domingo, 28 de febrero de 2016

ESPAÑA SEGÚN MARX: "¿Por qué se insurrecciona en masa el Pueblo español? Marx cree que había en él fermentos revolucionarios, y que Clase Media y Proletariado sentían la necesidad de una transformación de los métodos de gobierno. Eso no es cierto. En ese sentido lo han interpretado los historiadores, así nacionales como extranjeros."



LA ESPAÑA DE MARX

El Instituto Marx y Engels, de Moscú, ha publicado, con el título “La Revolución Española”, la serie de artículos que, en 1875, envió Karl Marx, desde Londres, a la “New York Tribune”. En esos artículos el apóstol del Socialismo y del Comunismo contemporáneos intenta estudiar los periodos, que él llama "revolucionarios españoles", de 1808 a 1814; de 1820 a 1823 y de 1824 a 1843. Desde luego, es de alta curiosidad enterarse del pensamiento del autor de “El Capital”, que tanta influencia había de tener después de muerto, en la corriente de las ideas mundiales en punto a economía y a organización social. En su refugio de Londres, Marx no podía tener a su disposición la necesaria documentación para acreditarse de irreprochable historiador. Y así resultan en su obra tantos errores al consignar hechos que no se realizaron con la autenticidad que él les presta ni con el alcance que él equivocadamente les supone. A pesar de esos defectos, que él hubiese rectificado de haber vivido y conocer posteriores esclarecimientos históricos, ese libro de Marx, con los viejos artículos desenterrados de un periódico, merece ser leído y con respetuosa imparcialidad comentado. Al estudiar España, tiene Marx atisbos prodigiosos, pero también cae en interpretaciones equivocadas.

Nada más erróneo que suponer al Pueblo español, desde antiguo, influido por un inquieto afán de rebeldía, por un espíritu revolucionario. Los viejos hechos históricos que evoca, como preliminar que explique los hechos de su tiempo, son exactos. Pero donde Marx ve actuando al Pueblo español en rebeldía, la que verdaderamente actúa es la Nobleza. Si la masa popular tomó parte en esas sucesivas revueltas, fue sólo a título de necesaria comparsa. Las Cortes se ponen frente al Emperador Carlos V. Pero, ¿era que las Cortes, de Castilla, entonces, eran una representación popular? Las Cortes castellanas las componían la Nobleza, el alto Clero y las Clases adineradas de las ciudades. ¿Y la insurrección de las comunidades de Castilla? ¿Es que Padilla, Bravo y Maldonado, los caudillos de los comuneros, eran villanos y pecheros que, nuevos Gracos, se ponían al frente de la plebe? Acaso lo que en aquella insurrección se defendía no era tanto las libertades públicas en trance de muerte, sino tradicionales privilegios de comarca y tal vez de casta a punto de desaparecer ante la ambición centralizadora del poder no compartido, y en una sola mano, que traía de Flandes el nuevo César extranjero. No tan brutal, pero el mismo sentido de centralización se apuntaba ya en el Absolutismo Monárquico europeo, empeñado en matar el Feudalismo Medieval, no sin tener enfrente, como lo tuvo en España, la resistencia encarnizada de la Nobleza.

Los hechos que cita Marx tienen igual explicación. A mediados del siglo XV se produjo la revuelta contra el Rey Juan II, a causa de su favorito Don Álvaro de Luna. Una intriga de nobles, un simple motín de aristócratas. En esas protestas, en que los nobles se procuraban el concurso inconsciente de las turbas populares, no había más móvil que sustituir a los validos en la privanza regia. Enredos e intrigas de cortesanos, que el Pueblo, hábilmente desatada su furia, apoyaba en la calle con insensatas turbulencias. Es el caso del Marqués de Villena en tiempos de Enrique IV, y es el caso de San Colombo, en Zaragoza, favorito de Felipe IV.

Y llegamos al siglo XIX. Externamente hay una similitud entre los hechos históricos. En efecto, en la apariencia, la causa del levantamiento  revolucionario del siglo XV fue el Pacto-Traición contraído por el Marqués de Villena, favorito de Enrique IV, con el Rey de Francia, y según el cual Cataluña era cedida a Luis XI, parece ser la misma del levantamiento, tres siglos, más tarde, contra el favorito de Carlos IV y amante de la Reina, Godoy, el Príncipe de la Paz, que contrajera un pacto con Napoleón I en Fontainebleau, para repartirse Portugal, permitiendo para ello la entrada de las tropas francesas en España. La insolente ambición de Godoy se había desbordado y aspiraba nada menos que a ceñir sus sienes de plebeyo con la nueva corona del nuevo reino en proyecto de los Algarbes. Y eso era ya demasiado para que lo tolerara la arrinconada Nobleza. El motín de Aranjuez contra Godoy lo realzó la multitud enfurecida, pero dirigida e incitada por rancios títulos de Castilla, grandes de España. El Pueblo, en aquella ocasión, como en todas, no fue más que un instrumento de cortesanos desatendidos o desdeñados.

De todos modos, el movimiento insurreccional ya desatado, no podía ya contenerse. En él tiene su arranque la epopeya de la Guerra de la Independencia.

¿Por qué se insurrecciona en masa el Pueblo español? Marx cree que había en él fermentos revolucionarios, y que Clase Media y Proletariado sentían la necesidad de una transformación de los métodos de gobierno, una reforma radical de las bases económicas, acabando con la mano muerta mediante una amplia desamortización y un cambio en la estructuración de la sociedad española, que arrancara a la nobleza el predominio para cederlo a la burguesía como había acontecido en la Revolución Francesa.

Eso no es cierto. Como no es cierto tampoco que la causa de la sublevación popular fuera la repugnancia del orgullo español a someterse al dominio de una dinastía extranjera. Esos raros escrúpulos no pueden justificarse. ¿No había sido extranjera la dinastía de los Austria? ¿No lo era también la dinastía de los Borbón? ¿Qué importaba, por tanto, qué reinara una nueva, la improvisada de los Bonaparte? Y bastantes años más tarde, ¿no aspiró a reinar Montpensier, un Orleans? ¿No se buscó para Rey, vacante el trono español, a un Hohenzollern? ¿No se le entregó la corona abandonada a un Saboya?

Pues bien; todos los elementos directores de la nación, se entregaron a Bonaparte. Se entregaron los Borbón, expatriados como prisioneros. Ya estaba el Pueblo libre del Absolutismo de los Borbón y de la tiranía de sus favoritos. Y sin embargo, el Pueblo madrileño se sublevó cuando vio que Fernando salía camino de Bayona.

Y acataron a José I la Nobleza por la voz del Duque del infantado, y el ejército por delegación en el Duque del Parque.

Todas las autoridades superiores, así militares como eclesiásticas, judiciales y administrativas, exhortaban a que se reconociera y acatara el nuevo orden de cosas. Y los intelectuales también, los “afrancesados”.

Pero el Pueblo se alzó en armas del uno al otro confín del solar hispano. Más que el patriotismo sublevado contra el odioso invasor, hay que ver en aquel movimiento la exaltación del sentimiento religioso, en la enorme masa popular de toda la nación. Quien vea en aquel movimiento popular una Revolución de carácter político - como parece sugerir Marx-  está completamente equivocado. En ese sentido de exaltación religiosa lo han interpretado los historiadores, así nacionales como extranjeros.

La guerra, pues, no se había hecho para una Revolución, sino para todo lo contrario: para el triunfo de una reacción.


José Betancort; 12 de mayo de 1933.







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