domingo, 28 de febrero de 2016

EL WAGNERIANISMO (8): "Es pasmosa su fuerza de evocación de los amedrentadores trastornos de la naturaleza. Verdad es que las sugerencias de ésta, como he dicho, fueron en tal ocasión imperiosas, obsesionantes, capaces de hacer fructificar antes de su hora un gran genio en potencia."



INSPIRACIÓN MUSICAL

En mis anteriores artículos “Precedentes y sugerencias” dije algo acerca de las fuentes de inspiración del músico creador. El caso de Wagner, que fue el que presenté en especial en el segundo de esos artículos, lo habrán visto confirmado e ilustrado de la manera más palpable, por decirlo así, los que asistieron al concierto de la Orquesta Pau Casals, en que Alfred Cortot dirigió admirablemente la “Sinfonía Faust”, de Liszt.

Se ha dicho, sin exageración, que esa obra es una cantera de material de construcción wagneriana; allí acumúlanse acentos, motivos, frases, recitados, armonías, cromatismos, timbres y juegos orquestales, que nos son familiares en “Tristán”, en “Los Nibelungos”, y aun en “Parsifal”. Pero, una vez más, en apoyo de mi tesis, Liszt, con todo y manifestarse con máximo esplendor en la mentada sinfonía, en modo alguno perjudica a Wagner; muy al contrario, apreciaremos mejor la grandeza de éste al considerar cuán lejos le arrebata del punto de partida lisztiano el vuelo de su genio.

Como complemento de los artículos susodichos, escribo el presente. Allí traté de sugerencias exclusivamente musicales; hoy apuntaré algo de otras sugerencias completamente ajenas a la música o cuando menos a una intención musical deliberada. Nadie ignora, por ejemplo, que el sujeto de la única fuga que, por excepción, presenta Scarlatti en sus piezas de clave, le fue dictado por su gato que, saltando sobre el teclado, hizo resonar algunas notas algo discordes. Ciertamente, el animalejo no pretendía imponer un tema a su amo.

Otro caso, sin asomos de afinación musical. El chirriar bizarramente rítmico de la polea de un pozo del cual sacaba agua la maritornes del mesón donde se hospedaba Rossini escribiendo su partitura del “Barbero de Sevilla”, sugirió al maestro el motivo, al que se adhiere un obstinado arpegio en rápido ascenso y descenso, con el cual caracteriza el cómico conflicto surgido antes de terminarse el primer acto de la ópera.

No me alargaré enumerando ejemplos que, como los dos que anteceden, podemos llamar clásicos; toda vez que estamos en pleno cincuentenario wagneriano, me ceñiré a recordar algún caso referente a este compositor.

Precisamente, una sugerencia nada musical, que fue acicate de la inspiración de Wagner, guarda analogía con la anécdota rossiniana que acabo de recordar, no olvidando, empero, la distancia que separa lo bufo de lo heroico. En otro ruido externo halló Wagner el germen de una de las grandes páginas de la Tetralogía: la escena de la forja de la espada Nothung. Residía Wagner en Zurich y no tenía otro remedio que sobrellevar las continuas molestias del vecindario próximo de tres estudiantes de piano y uno de flauta. Más, al reintegrarse a su domicilio, después de una de sus ausencias, con el firme propósito de entregarse intensamente a la composición de la música de “Sigfrido”, ve su situación agravada con la presencia de un nuevo vecino: un hojalatero, cuyo martilleo constante es un verdadero suplicio para el artista. Llega un momento en que Wagner - su espíritu está en el polo opuesto de Rossini -, en el colmo de la exasperación, resuelve renunciar a su labor. De pronto, los martillazos del odiado vecino parecen marcarle el ritmo de un motivo musical que va tomando forma en su mente: es el furor de Sigfrido contra el astuto Mime.

El compositor ha descubierto el filón que le permitirá realizar toda la escena de la fragua. Siéntase al piano, toca el fragmento que acaba de esbozar y se echa a reír. También debió de reír Rossini al canturrear su motivo del “Barbero”, pero sin duda su risita fue silenciosa, expresando lo satisfactorio de su hallazgo sin un gran esfuerzo. La risa de Wagner fue nerviosa, destemplada; la expresión de su contento tenía algún dejo de su pasada cólera.

