lunes, 11 de enero de 2016

BELLA VENECIA: "Todas las ciudades históricas se fundaron en parajes de fácil defensa contra las armas de la época. Venecia se creó teniendo en cuenta circunstancias defensivas de análoga calidad. Se apoderó de Constantinopla y llegó a ser la cabeza de un verdadero Imperio. El paso sobre el mar, tan recientemente inaugurado, constituye una obra de ingeniería notable, como tantas otras podrían realizarse en el mundo sin necesidad de discursos y de conferencias, y sí sólo por el esfuerzo de la voluntad de los pueblos."



LA VENECIA DEL ARTE

Todas las ciudades históricas se fundaron en parajes de fácil defensa contra las armas de la época. Un terreno elevado, con laderas lo más escarpadas que fuese posible, y sin sencillo acceso más que por uno de los lados del circuito, era en general el lugar escogido para ser asiento de una población en la antigüedad. Si la ciudad se establecía junto al litoral marítimo, una pequeña península se prestaba perfectamente a satisfacer las necesidades de la defensa, que eran sinónimas de las posibilidades de existencia.

Pero existieron otros tipos de poblaciones fundadas en la utilización de distintas situaciones de sencilla defensa. Tales fueron las ciudades lacustres, cuyas viviendas se construían sobre troncos o pilotes de madera, algo apartadas de las orillas de algún lago, con lo cual venían a ser, dichas ciudades, pequeñas islas artificiales, que las, huestes adversas no podían asaltar fácilmente. Venecia se creó teniendo en cuenta circunstancias defensivas de análoga calidad. En el fondo del Adriático existía una zona de mar de muy escasa profundidad, sembrada de montículos arenosos, que daban al conjunto el aspecto de una serie de lagunas. Sus aguas estaban en relación con las del Adriático, pero sin que llegasen a ella los efectos de los temporales marítimos, contenidos por los indicados montículos arenosos, denominados, cada uno de ellos, “lido” (plural “lidi”). Un lido, situado junto a Venecia, constituye hoy un muy apreciado paraje de recreo, célebre en el mundo entero.

Lo mismo que en Venecia, se fundaron en aquella sección del litoral adriático otras ciudades, las cuales, al finalizar el siglo VII, constituyeron una confederación que tenía por jefe un Dux. Dos siglos después, Venecia, que se había desarrollado con más ímpetu que las demás poblaciones de la confederación, adquirió la capitalidad de la misma. Su importancia fue creciendo de día en día, de tal manera que su marina y su comercio fueron casi un obligado enlace entre la Roma decaída y el floreciente Imperio de Bizancio; llegando a ser tal la preponderancia de Venecia, que su célebre Dux, llamado Enrico Dandolo, se apoderó de Constantinopla el año 1204, gracias a cuyo acto, Venecia llegó a ser la cabeza de un verdadero Imperio extendido sobre una porción del territorio italiano y en buena parte del Asia Menor. En el siglo XIV surgió viva la competencia entre Venecia y Génova, que terminó a favor de la primera con la victoria alcanzada en Chioggia, una de las ciudades de las lagunas venecianas, en el año 1380. El movimiento ascendente de Venecia no terminó hasta que, descubierta la ruta de América, y también la de Oriente por el sur de África, el comercio siguió rumbos distintos de los que habían engendrado la preponderancia de la ciudad de los Dux.

Venecia no dejó de ser, a pesar de su incremento incesante, una ciudad insular. Para llegar a ella, y ponerse en contacto con su población de doscientos mil habitantes, cifra considerable en aquellos remotos tiempos, había que embarcarse, pues no existía otro medio para salvar la distancia de unos cuatro kilómetros que separan a Venecia del litoral de la península italiana. Y esta situación absolutamente aislada no la perdió Venecia hasta el año 1846, en cuya época los austríacos, que entonces dominaban en una gran parte de Italia, inauguraron el ferrocarril que salvaba la faja de mar que da a la ciudad su carácter insular, carácter que el ferrocarril hacía desaparecer para convertirla en una población continental. Pero el progreso no se detiene; al ferrocarril se ha sumado, como poderoso medio de transporte, el automóvil, y a Venecia no se podía llegar hasta ahora empleando este vehículo. A pesar del ferrocarril, la ciudad del Adriático, careciendo de la posibilidad de llegar a ella por medio del automóvil, venía a ser de nuevo una población insular.

