viernes, 5 de febrero de 2016

JULIUS CURTIUS 1 (color): "Quien desee la paz no debe limitarse a proscribir la guerra de las armas. La guerra que se hace con 'cargamentos de oro' es también guerra de verdad. Alemania y gran parte de la opinión mundial, han aplaudido a Mussolini por su valiente Plan de equipar a las cuatro potencias europeas. Lo que tiene importancia decisiva no es la preparación de medidas de sanción contra un agresor, sino la extirpación de las causas de posibles guerras. No saldrá el progreso mientras se tenga que fundar fallos en la Ley Formal."

Heinrich Brüning y Julius Curtius


DESARME MONETARIO Y MILITAR

Cuando aparezca este alegato en favor de la paz, la Delegación Alemana especial para tratar de los preliminares de la Conferencia Económica Mundial, habrá ya llegado a Washington. Estos viajes de políticos y a las entrevistas con el Presidente de la nación que es la principal acreedora y la potencia económica más importante, van acompañados de una expectación de gran amplitud de miras por lo que hace a la crisis presente, que lo es de deflación, y por lo que se refiere a la promoción de la paz.

Con admirable decisión y energía, Franklin Roosevelt ha emprendido la liquidación de la guerra, en medio de la grave crisis que sufre su país, y sin que hayan transcurrido más que un par de meses de su toma del poder, poniendo en práctica sus principios de programa que al mismo tiempo se refieren a la crisis mundial y a la paz internacional. Evidentemente se concentran los esfuerzos de Washington en el problema de la moneda y en el restablecimiento del crédito, es decir, en la primera parte del programa de la Conferencia Económica Mundial, según se preparó en Lausana. Naturalmente, las cuestiones financieras y económicas, las tendencias crediticias y aduaneras están íntimamente entrelazadas. Pero no sería conducente a ningún resultado práctico el tomar ambas partes a la vez. Siempre opiné que ante todo debe establecerse una base de Política Monetaria y Crediticia, pues únicamente entonces será posible seguir reedificando.

No exagero si hablo de cooperación en las cuestiones de la moneda y el crédito, pues esto es lo que se propone realizar el Presidente Roosevelt como cuestión previa y esencial a la paz. Continuamente surgen peligros de la actual desorganización económica que atentan contra la Política de Paz que aspira a la liquidación de la guerra. Una acción unánime entre los estadistas debe acabar con la deflación, si se quieren evitar incalculables desastres y explosiones con que amenaza. Quien desee la paz no debe limitarse a proscribir la guerra de las armas. La guerra que se hace con “proyectiles de plata” y con “cargamentos de oro” es también guerra de verdad. En realidad nos hemos acostumbrado a hablar de guerra de tarifas, de ataques a la moneda de un país competidor, de armisticios aduaneros y de pactos de “no agresión” económica, etc. Estimamos que la actual situación en conjunto está falta de paz. Y las armas más peligrosas en esta Guerra Económica son las de los “arsenales” de acuñación y de crédito. Mientras se consienta que estas armas perpetren sus destrozos, mientras las relaciones de deudores y acreedores lo sean de ruptura bélica, en tanto el dominio de la deflación continúe estrangulando la Economía en todas partes, no puede hablarse de paz.

Mientras se celebran en Washington las conversaciones económicas para establecer una base de cooperación internacional, la Conferencia del Desarme realiza esfuerzos en Ginebra en una última etapa hacia la necesaria inspiración y fuerza para la conclusión de un Pacto de Desarme. De estos factores se desprende el restablecimiento de la cooperación política. Es tremenda la tensión política reinante. Lo mismo que en el terreno económico, en el de las armas pueden producirse en cualquier momento  grandes catástrofes. Hace unos días el Presidente del Consejo de Ministros francés elogió la “prudente pausa” con que se llevan las discusiones del desarme. Yo opino que la mayor prudencia política recomienda a la hora presente la mayor rapidez posible hacia la conclusión de las discusiones del desarme que durante años vienen obstruyendo el camino de la verdadera paz. En esta última etapa de la Conferencia, Alemania no se apartará de su primera ruta trazada. Sus demandas seguirán en pie: desarme a base de igualdad. El desarme de las potencias exageradamente armadas es una cuestión vital para Alemania.

