domingo, 14 de febrero de 2016

¿MARXISMO... REALMENTE EXISTIÓ? (2): "Marx no fue su progenitor. Pues ninguno de los tres expositores nombrados, además de Marx, es Marxista. ¿Cómo refutar el Marxismo por lo que es accesorio en él? Si ahora, en efecto, domina el factor económico, en otras épocas de la Historia predominó el factor religioso o político."



¿INTERPRETACIÓN MATERIALISTA DE LA HISTORIA?

El profesor berlinés, Werner Sombart, dedicó dos de sus conferencias de la Universidad y una en la Academia de Jurisprudencia a refutar el Marxismo, de quien en otro tiempo fue fervoroso adepto.

El Marxismo está formado por unas teorías económicas (las del Valor y de la Plusvalía) erróneas; por unos principios éticos (negación de los derechos naturales) falsos; por unas fórmulas protectoras (regulación de toda la economía) pueriles a fuerza de ser absurdas e impracticables; por unas normas distributivas (igualdad de retribución) antinaturales y contradictorias con leyes cardinales de la biología social. Por todo ello conduce fatalmente a la miseria y a la tiranía, como hemos visto en Rusia, y veríamos, dondequiera se ensayara.

Pero si el Marxismo no sufre otra refutación que la hecha por Werner Sombart, permanecerá incólume hasta la consumación de los siglos. Con haber sido endebles todas las conferencias del afamado profesor, éstas han sido las más desgraciadas.

La refutación hecha por el señor Sombart, no ha sido tal por dos razones: la primera que, esquivando aquellas doctrinas que verdaderamente constituyen el Marxismo, y, por tanto, son esenciales y características en él, se ha referido exclusivamente a doctrinas que no pertenecen peculiarmente al Marxismo, sino que le son comunes con otras escuelas, algunas fundamentalmente individualistas, por lo que, demostrado el error de aquellas doctrinas, el Marxismo queda intacto; la segunda, que las conclusiones de Sombart, aun en esas doctrinas accesorias que impugna, son erróneas, y sus argumentos, no muy copiosos ni muy esforzadamente elaborados, deleznables.

Sombart nada dijo sobre los Principios Económicos y Morales del Marxismo; nada sobre sus fórmulas políticas y administrativas; nada sobre las consecuencias lógicas, inherentes a la premisa de la aplicación de esas fórmulas para la vida individual, familiar y social. Ésta hubiera sido la verdadera refutación del Marxismo, y quien quiera tenerla en forma sintética, pero maravillosamente clara y completa, puede verla en el libro “Crítica del Socialismo”, de Max Hirchs.

En cambio, asigna al Marxismo, como teorías características, estas tres: primera, la Interpretación “Materialista” de la historia; segunda, la progresiva concentración del Capital, y tercera, el progresivo empobrecimiento del Proletariado. Negó la primera y la tercera; en cuanto a la segunda, la aceptó, siempre que se reduzca a términos moderados, y como cuestión de hecho, negó que se hubiera comprobado en la agricultura.

Interpretación “Materialista” de la Historia. Lo único que tiene de auténticamente Marxista es el apellido “Materialista”, de que tanto partido sacan aquellos de sus impugnadores, que, no conociéndola, hablan de ella sin más que rastrear y conjeturar a través de esa palabra “Materialista” lo que suponen que debe ser, y la traducen de esta grotesca manera: “La Interpretación Materialista consiste en afirmar que el hombre no se mueve en la vida más que a impulsos de su estómago”.

Claro está que después de haber acreditado así que hablan de lo que no saben, la dan por refutada; y en efecto lo está, porque una interpretación de la historia así concebida, sería la Filosofía Histórica del Cerdo.

Fue una denominación equivocada. Más aceptable es esta otra: Interpretación “Económica” de la Historia, o Interpretación de la Historia “a través de la Economía”, y así entendida, la teoría nada tiene que ver con el Marxismo o Socialismo Marxista (ni Marx tiene respecto de ella ninguna relación de paternidad; ya lo advierte Edwin Robert Anderson Seligman en su conocido libro “Interpretación Económica de la Historia”).

