viernes, 5 de febrero de 2016

EL ESTADO NUEVO (12): "Durante la Gran Guerra se sostuvieron, armados, ejércitos de varios millones de soldados. La muerte o la desaparición de un combatiente daba lugar a la baja del mismo en las listas de una unidad, y esto sin complicaciones de ningún género. Los sistemas políticos tienden a considerar al ciudadano desde el único punto de vista que les interesa, es decir, como elector. Esto únicamente puede remediarse avivando el Espíritu de Ciudadanía."



LA CIUDAD: UNA COMUNIDAD

El día 30 de enero último, nació, en la ciudad alemana de Schwetzingen, situada cerca de Heidelberg, el niño Adolf Renkert, al cual los padres de todos los niños de la indicada población regalaron una magnífica copa, parecida a las que se conceden como premio a los deportistas vencedores; una copa de oro de primera calidad. ¿Qué méritos había contraído el tierno infante para que su cuna se viera adornada con este regalo, y apareciera, retratado con él, en las páginas de numerosos periódicos ilustrados? Sencillamente, porque, sin sospecharlo él, naturalmente, había venido al mundo para ser el ciudadano número diez mil de su pueblo natal.

Ello prueba, en primer término, que en aquella ciudad alemana existe un espíritu colectivo firme, que induce a sus habitantes a congratularse de los hechos que, en cualquier concepto que sea, tienden a elevar la categoría de la población en la cual se desarrolla su existencia. Pero demuestra, además, que allí la estadística alcanza una precisión y una celeridad dignas de encomio; pues no tuvieron que aguardar el resultado de censos más o menos aproximados y publicados con mayor o menor retraso, para determinar que la población había llegado a la categoría de las de diez mil habitantes, sino que lo supieron en el mismo día en que el hecho que les halagaba tuvo lugar. Y lo conocieron de un modo exacto, indiscutible; pues si la apreciación hubiera dado origen a dudas y vacilaciones, es bien seguro que el infante Adolf Renkert hubiera tenido dos docenas de competidores, y la copa de oro se hubiera convertido en una manzana de discordias. Las discordias de todo orden suelen ser siempre hijas de falta de firmeza y de precisión en los actos y en las manifestaciones.

No me extrañaría que algún lector formulara la observación siguiente: esta precisión y esta celeridad en la reunión de datos estadísticos es posible alcanzarla en una ciudad de diez mil habitantes; pero resulta de una complicación extraordinaria, que no hay manera de eludir, cuando se trata de grandes aglomeraciones urbanas, de un millón, o más, de ciudadanos. Pero, precisamente, hacia este extremo quería conducir el comentario que sugiere el hecho relatado y la supuesta observación del lector. Efectivamente, el caso de una ciudad relativamente poco populosa no es el mismo que el de una gran ciudad, si se supone que ésta es como aquélla, una unidad indivisible. Pero la cosa cambia de aspecto si la población de gran número de habitantes se examina como un conjunto de unidades de menor importancia. Así consideradas las cosas, la urbe de un millón de habitantes es, pura y simplemente, la reunión de cien núcleos urbanos de diez mil habitantes cada uno de ellos; y, por lo tanto, no existe ningún obstáculo fundamental para que cada uno de los cien núcleos se comporte como una ciudad más reducida. Durante la Gran Guerra se sostuvieron, armados, ejércitos de varios millones de soldados. Considerando uno de estos ejércitos como una aglomeración conjunta, su administración y funcionamiento hubieran constituido un caos, algo absolutamente informe y de imposible manejo. Pero, formados los ejércitos por la reunión de múltiples unidades, no sólo su gobierno es factible, sino que los menores incidentes resultan sencillos de registrar. En aquellos formidables ejércitos, la muerte o la desaparición de un combatiente daba lugar a la baja del mismo en las listas de una unidad, y esto sin complicaciones de ningún género, sino simplemente conseguido por el juego natural de la organización.

