lunes, 18 de enero de 2016

TRAGEDIA DE LA HISTORIA: "Pero, ¿qué será de esas mismas virtudes cuando 'el factor humano pierde importancia en la lucha', si es la máquina la que multiplica la eficiencia del soldado, si los futuros ejércitos no comprenderán más que 'divisiones mecanizadas'? Los altos sentimientos suponen albedrío. ¿Puede suplirlo el espíritu de la Técnica? ¿Es que el buen soldado, buen ciudadano al fin, debe ser fatalista, y abrazarse a la nada heroicamente? Esta es la oscura promesa de nuestra época."



ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ

Se impone el retorno a las ideas sencillas, a los conceptos limpios, a las puras proposiciones humanas. Alois Dempf pone el dedo en la llaga: “La gran paradoja de nuestra situación es que, no obstante el florecimiento del Historicismo y Sociologismo, nos encontramos en un movimiento de cultura que camina sin guía; la civilización se ha adueñado de nosotros y quisiera pasar por encima de nuestras cabezas”. En la gran epopeya contra la naturaleza, la inteligencia se ha despistado, lucha incluso contra sí misma. Y he aquí una ley resultante: la lucha material es forma clásica de resolver los objetivos culturales. Los apologistas de la guerra se hallan en una de sus grandes horas. Bellas frases y juicios impresionantes ofrece a este respecto el libro del Comandante Rodríguez Urbano, “Polémica sobre el combate”. Los sentimientos del deber, del honor, de la virilidad siempre serán embrujadores “leid motiv” de los cantores de la fuerza.

Pero, ¿qué será de esas mismas virtudes cuando 'el factor humano pierde importancia en la lucha', si es la máquina la que multiplica la eficiencia del soldado, si los futuros ejércitos no comprenderán más que 'divisiones mecanizadas'? Los altos sentimientos suponen albedrío. ¿Puede suplirlo el espíritu de la Técnica? ¿Es que el buen soldado, buen ciudadano al fin, debe ser fatalista, y abrazarse a la nada heroicamente?

La Gran Escuela de la Guerra no ha mejorado a los hombres nuevos. El horror a la guerra es literario. Y la misma literatura antibélica que hasta hace poco se leía con devoradora fruición, revelaba un morboso deleite en reconstruir imaginativamente una realidad pavorosa. No es de suponer que los libros que realzan lo cruel y repugnante, aunque sea para combatirlo, inmunicen con rayos de inocencia a todos los lectores. El Espíritu de la Paz sólo puede brotar de una condición moral que no se apoye en reacciones de revulsión o de terror físico. Para el espíritu pacífico no es la lucha cruenta de las armas el verdadero tabú, sino todo aquello que violenta el sumo principio de la justicia, que podríamos interpretar por caridad.

Necesitando la humanidad explicárselo todo como puede, ha decidido reconocer que las grandes calamidades tienen por objeto impedir el cese de las pugnas universales que producen la chispa alumbradora y conservadora de la vida de la historia y que permiten el triunfo de la selección. En las ruinas larva el porvenir. La civilización suele enterrarse para resucitar más esplendorosa. ¡Qué desconsolador es llegar por este camino a la conclusión de que la civilización sea el producto de las guerras!

La civilización sufre una crisis de hipocresía. De aquí que no hay especialista que atine con su mal. La civilización dice, entre otras cosas, que se arrepiente y se avergüenza de haber llegado a transformar el mundo sin haberse transformado en sus instintos. “¡Nunca más guerras! La guerra es ilegal. Proclamaré la ley de la “no agresión”.

Pero lejos de proscribir la guerra, la mima, la perfecciona, la envuelve en sombras y en metáforas, en falsas promesas y pudores. En el fondo la ama. Es perversa. Cree en ella. Todavía puede serle útil. Por otra parte, domándola, ciñéndola a los límites de una técnica segura y fulminante, le ayudará a resolver más rápidamente los grandes imposibles de la historia venidera. Y como añorando el estampido de la artillería, el dolor de las trincheras, la pesadilla de los hospitales, se entregan las naciones a jugar a los espías, a la propaganda venenosa, a las prohibiciones, a la emulación superlativa de armamentos. A todo lo que es natural acompañamiento del fuego y la sangre y que sólo se justifica cuando arde teatro de la hecatombe.

Un poco de franqueza, y veríamos que la guerra está en pie. Un arrebato absurdo, un rasgo imprevisto, una intemperancia, una torpeza, y el velo de la hipocresía caerá. Entonces nadie tendrá nada que decirse. Todos sabrán que se odian. Si los pueblos se respetan es más por cobardía que por amor. Hace poco se ha producido un escalofriante conato de sinceridad.

Polonia ha dicho: “Los cañones están a punto contra quien intente revisar los tratados.”

“Daremos nuestra sangre por la reunión del Reich”, replican los prusianos escindidos por el corredor de Dantzig.

En el Extremo Oriente, Japón ha arrojado hace meses la careta. “Los amarillos nos entendemos a nuestra manera”, dicen.

¿Qué dirían de nuestro siglo los nobles y arrebatados cantores cívicos y apologistas de las libertades? ¿Los Whitman y los Espronceda, los Emerson y los Carlyle? ¡Aquellos seres idólatras del progreso que acaso anarquizaban en sus sueños, porque querían una humanidad sin trabas; que acaso no hablaban con toda la vehemencia disolvente de su generosidad, porque presentían que la bondad individual tardaría, de ser posible, siglos en identificarse con la perfección social!

Nunca hubieran creído que un mundo que aún les leería con fervor y simpatía infinita, tendría que reconocer hechos abrumadores como el siguiente registrado por el “Times” a la muerte del ex presidente Coolidge; los Estados Unidos - nación la más representativa - no volverán a ser aquella tierra en que sus principios cívicos parecían indestructibles: “la vieja creencia de que un hombre honrado podría depender de sí mismo para ganarse el pan, sufre el reto de millones de ciudadanos dignísimos que viven de la caridad, porque no hay trabajo para ellos”.

Y esto quiere decir que la tragedia ronda. ¿Podrá la Política, o la misma crisis, evitar las aventuras guerreras por ahora en Europa? Pero así y todo turbio es el porvenir de una sociedad en la que nacen seres y más seres destinados a no tener nada que hacer en un mundo lleno, como nunca, de estímulo a la acción y la conquista. Esta es la oscura promesa de nuestra época.


Juan Gutiérrez Gili; 06 de mayo de 1933.






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