sábado, 30 de enero de 2016

TECNOCRACIA: "El mundo entero puso sus esperanzas en el Socialismo, que se ha demostrado no era más que un movimiento intelectual romántico; y ahora parece volverse ilusionado hacia el Comunismo, que es una falsa deificación sentimental del Trabajador, no parece desacertado dedicar algún comentario a la Tecnocracia."

Revolución Industrial


SOCIALISMO-COMUNISMO-TECNOCRACIA

Examinando la vida actual de los pueblos, impresionan la extensión y la intensidad que alcanzan, en todos los sectores sociales, el malestar y el descontento por la situación presente. No es por causa de los problemas aislados, que afectan a cada una de las fuentes de riqueza o a la posición de tal o cual estamento, ni es el caos actual resultado del conjunto de todos estos problemas. El caso es más grave. La humanidad ha perdido su brújula y se encuentra absolutamente desorientada, sin saber qué rumbo ha de tomar. Todos y cada uno de los problemas singulares, que conmueven naturalmente a cada sector directamente interesado y le limitan el horizonte, haciéndole creer que resuelto su caso podría volverse a la normalidad, no son más que consecuencia da tal desorientación. Esta es la causa y aquéllos los efectos, y es poner el carro delante de la caballería el invertir los términos de esta trascendental cuestión.

Por esto puede observarse que las quejas, las recriminaciones y las censuras se revuelven, universalmente, contra un motivo más general: la total organización social existente.

Es común a estos períodos de desorientación general el que cada estamento pretenda tomar la dirección de la cosa pública, creyendo íntimamente que es el más capaz para salvar la situación. Si hay un estamento que, en tales condiciones, no aspire, con mayor o menor vehemencia, a gobernar, es porque le faltan cohesión y energía, es decir, espíritu de clase.

Aquel malestar general y este impulso o aspiración a tomar el gobierno de los pueblos, con ilusiones de poder superar las causas de la depresión, habían de afectar, necesariamente, a los técnicos, que sobre las inquietudes comunes tienen planteado hoy un agudo problema: el del contraste entre los progresos que en la esfera de su actividad se realizan  y las deplorables condiciones sociales que la acompañan. Es la tragedia de la técnica, que va convenciéndose, con dolor, ante su manifiesto desacuerdo con la vida social, de que puede haber un fundamento a la inculpación de que sus esfuerzos y sus progresos sólo sirven para empeorar las condiciones materiales de la vida de los pueblos, aumentando las proporciones de ese pavoroso problema que es el paro forzoso.

¡Terrible contraste! Los afanes del inventor, los sacrificios del científico, investigando encerrado en su laboratorio, o los aciertos del ingeniero, entusiasta de su trabajo, ¿no sirven más que para idear cosas que elaboran el malestar y la ruina de la humanidad? Los frutos de los esfuerzos inauditos y admirables de la técnica se convierten en instrumentos de destrucción del equilibrio y del bienestar de la sociedad.

A principios de este año el “Research Commitee on Social Trends” del entonces Presidente Herbert Hoover, prevenía al país para que no ignorase los inminentes peligros que entraña el realizar mayores avances en el perfeccionamiento de la maquinaria y afirmaba que, a menos que haya una paralización en los inventos, sobrevendrá, fatalmente, una nueva y más peligrosa ruptura del ajustamiento social.

La técnica había de reaccionar contra esta prevención, que implicaba la negación de todo progreso, y es por ello, que hoy presenta una visible manifestación de pretender avanzar hacia la constitución de un nuevo sistema, que concilie los progresos técnicos con la consecución de un mayor bienestar social.

Tales son la orientación y el programa de la Tecnocracia, nueva doctrina económico-política que ha aparecido en los Estados Unidos y que, pese a las afirmaciones contrarias de sus enemigos y detractores, va tomando destacada significación, en forma que justifica, por lo menos, el estudio y depuración de sus teorías y conclusiones.

