domingo, 20 de marzo de 2016

CRISIS ECONÓMICA (8): "¿Todos ganando? Pero en el juego real, si hay uno que gana es porque hay otro jugador que pierde. El Presidente Roosevelt aspira noblemente a restaurar la prosperidad económica de los Estados Unidos; pero no podrá desconocer que no es fácil."



¿TODOS GANANDO?

Fue muy celebrada, hace ya de ello algunos años, la ocurrencia de un distinguido paisano nuestro, ya fallecido, el cual, al penetrar en la sala de juego de un casino, saludó a los presentes con la siguiente exclamación, tan amable como adornada de la más fina ironía: “¡Todos ganando, amigos, todos ganando!”

El día 12 del próximo mes de junio, parece ya cosa decidida que se reunirá en Londres la Conferencia Económica Internacional, y por los anuncios de sus tareas, y por lo que puede deducirse del resultado de las conversaciones del Presidente Roosevelt con los grandes hombres por él congregados sucesivamente en Washington, es de creer que cualquiera que penetre, en el mes de junio, en la sala de dicha Conferencia, podrá exclamar también: “¡Todos contentos, todos satisfechos, todos ganando!”

“Acuerdo sin acuerdos”, ha denominado con frase gráfica el “Financial Times” los resultados de las conversaciones sostenidas por Roosevelt con objeto de aliviar la crítica situación de muchos de sus administrados. Fórmulas cuidadosamente redactadas, promesas henchidas del más perfecto optimismo, suelen ser los únicos resultados tangibles de tales conversaciones entre los hombres directores de los grandes Estados. Hay quien ha llevado la cuenta de las Conferencias de carácter internacional que se han celebrado después que terminó la Gran Guerra, y su número alcanza la no pequeña cifra de cincuenta y dos, incluyendo en ella la que se ha de iniciar el 12 de junio. Son realmente muchas reuniones y quizá demasiadas conversaciones las que, a decir verdad, no han logrado en ningún caso torcer el curso lógico de los acontecimientos. La última de dichas asambleas fue la reunida en Ginebra para lanzar rayos y centellas contra Japón, y Japón, sin tomarse siquiera la molestia de sacar el paraguas para resguardarse de la anunciada tempestad, ha hecho y continúa haciendo en China lo que le conviene, que es precisamente lo que no conviene a muchos pueblos occidentales.

¿Todos ganando? Muy bien, como exclamación irónica; pero en el juego real, si hay uno que gana es porque hay otro jugador que pierde. En esa partida de juego que va a comenzar en Londres el 12 de junio, ¿quién se resignará a ser el jugador dispuesto a perder? Muchas de las miradas de los más grandes jugadores se dirigen precisamente a las tierras orientales, para que en ellas se entreabran las bolsas que no pocos anhelan vaciar. “Demos valor a la plata, que allí existe en abundancia, y, cobrando nosotros en plata las apuestas, el resultado del juego no podrá dejar de sernos favorable.”

Por lo general, nos damos cuenta de una manera muy imperfecta de lo que sucede en esos países de Oriente contra los cuales parece que quiere dirigirse una acometida de los grandes pueblos industriales del viejo y del nuevo continente. China, por revuelta y desorganizada que se halle, ya no es la China de antaño, terreno fácilmente explotable y fuertemente explotado  por todos sus amigos y protectores. Ahora su espíritu está contra éstos, y esperan los chinos que ha llegado, o que llegará muy pronto, la hora de vengarse del trato de que fueron objeto; trato del que da idea el letrero que solía ponerse en la puerta de los jardines públicos de las concesiones europeas: “Está prohibida la entrada de los perros y de los chinos.”

