domingo, 3 de enero de 2016

LLOYD GEORGE 5 (color): "Son los doce apóstoles de la paz económica, que se adelantan a reunirse. La mayoría de los estadistas están llenos de proyectos y sugerencias cuando no ejercen el poder, pero se sienten atacados de ineptitud en cuanto toman posesión del cargo. Y así marchan rumbo a Washington en busca de claridad y guía."



PEREGRINANDO HACIA WASHINGTON

El artículo que se reproduce a continuación es producto de la opinión pública que se tenía a la llegada reciente del Nacional-Socialismo al poder en Alemania, aunado a la incertidumbre y desconfianza internacional que reinaba posterior a la Primera Guerra Mundial. Para esta fecha el Proyecto Social NS aún era desconocido para todos. El Nacionalismo Económico no es una doctrina en sí, sino un conjunto de medidas que buscan la eliminación del fenómeno de la Dependencia de un país con respecto de uno o más países, alcanzando una base firme y autosustentable. En el caso de Alemania, se buscaba prescindir del Patrón Oro, mas no un aislamiento del mundo.  

Muchas ciudades, en un momento dado, han podido alardear (y en ella han tenido el reconocimiento de la opinión extranjera) de haber sido el “eje del Universo”. En la hora presente este título debe justamente otorgarse a la ciudad de Washington, pues desempeña el papel de eje en torno al cual se mueve, el porvenir económico del mundo.

La Gran Bretaña, Francia, Italia, Alemania, Japón, China, Argentina, Brasil, Chile, México, Canadá -once de los países dirigentes del mundo- envían representantes (bien jefes de gobierno, bien personalidades cuya categoría oficial y particular las hace exponentes autorizados de la opinión de sus respectivos países) a entrevistarse con el Presidente de los Estados Unidos, en Washington, y consultarle acerca del futuro económico mundial.

Son los doce apóstoles de la paz económica, que se adelantan a reunirse. El que el Presidente Roosevelt haya ejercido su personal magnetismo a través de los océanos, se traduce en algo que debe considerarse como tributo, no sólo a la profunda aflicción del mundo, sino a la admiración y a la esperanza que dicho Presidente ha prendido en todas las naciones. Y es que, si bien en el transcurso de los tres años últimos los Estados Unidos han sufrido el más dramático y trágico colapso entre todos los pueblos, cayendo de lo alto de una prosperidad sin precedentes; al fondo de la adversidad, su nuevo Presidente ha demostrado ya, en el corto tiempo que lleva en su cargo, una resolución y un ánimo que inspiran grande optimismo no sólo a sus conciudadanos, sino a todos los pueblos. Ha demostrado estar dotado de esa rara e inestimable mezcla de cualidades de estadista: clara visión de las necesidades nacionales, presteza en tomar sobre sus hombros las responsabilidades, y una vez hecho esto, dar muestras de ánimo para obrar, y para llevar a la práctica, una vez en el poder, los planes preparados de antemano. La mayoría de los estadistas están llenos de proyectos y sugerencias cuando no ejercen el poder, pero se sienten atacados de ineptitud en cuanto toman posesión del cargo. Hay hombres para quienes la responsabilidad es un acicate, en tanto que para otros es una causa de apatía. Tanto si las medidas dictadas por Roosevelt para contener el “slump” y calzar el camino del retorno a la prosperidad, resultan eficaces a la medida de las esperanzas que despiertan, como si no, tienen, por encima de toda otra consideración, el mérito de la energía y de la audacia reflexiva. Ha encendido una cerilla que ha prendido en un faro de esperanza visible a las naciones envueltas en tiniebla. Los líderes de esos países que apoyan en la mano su frente dolorida por el tumulto de ideas en torbellino que se agitan en ellas sin rumbo cierto, se sienten inevitablemente atraídos por tan franca decisión a cortar por lo sano, y así marchan rumbo a Washington en busca de claridad y guía.

Todos ellos ven levantarse al fondo las perspectivas de la Conferencia Económica que debe reunirse en Londres en junio. No se trata de una Convención académica para reunirse a vocear agradables pero grulladas y confirmar puntos de vista económicos ya reconocidos. El mundo se halla en un desesperado embrollo, y a menos que los estadistas hallen una salida, todos los pueblos se verán sumidos en mayor pobreza, en medio de un creciente número de desocupados y de mayores desórdenes, lo cual en algunos casos, acabará en caos y en derrumbamiento de gobiernos. Pero el éxito depende más, de las conversaciones de Washington que de la reunión de Londres.

Las entrevistas de Washington serán cambios de impresiones directos, cara a cara, sobre todos los problemas que preocupan a las naciones, y se celebrarán entre personas que tendrán la última palabra para recomendar los intentos de decisiones a que se llegue, primeramente a los gobiernos, y luego a la Conferencia mundial. Las conversaciones serán privadas, en forma que no hace posible la retórica, y en que sólo puede consentirse el ir a los asuntos. La Conferencia de Londres, por otra parte, será más parecida a una manifestación o mitin. El Presidente repetirá el clásico discurso de tales circunstancias y los delegados irán dirigiendo la palabra a sus públicos respectivos. Si la Conferencia de Londres, ha de ser un éxito, sólo se logrará en el caso de que ratifique y registre un arreglo al que se haya llegado práctica y previamente en Washington.