Muchos pensadores americanos, físicos, biólogos, químicos y otros científicos de reputación, contando con algunos consejeros en materia económica del actual Presidente Roosevelt se han dejado impresionar por las ideas de los tecnócratas y en la actividad de la American Labour, la admirable organización obrera, se ha sentido ya la influencia de algunos de los postulados de la Tecnocracia. Esto sólo justifica la atención que merece la doctrina.

Anticipamos que nuestro juicio es poco favorable a muchas de las ideas del nuevo movimiento y que reputamos equivocados no pocos de sus conceptos fundamentales en materia económica y política; pero no por esto creemos que haya que desdeñar una tendencia, que quién sabe si encierra el germen de principios que habrán de pesar en la futura organización de la sociedad, porque, hoy por hoy, nadie es capaz de asegurar por qué lado vendrá la solución.

Es un error suponer que el movimiento que representa la Tecnocracia está ya fracasado. Por el contrario, parece crecer, desenvolverse, dejar el lastre de sus errores iniciales y de sus tanteos. Con nuevas aportaciones, es de esperar que se afirme, se purifique y perfeccione. Prueba de ello es la copiosa literatura que sobre el tema aparece en libros, revistas y periódicos de gran circulación y que ha aumentado extraordinariamente en lo que va de año.

Como toda nueva doctrina, la de la Tecnocracia se ha acogido con excesiva credulidad y buena fe por unos, o despectivamente, con injustificada indiferencia, por otros. Entre estas dos posiciones está la de los que, sin apasionamiento, consideran lo que de bueno y de malo hay en la doctrina, con vistas a sacar de ella cuanto pueda servir para la labor constructiva que ha de acometerse después del derrumbamiento que estamos presenciando.

Tiene la Tecnocracia dos aspectos que, apareciendo unidos, formando un solo cuerpo de aspiraciones son, a nuestro entender, perfectamente separables para su análisis: el lado político y el aspecto técnico. El primero significa un esfuerzo para abrir una salida en el caos social presente con la aspiración al gobierno por los ingenieros o técnicos; directamente o por influencias del consejo y sugestión de sus organizaciones sobre los gobernantes. El aspecto técnico, el verdaderamente interesante, envuelve la pretensión de comenzar una nueva ciencia de la Economía y constituye una teoría de impulsión de las posibilidades mecánicas con un nuevo ajustamiento a la organización social.

El punto de partida de este lado del plan de los tecnócratas es que el hombre y la máquina ya no pueden seguir trabajando juntos en las condiciones en que lo han venido haciendo hasta ahora. La máquina expulsa al hombre de su trabajo y en vez de rebelarse contra esto, con un sentido de regresión inadmisible, la Tecnocracia acepta este hecho fatal y aspira a disponer las cosas de modo que la máquina trabaje y el hombre descanse, sin que falte a éste lo necesario para llevar un tenor de vida progresivo.

Aunque esto, enunciado así, parezca algo ideal, propio de la Jauja milagrosa, no puede dudarse que hay un fondo de realidad en la propuesta, un justo sentido de que el futuro ordenamiento, en un porvenir más o menos próximo, habrá de consistir en hacer conciliables estos dos factores, hoy en flagrante contradicción: los avances del Maquinismo y el paralelo progreso en el bienestar social, con progresiva eliminación del esfuerzo mecánico del hombre.

Cuando, por salir del confusionismo presente, vemos cómo el mundo entero puso sus esperanzas en el Socialismo, que se ha demostrado no era más que un movimiento intelectual romántico y de escasa eficacia ante los graves problemas de hoy, y ahora parece volverse ilusionado hacia el Comunismo, que es una falsa deificación sentimental del Trabajador, no parece desacertado dedicar algún comentario para ir fijando el posible alcance de una doctrina de fondo evidentemente más realista, como lo es la Tecnocracia, aunque venga, de momento, con graves errores de concepto y con el desenfado de aspiraciones un tanto desenfocadas.


Pedro Gual Villalbí; 06 de mayo de 1933.






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