lunes, 11 de enero de 2016

LA AUTORIDAD: "Es su deber. Un deber sagrado. Y quien no se sienta capaz de cumplirlo hará mejor en retirarse. Lo urgente, lo perentorio, es salvar del naufragio la tabla de la Ley Moral. La grandeza de la Jerarquía no consiente el diálogo con el malhechor. Quien ejerza Autoridad ha de ser el primero en el Sacrificio. Para los cargos públicos hace falta vocación austera. Y un sentido rectilíneo y duro del cumplimiento del deber."



PRINCIPIO DE AUTORIDAD

Es indudable que en el vasto reino de los ilusos destacan, en primer término, los convencidos de que el progreso sigue una línea ascendente jalonada por conquistas definitivas. Los pobres no se dan cuenta de cuan supeditado está a la Ley del Péndulo. El progreso es víctima de lamentables vaivenes y, cuando pensamos que se remonta a la cúspide, vemos que se hunde en el abismo para remontarse de nuevo poco tiempo después. Nada de línea recta ascendente en este caso. La marcha del progreso la expresa mejor un gráfico - con sus altas y bajas - de fiebre intermitente y desigual.

Ahora mismo no se puede negar el progreso político de nuestro país. El hecho de que la voluntad popular decidiera implantar una República Liberal y Democrática nos obliga a trazar en la cuadrícula, destinada a registrar el gráfico del progreso de España, una línea ascendente que, por su inclinación tan poco acentuada, casi parece una vertical.

Pero el progreso de un Pueblo no radica exclusivamente en su régimen político, sino que se complica con la serie de problemas vitales que, cada día, le plantea la realidad. Así, por mucho que queramos acusar la inclinación hacia la altura de la línea destinada a marcar nuestro progreso político y aun que impulsen esta tendencia ascensional los aciertos de nuestros gobernantes, no tenemos más remedio que dirigir hacia abajo el trazo sobre la cuadrícula porque, aunque no quisiéramos, nos obliga el descenso de la política de violencia - agudizada al amparo de la crisis de autoridad - creadora de un estado social aterrador.

Todo nuestro Republicanismo entusiasta y todo nuestro amor a la libertad y a la Democracia no consiguen que podamos dejar pasar sin protesta ese retorno a la violencia que siembra la inquietud en el ámbito español. Precisamente por como contribuye al descrédito de nuestros más caros ideales, somos muchos los ciudadanos que nos creemos obligados a exigir de las autoridades que garanticen el orden público y las vidas humanas. Es su deber. Un deber sagrado. Y quien no se sienta capaz de cumplirlo hará mejor en retirarse.

Huelgan los sentimentalismos aquí. Lo urgente, lo perentorio, es salvar del naufragio la tabla de la Ley Moral. Si alguien ha tenido concomitancias anteriores con los delincuentes de hoy, viene obligado a no intervenir en la vida pública. La grandeza de la Jerarquía no consiente el diálogo con el malhechor.

Vivimos en una tensión dramática que a nada bueno pueda conducir. Las gentes miran a su alrededor llenas de recelo y no saben si el lobo suelto las atacará en una esquina, en un recodo de la carretera o a domicilio; ni si serán víctimas de un atracador vulgar o de un asesino al servicio del extremismo; ni si les incendiarán su hacienda o encontrarán una bomba en el portal. Hasta cuando los criminales se lían a tiros entre sí, o atacan a la fuerza pública, el resultado trágico suele afectar a seres inocentes bien ajenos a las luchas que provoca el odio.

No nos engañemos. Hay una crisis de autoridad. Y mientras esta crisis no se remedie, irá en aumento el mal. Son demasiadas en toda España las autoridades que se inhiben. ¿Acaso están en sus puestos para cruzarse de brazos? ¿Es así como defienden el patrimonio moral de la República?... Para asistir a homenajes, fiestas, reuniones y espectáculos sirve cualquiera. En tiempos normales se puede tolerar al figurón. Ahora no. Cuando todo buen Republicano se afana por crear una alta vida social, quien ejerza Autoridad ha de ser el primero en el Sacrificio. Para los cargos públicos hace falta vocación austera. Y un sentido rectilíneo y duro del cumplimiento del deber.

El momento español no tiene más que un imperativo de urgencia. Este: erguir la Autoridad. A esos monterillas aldeanos que capitanean turbas, ¿cómo no se les ha metido ya en la cárcel?

Uno lee: “El alcalde del pueblo, al frente de los asaltantes...”. Y, a los ocho días, vuelve a leer que continúa en su puesto.

A esos gobernadores que se limitan a darnos cada día la reseña de los sucesos ocurridos en sus respectivas provincias, para terminar con unas espontáneas frases optimistas que tienen todas las trazas de una burla, ¿por qué no se les destituye?

A las autoridades culpables de que anden sueltos los que cometieron anteriores fechorías y sólo se da con ellos en el momento de cometer otras nuevas, ¿cómo no se les exige responsabilidad por su negligencia?

Estos hechos, que el lector de periódicos registra todos los días, son altamente desmoralizadores. Dan una sensación de desamparo, en la cual se amparan los servidores de la violencia. Denotan desorientación, incapacidad y falta de energía. Son una acusación de ineptitud que empieza en las alturas y alcanza a toda la organización encargada de garantizar el orden y de limpiar de pistoleros, salteadores y atracadores el campo, la aldea y la ciudad. Este estado de cosas insoportable, demuestra que el Principio de Autoridad se tambalea.

¿Culpa del régimen?... ¡Alto aquí! Por esto sí que no se puede pasar. Culpa y fracaso de personas. Improvisación inevitable de los primeros momentos que obligaron a depositar confianzas en amigos y correligionarios. De absoluta lealtad, si se quiere; pero también de absoluta ineptitud. Búsquese en las mismas filas, lealmente republicanas, otros hombres - ¿cómo no ha de haberlos? - capaces de demostrar que la Democracia y la libertad no están reñidas con la Autoridad ni con la Jerarquía y que, con un alto sentido de justicia, se puede ser inexorable para restablecer el orden público y acabar con las hordas de asesinos que infestan el país.

Cumple, ante todo, erguir la Autoridad. Sin esto no hay progreso posible. Y, aunque grandes aciertos impulsen la mano encargada de trazar el gráfico de la vida española ascendente, remontándolo hacia la altura, esos demonios sueltos de la indisciplina, el desorden, la destrucción y la violencia criminal precipitarán la línea registradora al abismo.


Santiago Vinardell; Abril de 1933.






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