domingo, 27 de diciembre de 2015

¿MARXISMO... REALMENTE EXISTIÓ?: "Después de haber estado Marx en París, estudiando la enorme variedad de modalidades del Socialismo, le preguntó uno de sus acompañantes: ¿a cuál de aquellas distintas organizaciones se adheriría sí viviese en Francia?, a lo cual Marx contestó: 'No sé; pero desde luego no sería Marxista."



MARX NO EXISTIÓ

Las conferencias dadas recientemente en Madrid por Werner Sombart, atrajeron al aula mayor de la Facultad de Derecho de la Universidad Central numeroso y selecto público. Sea porque el ilustre conferenciante no apreció la calidad del auditorio y bajó de tono científico o también por luchar con la dificultad de expresarse en idioma poco conocido, lo cierto es que las disertaciones tuvieron un carácter vulgar, casi pedestre, muy distantes del nivel que correspondía a la autoridad indiscutible de publicista tan renombrado.

La única conferencia que resultó algo interesante fue la dedicada a comentar el vasto movimiento social que representa el Marxismo y lo más saliente del discurso fue la siguiente afirmación. En la doctrina Marxista aparecen dos tendencias, la evolutiva y la revolucionaria. La primera no es de Marx, sino de otros pensadores más modernos. En cuanto a la tesis revolucionaria, Sombart afirmaba que no se encuentra para nada en las obras más auténticas de Marx, y sus primeros vestigios aparecen en documentos en los cuales puede discutirse la aportación de aquél y es dudoso que reflejasen su propio pensamiento.

No sabemos si, al exponer estos conceptos, Sombart se daba cuenta de que acababa de revelarnos que existía un Marxismo sin Marx. Oyendo al sabio profesor, recordábamos una anécdota leída en un libro del Socialista belga Vandervelde. Refiere que, después de haber estado Marx en París, estudiando la enorme variedad de modalidades del Socialismo francés, le preguntó uno de sus acompañantes que ¿a cuál de aquellas distintas organizaciones se adheriría sí viviese en Francia?, a lo cual Marx contestó: “No sé; pero desde luego no sería Marxista”.

Esta anécdota y el pensamiento de Sombart, que se acaba de exponer, dan derecho a formular esta conclusión: en el Marxismo actual hay de todo menos el pensamiento de Marx; luego, éste no existe para los efectos de la doctrina social a que da nombre.

Después de la conferencia, comentábamos estas deducciones con un profesor joven y escéptico y con un Socialista ingenuo, y al exponerles la conclusión negativa sobre la influencia de Marx en el Marxismo, el primero sentenció: “Yo voy más lejos; creo firmemente que Marx nunca ha existido.” De nada sirvió que el Socialista ingenuo, con el natural sobresalto al ver en peligro el más firme puntal de sus convicciones, alegase que existen fotografías de Marx, testimonios irrefutables de su vida real. El profesor, impertérrito, argumentaba en favor de su negativa. Marx no había existido; era un mito. Los testimonios aducidos por su contradictor no probaban nada. También las imágenes de las divinidades de la Mitología se encuentran en esculturas y reproducidas en otras múltiples formas; se habla de sus obras y hasta de su descendencia y, sin embargo, nuestra generación no cree, no puede creer, en la veracidad de su existencia.

Sin ser tan radical como mi amigo, considero que se puede discutir seriamente sobre el valor real de la personalidad de Karl Marx, en el aspecto en que es más universalmente conocido y su pensamiento se ha hecho más popular.

Desde luego, hay que distinguir entre el Marx que conocíamos hasta ahora, y que tiene derecho a ser citado en los libros de Economía como iniciador de teorías merecedoras de la consideración científica, y el otro Marx, el que se ha descubierto en nuestros días como inspirador y vivificador de un conjunto de doctrinas sociales, tan varias y a veces contradictorias, que no se explica cómo puede atribuírselas el origen común de un mismo pensamiento.

La personalidad del primer Marx, del científico, es ya de suyo bastante borrosa, porque de la obra cumbre, la que le ha dado renombre y contiene las doctrinas esenciales que todavía se discuten, sólo publicó en vida el primer volumen. Fue su inseparable amigo Friedrich Engels, heredero de los escritos de Marx, quien publicó los volúmenes segundo y tercero, sorprendiéndole la muerte antes de poder terminar la preparación del cuarto. Con tanto entusiasmo se entregó Engels al ordenamiento de los manuscritos de Marx, que no es absurdo suponer que, dada la alta mentalidad y vasta cultura del recopilador, pusiese éste mucho de su propio pensamiento en el trabajo.

Pero el Marx de “El Capital” y el contradictor de Pierre-Joseph Proudhon, no se pueden comparar al otro Marx, que pretende nutrir las más extensas doctrinas sociales de nuestros días. Tiene el primero el mérito de haber escrito un libro que, lleno de observaciones profundas y pensamientos geniales, constituye una disección completa de la constitución económica contemporánea, un examen de la fuerza económica de las respectivas clases sociales y su influencia en la legislación y en la misma organización política; pero es una obra tan científica y a la vez confusa, de fatigosa lectura, llena de hipótesis y divagaciones, que resulta incomprensible su gran popularidad y atribuirle la enorme influencia que se le supone en la dirección de ese movimiento obrerista que tiende a desarrollar un programa práctico de organización de la sociedad futura.

Las ediciones populares que se han hecho de “El Capital” no son de Marx ni, en su inmensa mayoría, recuerdan siquiera los puntos esenciales de la obra que dicen reasumir, y, sin embargo, son estas ediciones las que mayormente han divulgado el Marxismo. Un nuevo argumento, por tanto, en corroboración de que esta doctrina existe sin Marx.

El hecho mismo de que las Internacionales Obreras constituidas (desde la de Londres, que vino a dar vida legal a aquel primer ensayo de organización internacional de los trabajadores, que se llamó “Unión de los justos”), pasando por la de Amsterdam y llegando a la internacional Comunista de Moscú, pretendan cada una estar inspirada en la doctrina de Marx, cuando han sido tan diferentes en objetivos y procedimientos; y el hecho, también cierto, de la gran variedad de asociaciones y partidos que reivindican cada uno para sí el ser el más conspicuo intérprete de la Ortodoxia Marxista, inducen a creer que esta doctrina, más que fruto de la inspiración de un sólo pensador, es un complejo de ideas y aportaciones de muy diversas procedencias, que permiten una tal diversidad.

Con frecuencia observamos que muerto un gran artista o un escritor célebre, siguen apareciendo, en explotación de su fama, obras póstumas atribuidas a aquellos nombres geniales y que éstos no produjeron jamás, pero que llegan al gran público, que las confunde con las obras auténticas.

Algo de esto ocurre con Marx, al cual no puede negarse el mérito de haber sido el primero en atraer la atención de los economistas sobre el aspecto social de la economía, en una época en que, imbuidos de Maltusianismo, se consideraba sólo el lado biológico de los fenómenos económicos; pero no puede atribuírsele la paternidad de tantas y tan varias ideas como hoy forman el contenido de la Doctrina Marxista.

La existencia del primer Marx es incontrovertible; pero la del otro, la del más popular, la del Marx que nutre una vastísima doctrina de renovación social y que llena hoy el contenido de tantos discursos y tantas propagandas, hay  que ponerla ciertamente en duda. Este Marx no ha existido nunca; no es más que el mito de la nueva doctrina social que en nuestros días atrae tantos creyentes.


Pedro Gual Villalbí; 22 de abril de 1933.







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