domingo, 14 de febrero de 2016

LITERATURA SOVIÉTICA: "La Literatura Soviética que se exporta de Rusia para la Propaganda Comunista en el mundo, comprende a los unos y a los otros. Es una habilidad que pretende pasar por imparcialidad. Sirve para aleccionar a las gentes. ¿Qué se puede aprender a través de ella? ¿Qué ideal atrayente nos ofrece? ¿Qué vida sugestiva nos describe para que nos pueda rendir a su tentador encantamiento?"



LITERATURA COMUNISTA

La Rusia Comunista tiene una literatura de exportación. Con ella ha invadido Alemania, los Países Escandinavos, y por Francia ha invadido en estos últimos tiempos también España. Por ese medio indirecto, la Novela, se quiere hacer proselitismo soviético.

Pero, ¿de qué calidad es esa literatura de exportación? Karl Radek, que es escritor y Comunista, y por ende conoce el paño, ha dicho con toda franqueza:

“Veo a muchos escritores de talento que escriben un libro que tiene valor para su tiempo, pero después se agotan, se repiten en intentos menos logrados, y la fama de un día se obscurece. Un ejemplo notable, es Lebedinsky, que escribió ese libro verdaderamente bueno, 'La Semana'. Lo que ha escrito después es flojo y anémico... Nadie crea figuras que perduren... De los jóvenes que viven en Rusia, veo uno sobresaliente: Isaak Bábel. Éste ha vivido la Revolución y la describe bajo la base de su abundante experiencia. ¡Qué magníficas sus narraciones de la caballería roja de Semyon Budyonny! Por lo demás, hay quien no está satisfecho con estas narraciones: el propio Budyonni. Éste quisiera que Bábel pintara a sus soldados como si todos hubieran leído a Marx y ninguno hubiese padecido una vulgar enfermedad. Pero, desgraciadamente, algunas veces es al revés..."

Tiene razón Radek. Lo que ha producido la Rusia Bolchevique en punto a literatura, es de una mediocridad aterradora. ¿Cómo se van a comparar estos escritores huecos con los antiguos? Los de ayer eran maestros, verdaderos maestros. La literatura de los tiempos burgueses ha dado Tolstoy, Chekhov, Andréiev, Pushkin y Máximo Gorki. Sin contar los anteriores, Gogol, Dostoyevsky, Turguenev.

Lo que se ha dado en llamar Literatura Proletaria no ha dado todavía un gran escritor, uno de esos escritores que gracias a una creación de genio, conquistan por anticipado la inmortalidad.

Además, ¿es que, en realidad, existe una literatura auténticamente proletaria, nacida de la vida obrera, como una floración espontánea, creada por el espíritu del Proletariado? Contra esa presunción hay dos testimonios irrecusables: Trotzky y Vorensky. Ambos niegan la existencia de una Literatura Proletaria. Al menos por ahora. Toda literatura necesita una tradición y un ambiente, y ambas cosas no se improvisan de una manera fulminante. Las novelas no se escriben por orden y al dictado.

El novelista es un observador y un crítico. Y para escribir necesitan una plena libertad de creación. Y de ella se carece actualmente en Rusia.

En una entrevista, un escritor ruso ha dicho: “Nadie aquí tan injuriado, tan frecuentemente calificado de traidor y contrarrevolucionario, como el creador espiritual que sirve a la Revolución y al Marxismo, y sin embargo, aún conserva la libertad de la mirada para observar la propia responsabilidad moral para producirse con honradez artística y la posición crítica de austeridad en el juicio; es decir, el que no claudica, traicionando su dignidad intelectual para halagar pasiones intransigentemente partidistas. Los escritores proletarios están unidos en la organización ‘Wap’. Más a menudo llevan el manual del Partido en el bolsillo y las capacidades polémicas en la pluma que espíritu dentro y talento en la creación. Poseen excelentes cualidades de funcionarios, secretarios, burócratas, autores de tesis, y se muestran más revolucionarios que los mismo Jefes Revolucionarios.”