Nueva observación, probable por lo menos, de algún lector: en las grandes ciudades existe una organización divisionaria semejante, representada por los distritos y los barrios. Ahora bien, sería muy difícil encontrar en un ejército de millones de soldados uno solo que desconociera la compañía y el regimiento a que pertenece. En cambio, la mayoría de los ciudadanos ignora el barrio y a veces el distrito de que forma parte la casa que habita. Y es que esta división administrativa no representa efectivamente gran cosa. En la práctica, el ciudadano, si se entera de ella es para soportar alguna molestia, no para conseguir determinadas ventajas en los servicios públicos. En la ciudad alemana, antes citada, de diez mil habitantes, y en todas las ciudades de población de análoga cuantía, existen, indudablemente, servicios de correos y de telégrafos, así como oficinas administrativas de todas clases al sencillo alcance de los ciudadanos que no han de recorrer grandes distancias para llegar a ellas. ¿Puede afirmarse, igualmente, que se da el caso parecido en cada uno de los núcleos semejantes de las grandes urbes? ¿Disponen de tales elementos los distritos cuya población excede, en muchos casos, de cien mil habitantes?

Sólo por la deficiente organización de las ciudades millonarias, que parecen ejércitos formados por simple aglomeración, se explica que por sus calles puedan circular incontables soldados desconocidos que no se sabe ni de dónde proceden, ni por qué han acudido a la gigantesca urbe, ni en qué paraje habitan ni los medios que poseen para asegurar su existencia. Periódicamente, el censo oficial quiere poner en claro lo que de ordinario está harto turbio; pero la formación improvisada del censo, por excelente que sea la voluntad de las personas que intervienen en su organización, sólo es un reflejo aproximado de la verdad y no la verdad misma. Fundado, en sus resultados, nadie querría dar no ya una copa de oro, sino siquiera un vaso de horchata al ciudadano, infante o adulto, que se jactase de ser el número tantos de tal orden o de determinada categoría.

Hay que concebir y llevar a la práctica la ciudad organizada, para que en ella las condiciones de vida tiendan constantemente a mejorar, y no a empeorar. Sin esta organización, se da repetidamente el caso de que el individuo se encuentra, en la gran ciudad, más aislado y tan expuesto a todo género de peligros como en el desierto. No puede distinguir por los signos exteriores la plácida vivienda familiar de la cueva en que se albergan las fieras más dañinas, y si sucumbe en la dura lucha por la existencia, el que sea auxiliado o no depende muchas veces de una circunstancia accidental, no de un sistema infalible, cual exige el estado de civilización de nuestros tiempos.

Se ha de procurar que los sistemas administrativos y la educación del espíritu ciudadano tiendan a conceder la necesaria personalidad a los distritos, a los barrios y hasta al grupo de habitantes de las manzanas de casas. Así como la familia es la célula de las sociedades, del mismo modo se ha de considerar la manzana como la célula de la gran ciudad. La calle es de todos, y a veces, por su gran longitud, los vecinos de una sección de la calle se interesan muy poco por lo que afecta a quienes habitan en la lejana extremidad de la misma calle. Si no se sabe lo que ocurre en cada una de las manzanas de la ciudad, y si no se sabe con toda precisión, nadie puede imaginar que por un procedimiento cualquiera, por hábil que sea, se pueda adquirir el conocimiento del conjunto.

Los sistemas políticos tienden a considerar al ciudadano desde el único punto de vista que les interesa, es decir, como elector. Por trascendental que sea esta función del habitante de una ciudad, es indudable que no basta para que se vean satisfechas con ella todas sus aspiraciones. Basta recorrer las diversas zonas de una gran urbe para convencerse de la diversidad de trato que afecta a cada una de ellas. Esto únicamente puede remediarse avivando el Espíritu de Ciudadanía de todos los habitantes, con cuyo espíritu se harían cargo de que a donde no llega, por propia iniciativa, la acción de los organismos administrativos puede asomarse la actuación del grupo de ciudadanos que constituyen un distrito, un barrio o que viven en un núcleo de casas como una manzana. Si el ciudadano olvida sus propias conveniencias, y no se esfuerza por conseguir lo que le interesa, debe hacerse cargo de cuán difícil resulta el que de sus necesidades se acuerde quien apenas está enterado de ellas.


Mariano Rubió y Bellvé; 07 de mayo de 1933.







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