La interpretación “Materialista” de la historia es de Marx, como pudiera serlo la práctica de andar a pie, Marx no fue su progenitor. Desde que el hombre comenzó a discurrir sobre los sucesos, nació la teoría. La encontramos aplicada ya en libros de Herodoto y Xenofonte. Nuestros escritores, economistas o sociólogos, del siglo XVII abundan en ella. Sus antecedentes, y aplicaciones son tan copiosas que nadie podría agotarlos. Muchos de ellos pueden verse, con la historia de la teoría, en el magistral libro de Aquiles Loria, “Las bases económicas de nuestra organización social”.

Ni tampoco fue su primer expositor sistematizado. Aparte de que Marx no escribió un tratado orgánico de las doctrinas, sino que desgranó afirmaciones - no siempre absolutamente congruentes y claras, hasta necesitar explicaciones que, más bien son rectificaciones de Engels -, y ensayos de interpretación a lo largo de sus escritos durante treinta años, antes de él y después de él hay verdaderos expositores de la doctrina que no son Socialistas y que le aventajan lucidez y profundidad.

La teoría ha pasado por cuatro etapas, cada una de las cuales significa un paso adelante en su depuración. Primero fue Henry Thomas Buckle, con su “Historia de la Civilización Inglesa”; y Buckle era superior en cultura, amplitud de pensamiento, sagacidad de observación y arte literario a Marx. Después fue Marx, precisamente, quien desde la relación entre Espíritu y Naturaleza (Doctrina de Buckle) la hizo adelantar un grado; “estas relaciones son las económicas”, aunque tratara de ello fragmentaria y desordenadamente. Después avanzó Aquiles Loria, forjando, ya consciente y reflexivamente, la teoría, en el libro citado, que es una admirable glosa de esta afirmación; “en el fondo de esas relaciones económicas, cuya acción entrevé Marx confusamente y en bloque, está el régimen de la tierra”.

Y finalmente, Henry George, quien en su libro “Progreso y Miseria”, depura la teoría de sus confusiones deterministas y la lleva a su perfección reduciéndola a esto: “los actos de los hombres son determinados por sus deseos; pero la satisfacción de esos deseos, cualquiera que sea su naturaleza, puros o impuros, egoístas o altruistas, está condicionada por el medio económico, y éste por el régimen de la tierra que opera a través de la ley de la renta. Es, pues, el espíritu el iniciador de la Historia, el factor primero en la dinámica social; pero el régimen de la tierra condiciona la obra del espíritu”.

Pues ninguno de los tres expositores nombrados, además de Marx, es Marxista. ¿Cómo refutar el Marxismo por lo que es accesorio en él?

Ni se preocupó Sombart de hacer esa refutación. Se limitó a decir que, si ahora, en efecto, domina el factor económico, en otras épocas de la Historia predominó el factor religioso o político. Basta, sin embargo, asomarse a las investigaciones concretas monográficas de los sucesos históricos donde más predominantes aparecen factores que no son el económico, para ver que Sombart no tiene razón. Por ejemplo: la Guerra de los Albigenses, el Renacimiento de la Libertad en el siglo XIII, el Renacimiento Intelectual del siglo XV, la Constitución de las Monarquías Absolutas o la Reforma Protestante. Los resortes económicos de todos estos sucesos son ya de sobra conocidos.

La tesis de Sombart sería, en verdad, paradójica; porque el mayor imperio del factor económico habría de encontrarse en los comienzos de la civilización; y progresivamente, el espíritu iría triunfando hasta emanciparse de aquél, por lo que éste tendría ahora menos señorío que en siglos anteriores, como consecuencia del desarrollo mismo de la civilización. Es la tesis de Buckle.

Análogo examen podría hacerse en cuanto a las otras dos tesis de Sombart. Pero no merece la pena alargar estos comentarios. La conclusión de todos ellos es que no debemos dejarnos imponer por el prestigio de ciertas figuras; no porque no lo merezcan en unos aspectos, sino porque la ciencia es un campo muy vasto, en que hay espacio para todos; y porque en la ciencia propiamente económica, aun a los espíritus más cultivados, los extravía ciega o perturba el prejuicio. Para no decir nada del interés personal.


Baldomero Argente; 09 de mayo de 1933.







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