospitalidad a los audaces aventureros de todo el mundo, a los que han tenido que huir de su propio país o de otros países extraños por agitadores de acción o revolucionarios convictos. El lazareto de Ellis Island es tan riguroso con las enfermedades peligrosas como con las ideas de temible contagio. Igual trato se da a los irregulares que viven al margen de la moral social. El viejo puritanismo de los fundadores de la gran nación, sigue mostrándose inflexible y velando por la moral de las costumbres.

Así conservan los Estados Unidos su fisonomía propia, su espiritualidad, su carácter de nación nueva que aspira, aun con tan heterogéneos elementos, que, al fundirse, toman aspecto de unidad firme, a formar una civilización nueva.

Es una nación con un sentido práctico de la vida, con una energía de acción insuperable, atenta al desarrollo de sus intereses materiales, porque el desenvolvimiento económico comprende que es el signo de su fuerza y de su vitalidad.

No son pocos los que piensan que, frente a los Estados Unidos del Norte, se está formando en América un rival: la Argentina, que ya les va haciendo sombra y que los sobrepasará con el tiempo. Tal vez... Cierto que en menos de medio siglo la Argentina ha tenido un desarrollo sorprendente por Io extraordinario. Atrae también las corrientes emigratorias de la vieja Europa. Pero, en este punto, allí hay como un régimen de puerta abierta. Y acaso sea un mal. Allí, en la Argentina, la primitiva población colonial ha sido desbordada y como sumergida por el aluvión de las heterogéneas emigraciones. Y mientras, Norte América se ha aferrado celosamente a mantener su carácter propio, asimilándose y absorbiendo las razas inmigrantes, la Argentina propende a un cuño cosmopolita, sometiéndose a la influencia de otros pueblos que hacen que no tenga un carácter propio, una espiritualidad original, verdaderamente autóctona.

Es un bien sin duda, pero en cierto modo, que en la corriente emigratoria, hacia la Argentina hayan predominado, hasta ahora, los pueblos latinos, españoles y especialmente italianos. Tal vez España no se cuide mucho de sus nacionales expatriados y éstos arraiguen definitivamente en el país argentino. No ocurre Io mismo con Italia. Ésta se ocupa de sus nacionales expatriados, procurando, que no rompan nunca el vínculo espiritual con la madre patria. Teniendo que dar salida al enorme excedente de población, en un territorio que ya no puede aumentar sus recursos de vida y riqueza, Italia canaliza su emigración y constituye en otros países en vías de prosperidad, lo que llama “colonie senza bandiera”.

Así, pues, hasta ahora la Argentina no es aquel crisol de que hablaba Zangwill.

Además, entre los criollos se va formando un tipo que aparenta ser nuevo, pero que es viejo. Es el soñador. El joven escritor argentino, Raúl Scalabrini Ortiz, en su libro “El hombre que está solo y espera”, nos lo da a conocer. Este soñador de la pampa, ante la tierra fértil y un cielo inmenso, pierde aquella energía luchadora que caracteriza al yanqui, que piensa más en enriquecerse trabajando que buscar en la ociosidad de un bienestar fácilmente adquirido, que en entretenerse, fatalista, en meditar, mientras bebe el mate, la rapidez con que pasan los días y que pronto llegará el término ineluctable de toda existencia, que es el morir. ¿Reminiscencia ascética? Sin duda, no, porque la pampa de horizontes inmensos no es el yermo en que se refugiaban los eremitas antiguos. En estos soñadores hay como un cansancio, como un prematuro hastío de la vida.

A través de ello, se vislumbra la herencia de las razas decadentes que, fatigadas de siglos de acción, se entregan, melancólicas, a vivir soñando.


José Betancort; 19 de abril de 1933.






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