domingo, 28 de febrero de 2016

TECNOCRACIA (2): "¡Qué suerte, nacer en el siglo XX, cuando ya no habrá más crímenes colectivos, cuando todo el mundo sea culto, refinado, elegante, bueno! Las leyes económicas, los principios de convivencia, han sufrido alteraciones y se propende a subsanarlo automatizando al individuo. Aquella normalidad, aquel esplendor y felicidad eran aparentes. Sin embargo, los que lo vivimos, no podemos recordarlo sin un sentimiento de melancolía."



EL AYER QUE NO VOLVERÁ

A la maravillosa máquina de la Economía se le salta la cuerda, como a esos ingeniosos juguetes automáticos que al rompérseles el muelle emprenden una marcha desenfrenada, y se atascan. ¿Dónde radica el mal? Por una parte hay demandas y necesidades crecientes; por otra, la naturaleza es inagotable en sus recursos. En los Estados Unidos, que es donde mejor se advierte que se trata de una enfermedad distributiva, de una anomalía en el torrente circulatorio social, se inician costumbres de trueque. La Oficina Internacional del Trabajo de Ginebra no pierde de vista estos ensayos de cambio directo de mercancías por mercancías y de servicios por especies.

En 1931, algunos patronos abrieron en Salt Lake City una bolsa u oficina de contratación: se daba trabajo a cambio de la sobreproducción de las granjas. Aquella oficina se ha convertido en la poderosa National Development Association, con ramificaciones en distintos Estados. Existen además la Producers and Laborers Supply Company y la Midwest Exchange. En la Universidad de Luisiana las pensiones se pagan en géneros; en Dakota las subscripciones de prensa, los honorarios al magisterio, las cuotas de los clubs se abonan en trigo, y las harineras cobran en grano la molienda. Hay organización de trueque que cuenta con más de 50 mil miembros. En el momento de pronunciarse dictador financiero Roosevelt, había unas 150 oficinas en 29 Estados. Curioso ejemplo de cómo, al margen de las funciones políticas, la vida tiende a obstruir y a reabrir espontáneamente sus caminos. Hoy son múltiples los intentos de mejorar la existencia. He aquí una generación que proclama la ley de la regulación, en su esfuerzo por hallar, como todas, el bienestar a su manera.

Una vez el hombre se sintió satisfecho de la vida, de su obra sobre la tierra. Fue en una ronda feliz de años que giraron en torno a 1900. Luego vino otra ruleta de fechas fatídicas que giró desatinadamente en torno a 1918. En el primero de esos ciclos el confort daba un anticipo de bienaventuranza a las gentes. El planeta Tierra era la antesala de la gloria. Con qué satisfacción, de muchachos, pensábamos: “¡Qué suerte, nacer en el siglo XX, cuando ya no habrá más crímenes colectivos, cuando todo el mundo sea culto, refinado, elegante, bueno!”. La riqueza - se nos aseguraba - no cierra las puertas a nadie. Y, en efecto, había consumados deportistas del arruinarse y enriquecerse. Y eso era posible cuando hubiera sonado hórridamente el barbarismo - gramatical - del “control”. El agio tenía su espontánea moral, propia del signo romántico en las ideas. Como los niños, como los enamorados, toda la sociedad se entregaba al ingenuo entretenimiento, al delicioso engaño, de señalar, cerrando los ojos, un número, a la buena de Dios, en los populares abanicos de la rueda de la fortuna. Todos hallaban una palabra halagadora en cualquier punto del horóscopo. Para el drama había que inventar algo: unos figurones enlutados y tubulares del tacón a la chistera, caballeros destinados a interpretar las escenas perdurables del encuentro entre Caín y Abel, en el pecho la deidad propicia o esquiva del amor. Es sabroso encontrar en libros bisabuelos de la literatura de hoy, esos grabados que perpetúan, entre unos árboles cómplices como la soledad, el momento empacado en que, uno frente a otro, dos rivales se apuntan en actitud estatuaria con unos terribles pistolones. El amor era un azar, como la riqueza. Un absurdo sentido del honor venía a dignificarlo todo...

Pero tenía que pasar algo muy grave, algo que obligaría al caballero a abandonar la chistera y encajarse la máscara del aviador. La vida de costumbres de teatro se trocaría en un automatismo rigoroso, bajo un nuevo signo anti romántico y previsor. El magno acontecimiento se llamó Guerra Europea. El nuevo signo: Tecnocracia. Esta palabra, haga o no fortuna, no ha nacido porque sí.

¿Ha perdido con todo esto belleza la vida? Lo que decididamente ha perdido es la norma de la espontaneidad. Se quiere evolucionar, “reajustar”. Las leyes económicas, los principios de convivencia, han sufrido alteraciones en su funcionamiento automático. Y se propende a subsanarlo automatizando al individuo.

Algún día nuestra actualidad histórica tendrá sus exégetas. ¿Comprenderán lo que a nosotros nos envuelve y no acertamos a despejar? ¿Serán justos sus juicios sobre una generación que parece destinada a la locura, que aprendió el abecedario a la luz de un quinqué, que presenció la vida y muerte de la mariposa de gas, y acabó convirtiendo la noche en fantástica alegoría de luz eléctrica? ¿Comprenderán que no es para menos que sentir vértigo el haber viajado en diligencia, haber impuesto el ferrocarril a las distancias, haber dominado todas las barreras y todos los espacios con el motor a explosión y la simple veleta de la hélice?

Es natural que después de estas marchas forzadas hacia la superación de la naturaleza, el mundo se sienta un poco enfermo. Los síntomas formales son las irregularidades en la circulación de la riqueza, en la distribución de los servicios y los productos. Para restablecer la normalidad se idean los más contradictorios remedios. Pero todos tienden a un punto común, a la regulación de las energías egocentristas. Han caducado los postulados éticos del yo en libertad. El sentimiento romántico sucumbe en la silla eléctrica a manos del verdugo desconocido. Este verdugo tiene por nombre palabras como miseria y hambre. Los intentos de retornar al primitivismo del trueque de cosas, son atentados certeros contra el signo azaroso de una época en que todo se abandonaba a la suerte y al absoluto albedrío personal. Aquella normalidad, aquel esplendor y felicidad eran aparentes. Sin embargo, los que lo vivimos, no podemos recordarlo sin un sentimiento de melancolía.


Juan Gutiérrez Gili; 11 de mayo de 1933.






No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡SE AGRADECE SU APORTACIÓN A ESPEJO DE ARCADIA!