Si en las reuniones de Washington no se traza, al menos en sus líneas fundamentales, un acuerdo, ¿qué posibilidad de llegar a ninguna decisión habrá luego en Londres? Todos los países a los que se invitaría para tomar parte decisiva en las discusiones, habrían estado esperando en su casa, con la esperanza de que se iría a lo más conveniente, en la creencia de que podría pedir a sus vecinos que se sacrifiquen en aras del bien común, pero sin hacer nada que asegurase la conclusión de un acuerdo, o que produjese al fin ningún programa claro y constructivo. Cierto es que la Comisión preparatoria de peritos ha redactado una agenda para la Conferencia, que comprende una serie de sugerencias; pero si todos esperan la inauguración sin sondear de antemano hasta qué punto será posible alguna forma de acuerdo entre naciones importantes con relación, a dichas sugerencias, puede asegurarse, en nombre de la experiencia, que el resultado sería una enorme pérdida de tiempo, una gran cantidad de palabrería estéril, y el traspaso de cuestiones vitales a subcomités de peritos y consejeros, que se entretendrían en bizantinismos en espera de nuevos asuntos.

En vista de ello, el Presidente Roosevelt ha demostrado una vez más ser hombre de acción y de orientaciones prácticas. Ha invitado a los Jefes de todos los países a que vayan a hablar con él, de antemano, de todas las cuestiones, a fin de que cuando se inaugure la Conferencia se presenten a la misma claras y concisas proposiciones, fruto de las conversaciones preliminares, que así tendrán alguna posibilidad de ser llevadas a la práctica. No le interesa adoptar actitudes ni hacer protestas de buena voluntad: quiere que las ideas sean actos. En la Conferencia habrá gesticulaciones de sobra. En Washington confío que se hará un intento serio de ir a los negocios prácticamente. Si este intento da resultado, podremos confiar en que se avance mucho en Londres el próximo mes de junio.

No estriba la dificultad tanto en determinar qué es lo que conviene hacer, sino en atornillar el Estadismo hasta el justo punto que le haya inevitable al aprestarse a ello, sin amedrentarse por los alaridos de los intereses concretos que teman salir perjudicados con las medidas necesarias en bien de los intereses generales del público. Hará una quincena que la Cámara de Comercio Internacional redactó en París un programa para ser sometido a la Conferencia de Londres. Este programa, que representa los puntos de vista de la industria, de las finanzas y de los transportes de cuarenta y siete naciones, se resumen en catorce puntos que tratan de asuntos como el restablecimiento de la paz política y la confianza, el arreglo de las deudas intergubernamentales, la restauración de un “standard” monetario internacional, la estabilización de los tipos de cambio y de las monedas nacionales, el equilibrio de los presupuestos públicos, el aumento de los precios de las mercancías principales, el retirar los obstáculos que obstruyen las transacciones bursátiles, la rebaja de los aranceles y la estabilización de esas barreras a un nivel mucho más moderado en todos los países, el contener la superproducción por medio de acuerdos internacionales, el retirar las barreras interpuestas al tráfico marítimo y aéreo. Es decir, se trata de un programa que demuestra que en cuarenta y siete naciones hay ciudadanos orientadores que ven las realidades de la presente situación con gran sentido común. Pero nada de esto es nuevo. Hace seis años la Conferencia Económica Mundial de Ginebra llegó a conclusiones muy parecidas sobre muchos de los puntos que ahora formula la Cámara de Comercio Internacional. Desde entonces, en todo el mundo se han aumentado las barreras aduaneras, se han multiplicado las restricciones, las monedas han venido perdiendo estabilidad, el comercio ha sufrido un naufragio, y el mundo se hunde cada vez más en las profundidades de la depresión.

Repetidas veces se ha diagnosticado cuál es la raíz de tanto mal: “el Nacionalismo Económico”, la teoría completamente errónea de que es conveniente para un país, aun a costa de gran sacrificio, el aislarse lo más posible de sus vecinos y hacerse capaz de completarse y de bastarse a sí mismo. Esta es la política del hombre de la caverna. Bien estaba en el hombre que un día animara el esqueleto de Piltdown y en sus contemporáneos; pero en nuestro mundo, enlazado por medio de rápidos transportes terrestres, marítimos y aéreos, mundo en que nos hablamos por T.S.H., de litoral a litoral, semejante principio resulta un desahuciado anacronismo. En los recientes años se ha puesto en franca prueba, especialmente por los norteamericanos; y ningún país parecía más calificado, por su riqueza, eficiencia industrial y abundancia de recursos naturales, para hacer el experimento con éxito. Pero ningún país ha sufrido bajo dicho ensayo más amargamente. Como declaró hace unos quince días, en una entrevista a la Prensa, el Senador Cordell Hull, Ministro del Departamento de Negocios Extranjeros de los Estadios Unidos, son uno de los países que han contribuido más a la desastrosa carrera de tarifas, y asimismo uno de los que más duramente han sufrido sus consecuencias. “El principal objetivo de los Estados Unidos, en las próximas discusiones, será sacar al mundo del marasmo de los Nacionalismos económicos.”

Estas palabras en boca de un hombre de su poder y de su alta posición política, suenan de manera muy prometedora.


David Lloyd George; 22 de abril de 1933.






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