Unos dos años después del episodio que acabo de referir, Wagner abre el oído a otra sugerencia, según anota él mismo; pero esta vez la escena tiene un fondo de poesía y música. Es durante la primera estancia del compositor en Venecia, cuando se aloja en el inmenso Palacio Giustiniani y anda atareado con la música de “Tristán”. Una noche de insomnio sale a su balcón para contemplar las dormidas aguas a sus pies; y escucha el distante canto de los gondoleros:

“Al punto reconocí - escribe -, la melopea primitiva sobre la cual, en tiempo del Tasso, fueran adaptados sus versos, pero que es ciertamente tan vieja como los canales y el pueblo mismo de Venecia. Otra noche me hice cargo de toda la poesía de ese canto popular. Regresaba muy tarde en góndola por los canales sombríos. De pronto, se levantó la luna, iluminando los palacios y también el gondolero que manejaba sosegadamente su largo remo en la extremidad posterior del esquife. En aquel instante lanzó un grito que parecía un rugido de fiera; era un profundo gemido que subía en ‘crescendo’ hasta un ‘oh’ prolongado y terminando con esta exclamación: ‘¡Venezia!’. Me sentí conmovido con violencia y este estado de espíritu ha perdurado en mí hasta dejar concluido el segundo acto de ‘Tristán’. Así me fueron, sin duda, sugeridos los acentos plañideros y arrastrantes del corno inglés al comenzar el acto tercero.”

Wagner mismo nos explicará también el origen de la página luminar de la Tetralogía. Fue igualmente en Italia, en Spezia; era la hora de la siesta y los rumores de la ciudad llegaban indistintos hasta los oídos del músico, que se había echado sobre el duro canapé de su habitación de fonda. Medio dormido, los rumores se le antojaron las aguas de un río:

“El murmullo de aquellas aguas adquirió muy pronto un carácter insólito: era el acorde de ‘mi’ bemol mayor que se iba dilatando en arpegios ininterrumpidos. Después los arpegios se transformaron en figuras melódicas de un movimiento cada vez más rápido; pero la resonancia de ‘mi’ bemol mayor no se modificaba y su persistencia parecía dar una significación profunda al líquido elemento en el cual creía estar sumergido. De pronto, sentí como si el agua se precipitase en catarata sobre mi cuerpo. Desperté sobresaltado y al punto me di cuenta de que el motivo del preludio del ‘Oro del Rin’ acababa de serme revelado, aquel preludio que tenía en la mente; sin haber podido antes concretar su forma.”

Tal vez el caso más notable de esas influencias externas que ponen en actividad la facultad creadora de un artista fue la circunstancia que prologó la composición del “Holandés volante”. Pero aquí no se trata de una vaga sugerencia, sino de una imposición, de una obsesión. Huye Wagner de Rusia, juntamente con su esposa, en busca de más amplios horizontes, y en el puerto prusiano de Pillau se embarca en un fementido barco de vela, la “Tetis”, cuya tripulación se compone únicamente de seis lobos de mar y el capitán. El mar traicionero duerme y se requieren siete días mortales para abordar al puerto danés de Elseneur. Después se alza la tempestad y por algunas horas los navegantes se creen perdidos. En las aguas reposadas de un fiord noruego hallan seguro refugio. Los tripulantes entonan cantos de júbilo y Wagner tiene vislumbres de lo que será el canto de los marineros del “Holandés volante”. La figura de este siniestro personaje, que ha conocido mediante la lectura de Heine, domina su imaginación.

La segunda parte de la navegación multiplica los riesgos. La quilla del barco choca contra una roca; después el temporal arrecia de un modo alarmante. Así es la tempestad que a su paso desencadena el fatídico Holandés; y en los silbidos del viento entre el coraje, oye Wagner su risa sarcástica...

Hoy, al recorrer la partitura del “Holandés volante”, descubrimos en ella una singular dualidad. Wagner no puede desprenderse del todo de los moldes establecidos; no plasma allí todavía los nuevos caracteres del drama lírico. Es un artista en formación. Pero, cuando describe la cerrazón de los horizontes, los aullidos del vendaval, las iras de las olas, su mano es firme, segura, de gran músico llegado ya a un grado elevado de maestría. Es pasmosa su fuerza de evocación de los amedrentadores trastornos de la naturaleza. Verdad es que las sugerencias de ésta, como he dicho, fueron en tal ocasión imperiosas, obsesionantes, capaces de hacer fructificar antes de su hora un gran genio en potencia.


Vicente María de Gibert; 12 de mayo de 1933.







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