Y no sabemos cómo, de la próxima Conferencia Económica, se deducirán consecuencias capaces de detener el desarrollo creciente de la industria japonesa, que conquista poco a poco, pero de una manera definitiva, mercados que parecían reservados a los europeos. El escritor e industrial francés Georges Rémond, que conoce a fondo la situación de esos países orientales, ha publicado muy recientemente sus observaciones sobre este punto, y los datos que aduce no son nada tranquilizadores para los que estiman que sean aquellos pueblos los que se avengan a perder en este juego que se prepara, y en el que todos hemos de ganar. Los lujosos almacenes de ciertas ciudades de aquellas regiones no desdicen de sus análogos de las grandes ciudades europeas, y venden los mismos artículos, auténticos o perfectamente imitados, a precios mucho más reducidos que los que pueden ofrecer sus competidores extranjeros, allí establecidos. En la misma posesión inglesa de Hong Kong, la competencia es tan viva, que el comercio británico ha visto descender su cifra de negocios en más del ochenta por ciento. “En cuanto dejas atrás el minúsculo Mediterráneo -escribe Rémond- y penetras en los inmensos mares de Oriente, en todas las ciudades de sus márgenes no encuentras más que productos chinos y japoneses, transportados por buques de estas naciones y vendidos por ciudadanos de las mismas”. Hoy parece que la discordia entre China y Japón sea algo eterno, irremediable. Podrá ser así; pero podrá ser, quizá, lo contrario; es decir, que algún día los chinos se avengan a ser dirigidos por los japoneses para levantar juntos, airados, la cabeza. “La tierra es verde, el hombre es amarillo, el cielo azul”, es la concepción que los chinos tienen del universo; y el hombre amarillo no se muerde la lengua para decir a los occidentales: “Han sido nuestros amos, hoy somos sus iguales, mañana seremos superiores a ustedes”.

Todos ganando; perfectamente. Pero todavía no sabemos a costa de qué bolsillos se obtendrán tan universales ganancias. No sabemos, por ejemplo, cómo, por excelente que sea la voluntad de Roosevelt, conseguirá que vivan desahogadamente los 150 mil médicos que existen en los Estados Unidos y de los cuales sobran, por lo menos, 20 mil, según el propio informe del cuerpo médico, que ya no sabe en dónde encontrar suficientes enfermos para que les sea devuelta la salud perdida o alterada. El promedio de lo que cada familia norteamericana invierte en pagar al médico o médicos que le prestan su auxilio es de cien dólares, a cuya cantidad hay que sumar la parte correspondiente de lo que el conjunto de los ciudadanos invierte en medicamentos, que alcanza a 700 millones de dólares. Y yo no creo que entre todos los personajes que se van a juntar en Londres, haya uno sólo dispuesto a coadyuvar a que aquellos médicos ganen más o a sufragar el costo de nuevas medicinas.

Sin duda alguna, el Presidente Roosevelt aspira noblemente a restaurar la prosperidad económica de los Estados Unidos; pero no podrá desconocer que no es fácil que una nación obtenga a diario un premio mayor en la lotería internacional, como fue el que alcanzó aquel pueblo como Consecuencia de la guerra que incendió gran parte de Europa. Gracias a ella, los negocios alcanzaron en los Estados Unidos proporciones fantásticas, de los cuales sienta ahora la nostalgia, y esperan allí que con estas o las otras combinaciones podrá restablecerse un estado de cosas que permita a todos los ciudadanos vivir espléndidamente y ganar mucho dinero. El programa es indudablemente muy ventajoso para los que aspiran a su ejecución. Es posible que con la realización de esta programa, y con la adopción, por la Conferencia de Londres, de determinadas resoluciones, estimen que será factible que los treinta o cuarenta mil Bancos que allí existen puedan volver a realizar operaciones altamente remuneradoras. Pero, aunque ellos lo crean así, yo me permitiré dudarlo hasta que se pueda comprobar que se ha alcanzado esta maravilla. Son muchos Bancos, para que para todos pueda sonar nuevamente la hora del éxito brillante, del negocio altamente beneficioso.

¿Todos ganando? Es posible; pero lo prudente es examinar cada país la situación exacta de sus cosas para librarse de perder mucho en este intrincado juego que se prepara.


Mariano Rubió Y Bellvé; 14 de mayo de 1933.






No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡SE AGRADECE SU APORTACIÓN A ESPEJO DE ARCADIA!