Un país completamente desarmado y rodeado de vecinos armados hasta los dientes, puede compararse con un centro de depresión meteorológica que amenaza con atraer todas las corrientes atmosféricas de los cuatro puntos cardinales. Un General francés consignó en “La France Militaire” del 11 de noviembre de 1930 lo siguiente: “Alemania, siendo hoy un país desarmado, constituye una tentación para las demás naciones”. Toda la nación alemana siente que se halla en una situación expuesta e indigna. Quien haya seguido durante unos años los sucesos ocurridos en la frontera oriental alemana, el que haya siquiera leído que hace poco se ha propuesto públicamente en Polonia, con motivo de los festivales del Vilna, colocar al mundo y a la diplomacia frente a “hechos consumados”, comprenderá cuan justificada está la sensación de inseguridad que tiene Alemania. Un Convenio de Desarme debe abolir la diferencia entre vencedores y vencidos. El Pueblo alemán en masa apoya este principio de Igualdad de Derechos, planteado por todos sus gobiernos desde hace tres años. La Igualdad es condición previa para la cooperación internacional. La Igualdad de Seguridades es condición indispensable al renacimiento de Alemania. No cabe engaño: ninguna delegación alemana, cualesquiera que sean sus elementos componentes, firmará jamás un Pacto de Desarme que mantenga las prescripciones militares de Versalles ni siquiera veladamente. El Jefe de la Delegación Alemana del Desarme se ha mostrado propicio a aceptar un período de transición hacia la completa realización de la igualdad. Mas, aparte las prescripciones que a este efecto se tomen en garantía, ha hecho constar específicamente que la primera Convención de Desarme a que se llegue, debe destruir toda desigualdad de naturaleza cualitativa. “Las mismas categorías de armas deben ser prohibidas y la misma clase de armamentos deben permitirse a todos los Estados sin distinción”. El proyecto británico que en líneas generales es ahora la base de discusión en Ginebra, permite a 26 Estados de 25 a 500 aeroplanos cada cual, según las dimensiones territoriales de unos y otros. Si la Conferencia admite el punto de vista de que los aviones son necesarios para la defensa nacional, queda fuera de discusión que Alemania y los demás países desarmados se hallan sin protección, ya que carecen de Aeronáutica Militar. Igualmente imposible sería hacer una lista de armas prohibidas partiendo de la idea de que la artillería gruesa es arma defensiva, incluso para los Estados llamados neutrales, si dichos calibres fuesen prohibidos a Alemania y sus compañeras de sufrimiento con armas también para la defensa. Estos ejemplos debieran bastar para comprender claramente que el éxito de la Comisión del Desarme depende de que se reconozca a Alemania una igualdad práctica. Es necesario evitar el fracaso de la Conferencia. Considero que es esencial para la paz el que a Alemania se la admita como un miembro igual a todos en el Pacto de Paz, como debe expresarse en la Convención del Desarme.

Ahora bien, para llegar a establecer un orden de paz, duradero y justo, es condición previa ultimar un Pacto de Convenio de Desarme Monetario. Podrá la Convención de Desarme combinarse con un Pacto Consultivo de acuerdo con las ideas inglesas o norteamericanas, pero el tema fundamental de la Conferencia es sencillamente el Desarme. Francia tiene que retroceder en sus demandas de seguridad. La Conferencia fracasaría si también tuviese que comenzar con deliberaciones sobre una organización de gran alcance y que lo abarcase todo, con normas de seguridad y de sanciones. También el Gobierno alemán quiere se emprenda el camino de la cooperación política, y el desarme lo despejará. El siguiente objetivo de esta cooperación será la revisión del “Orden contra la Paz” que se desprende del tratado de Versalles. No será fácil hallar un camino que conduzca a esa meta. Alemania, y con ella una gran parte de la opinión mundial, han aplaudido a Mussolini por su valiente Plan de equipar a las cuatro potencias europeas Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, para que solventen este decisivo problema de paz. La crítica que se ha hecho hasta ahora está desprovista de fundamento. No ha habido la menor intención de desviarse de la Sociedad de Naciones ni del Pacto Kellogg. Lo mismo que siempre, la Sociedad de Naciones y dicho Pacto constituyen el marco o bastidor en que la revisión puede laborarse.

Ahora bien, tanto la Sociedad de Naciones como el Pacto Kellogg, requieren para este fin una completa reforma. En su forma actual ambas instituciones enfocan excesivamente sus medidas a lo que debiera hacerse en caso de guerra o de peligro de guerra. El principio de revisión de tratados caducos, según se consigna en el artículo 19 del convenio de la Sociedad de Naciones, como el principio de evitar todo conflicto establecido en el artículo segundo ante la revisión de unas condiciones territoriales insoportables. El artículo 19 del Convenio de la Sociedad de Naciones, necesita robustecerse y ser ampliado con reglas de procedimiento. Lo que tiene importancia decisiva no es la preparación de medidas de sanción contra un agresor que haya recurrido a las armas, sino la extirpación de las causas de posibles guerras. Debiera ser una cuestión sobre la que ni se hablase el que la Sociedad de Naciones en sus esfuerzos por llegar a esa meta, no tiene porqué pararse ante la revisión de unas condiciones insoportables. El artículo 19 del Convenio de la Sociedad de Naciones es justo al no entorpecer las revisiones en este sentido, y la interpretación que dio el ex Ministro de Negocios Extranjeros norteamericano, Mr. Stimson, el verano de 1932 en New Haven, se fundaba en la negativa a reconocer los cambios territoriales provocados por la fuerza. No puede aplazarse más la acción. La regulación de los procedimientos de revisión, a mi entender necesaria, podría dar al tribunal de La Haya mayor competencia. No saldrá el progreso de los usos internacionales de la postración en que se halla, mientras dicho Tribunal tenga que fundar sus fallos únicamente en la Ley Formal, o sea, en tanto tenga que ceñir sus juicios a la letra de los tratados. No basta confiar sólo a los diplomáticos el desarrollo futuro de las relaciones internacionales. Deben existir Tribunales de Arbitraje que decidan las cuestiones con equidad.

El Acta de Viena que puso fin en 1815 a la Guerra Napoleónica, y que a juicio de los diplomáticos aseguró la paz en condiciones estables por medio de la llamada “Santa Alianza”, fue objeto de más de cien revisiones en el curso de un siglo. Estas revisiones, con frecuencia se realizaron por medio de la espada, pues no había organizaciones que permitieran ir a un procedimiento arbitral sobre bases equitativas. Por consiguiente, entiendo que importa considerar la ampliación de los presentes métodos jurídicos para solventar querellas entre pueblos.


Julius Curtius (Ex Ministro de Negocios Extranjeros de Alemania); 07 de mayo de 1933.







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