domingo, 20 de marzo de 2016

LA DOCTRINA MONROE: "Pero a pesar de esto, en ciertas esferas de la Sociedad de Naciones, por el deseo de no hacer nada que pudiera contrariar a Washington, se continuaba considerando como una cosa intangible esta sombra de doctrina unilateral."



LA CUESTIÓN DEL NUEVO MUNDO

El hecho de haber coincidido los conflictos armados de Hispano-América con la contienda Chino-Japonesa y con las peripecias de la Conferencia del Desarme, ha contribuido a que la opinión pública y hasta los mismos hombres de Estado hayan prestado a estos hechos una atención secundaria, inferior en todo caso a la que les habrían otorgado en otras ocasiones. Y, sin embargo, el desarrollo jurídico de los desacuerdos entre Colombia y Perú y entre Paraguay y Bolivia, puede tener una trascendencia superior a la que estamos dispuestos a concederle en estos momentos.

Por de pronto puede darse por seguro que el trapecio de Leticia y la llanura desierta del Chaco servirán de panteón a la Doctrina de Monroe, que durante 110 años tuvo a raya a Europa y paralizó la acción de la Sociedad de Naciones en América del Sur. Cierto que esta famosa doctrina había recibido varios certeros golpes de piqueta desde el momento en que, interpretándola de una manera abusiva, se la incluyó en el artículo 21 del Pacto de la Sociedad de Naciones, como ejemplo de acuerdo regional compatible con la doctrina de dicho Pacto.

Tímidamente, Costa Rica pidió en 1928 una interpretación del artículo 21. Y en 1932 México y Argentina hacen saber oficialmente a la Liga de Ginebra que no forman parte del acuerdo regional conocido con el nombre de “Doctrina de Monroe”. Pero a pesar de esto, en ciertas esferas de la Sociedad de Naciones, por el deseo de no hacer nada que pudiera contrariar a Washington, se continuaba considerando como una cosa intangible esta sombra de doctrina unilateral. Al respeto a ese mito es a quien hay que achacar en primer término la conducta titubeante y floja del Quay Wilson frente a las diferentes cuestiones litigiosas surgidas estos últimos años en el continente americano.

Lo curioso del caso es que han sido los mismos Estados Unidos los que han apuntillado, a raíz de los dos últimos conflictos sudamericanos, la Doctrina de Monroe. En la contienda entre Colombia y Perú no sólo Norteamérica ha dejado a la Liga intervenir directamente en el continente americano, sino que ha consentido en formar parte del Comité Consultivo de la Sociedad de Naciones, y lo que es más elocuente todavía, la Casa Blanca no ha dudado en recomendar a los dos contendientes que aceptaran las proposiciones del Comité Ginebrino.

El fracaso de la acción mediadora del grupo de los neutrales y del grupo de vecinos, y la intervención activa del Consejo de la Sociedad de Naciones en el conflicto entre Bolivia y Paraguay, viene a confirmar la opinión de los que creen que la doctrina de Monroe pasó para siempre a la categoría de hecho histórico.

Para los que habíamos asistido hace algunos años a las reuniones del Consejo, en las que se debatían asuntos de América del Sur, no nos era difícil percibir esta mañana una especie de liberación, traducida en una mayor libertad de movimientos en la conducta de los miembros del Consejo.

El eclipse de la espada de Damocles compensaba por fortuna la amputación que para la universalidad de la Liga representa el sillón vacío ocupado hasta ahora por el representante del Gobierno de Tokio.


Rosselló; 16 de mayo de 1933.







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