Cuando estas líneas lleguen a manos del lector, esta situación de Venecia habrá quedado definitivamente alterada; Venecia se ha convertido en una urbe más del continente europeo. Se han podido realizar los hechos tal como estaban preparados, y así el día 25 de abril ha quedado abierta al servicio público la carretera de cuatro kilómetros de longitud que salva, como el ferrocarril, y paralelamente a éste, la faja marítima ya mencionada. Esta obra, anhelada por la mayoría de los venecianos y concebida hace ya muchos años, no se había llevado a cabo por el temor de que la carretera pudiera ser causa de que la ciudad perdiera sus condiciones características que la hacen famosa en el mundo entero. No se puede, sencillamente, oponerse nadie a la marcha de los tiempos, ni suelen bastar ciertas consideraciones artísticas para impedir que una ciudad mejore notablemente sus medios de comunicación y transporte, que constituyen las arterias que aseguran su existencia material, aunque en algún caso perturben la tranquila vida del espíritu. Por lo demás, es de creer que la nueva carretera no logrará cambiar la fisonomía de Venecia, como tampoco lo consiguió la vía férrea. ¿Qué mayor sorpresa, al descender del tren, que la de encontrar, en lugar del cúmulo de carruajes de todas clases que se juntan en las puertas de todas las estaciones, una serie de góndolas que nos vienen a recordar que sin ellas el tránsito por la ciudad resultaría complicadísimo? La carretera no podrá borrar esta impresión. Venecia, según indican las descripciones de la ciudad que lee el forastero que a ella llega, está construida sobre los pilotes de madera que sostienen a sus grupos de viviendas, las cuales forman un gran número de islas, nada menos que 117, separadas por 150 canales, y enlazadas por cerca de cuatrocientos puentes de piedra. La carretera nueva termina en una plaza, en la cual, quien haya llegado a ella en automóvil, tendrá que abandonar su rápido vehículo para recorrer la ciudad en forma análoga a como la han recorrido sus habitantes, y también los forasteros de todas las épocas. Y al hacerlo, además de las bellezas que contemplen sus ojos materiales, forzosamente sentirán la emoción que causan en el ánimo el recuerdo de la historia de este pueblo excepcional, de sus conmociones políticas, de su vida interna henchida de rasgos trágicos, de todas las circunstancias que hacen de Venecia una ciudad incomparable.

El paso sobre el mar, tan recientemente inaugurado, constituye una obra de ingeniería notable, de la cual con justicia se ocupan en estos días, elogiándola, las revistas técnicas. Su anchura es de veinte metros, de los cuales 16.50 metros corresponden al firme de la carretera. Termina ésta junto al terraplén de la estación marítima, en cuyo punto se bifurca, yendo uno de los ramales a parar a dicha estación y el otro a un gran garage, límite obligado del viaje hecho con el automóvil. Se había pensado construir una línea de tranvía a lo largo de este largo viaducto; pero, finalmente, se le ha dotado de una línea de autobuses eléctricos que reciben la corriente en la misma forma que los tranvías, por medio de un doble trole. Este permite que se puedan obtener todas las ventajas de los tranvías y de los autobuses sin necesidad de adquirir fuera de Italia combustibles líquidos. Las autoridades italianas han tenido siempre en cuenta que la electricidad es, para Italia, una energía nacional, y una energía importada la que se obtiene con los combustibles líquidos.

Esta obra, que tendrá para Venecia consecuencias importantes, se ha ejecutado, tal como estaba previsto, empleando 550 días de trabajo. Fundado el puente sobre pilotes de cemento armado, bastará decir para juzgar de la importancia de los trabajos, que la longitud total de los pilotes hincados en el mar alcanza la respetable cifra de 275 kilómetros. Podrá discutirse la trascendencia de esta construcción fundándose en razones sentimentales y artísticas, indudablemente muy respetables; pero, al fin, es una obra útil, como tantas otras podrían realizarse en el mundo sin necesidad de discursos y de conferencias, y sí sólo por el esfuerzo de la voluntad de los pueblos.


Mariano Rubió y Bellvé; Abril de 1933.






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