Así, en la Rusia de hoy, la Literatura Soviética se compone de dos grupos. A un lado están los que pudiéramos llamar Ortodoxos, los aceptados como Comunistas por los Comunistas. Son, entre otros, Sholojov, Lebedinsky, Kirschon, Bábel y otros. De otra parte están los simpatizantes, los que allí llaman “acompañantes”, que aun impregnados del idealismo revolucionario, mantienen cierta libertad de crítica. Políticamente, en cierto modo, Heterodoxos. Son Ilya Ehrenburg, Boris Pilniak, Lydia Seifullina.

La Literatura Soviética que se exporta de Rusia para la Propaganda Comunista en el mundo, comprende a los unos y a los otros. Es una habilidad que pretende pasar por imparcialidad. Pero no hay que caer en el engaño.

Pero, después de todo, la Propaganda Comunista, por medio de esa literatura de exportación, es a todas luces contraproducente. Sirve para aleccionar a las gentes. ¿Qué se puede aprender a través de ella? ¿Qué ideal atrayente nos ofrece? ¿Qué vida sugestiva nos describe para que nos pueda rendir a su tentador encantamiento?

“La Semana”, el famoso libro de Lebedinsky, no es más que un cuadro sombrío de horrores revolucionarios. Lienzo histórico en que se percibe el hedor de la sangre y el espanto trágico de la muerte.

Así, todos. Ogniev nos pinta una insurrección campesina con el saqueo de la hacienda del príncipe Daniel Dvovitsch. Ruinas de muebles delante de las ventanas; en lugar de ventanas, robadas las maderas, agujeros negros.

Ivanov cuenta escenas de la Mongolia en los días revolucionarios. Los soldados rojos, como cuadrillas de bandoleros, patrullan por la estepa. En ella aparece de pronto una polvareda. Un carro con dos fugitivos. Los soldados disparan. Dos cadáveres. Uno de ellos de una mujer. Al hacer la requisa del botín del carro, hallaron bajo el pescante un niño. No lo matarían. El niño no hacía más que llorar. Tenía hambre. Había que buscar quien lo amamantara. De una tribu de kirguises raptaron a una mujer criando. Esta llevó consigo a su hijo. Había de criar a los dos. Pero, la madre, extenuada, no tenía para tanto y alimentaba a su propio hijo ante todo. Aquello no podía ser. Y aquellos soldados bárbaros mataron al hijo de la kirguisa.

Neverov nos describe episodios de hambre. Una familia se va comiendo la vaca muerta, después el caballo muerto. Pero son muchos en la familia. Será preciso que muera el viejo, el abuelo. Es un ser inútil. Los hijos también una pesada carga. Había que abandonarlos en la ciudad para que los recogiera la caridad o que muriesen de inanición.

Aleksandra Kollontai nos muestra la desgracia de las pobres mujeres. Cuando carecen de trabajo, para no morir de hambre, no tienen más camino que el de venderse en la calle.

¿Puede esta literatura, que rezuma miseria y barbarie, ser un incentivo que conquiste las devociones al Comunismo ruso de los pueblos occidentales, donde todo eso se considera como una monstruosidad sin nombre?

Pero, junto a estos aspectos trágicos de la vida rusa post revolucionaria, hay otros escritores que nos ofrecen otros aspectos nada edificantes. En Rusia intrigan los aventureros, trepan los cínicos y los arribistas. Basta leer a Gladkov, el autor de “El Cemento”. Pues bien, Fiodor Gladkov ha pintado a uno de estos intrigantes, que va escalando los puestos en la organización soviética. Nada le arredra para subir, y la gente no sólo le abre paso, sino que le empuja para trepar. ¡Y cuántos ejemplares de esta especie!

Es mala táctica esta de la Literatura Soviética de exportación. No es de creer que esa literatura entretenga mucho ni convenza a nadie. Todo lo contrario. Se la acoge con un frío gesto de repulsión.


José Betancort; 09 de mayo de 1933.







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