domingo, 20 de marzo de 2016

LA PAZ GUERRERA: "Una Nación es un ser que en medio de la vida se halla forzado a cumplir todas las funciones de crecimiento, de conservación y de dominio que la biología impone a todos los seres. Estamos obligados todos a trabajar por la concordia de las naciones, y hoy la discordia peor no es la de las bayonetas, sino la del dinero. La Finanza monta hoy sobre el Cuartel."



LA PAZ GUERRERA

La muralla de la China quedó como el hecho más prodigioso de la voluntad de aislamiento nacional. Una línea fortificada de miles de kilómetros, con sus almenas vigilantes y sus torres protectoras, concedía a China el placer de sentirse a salvo de toda intromisión extranjera. Y tan enorme ha parecido siempre ese esfuerzo a la humanidad europea, tan inútil en su infantil grandeza, que no ha podido ser considerado sino con una sonrisa. Pero los tiempos no están para burlas, y no es Europa la porción del mundo que más derecho tenga a sonreírse de los Nacionalismos aisladores, de las fronteras cerradas y de las murallas de China.

Todo iría menos mal si únicamente se tratase de un Nacionalismo guerrero. Antes del año 14 había ejércitos poderosos, las fronteras estaban erizadas de fortalezas y un “Chauvinismo” exaltado sacudía a las naciones principales del continente. Pero en aquel tiempo a nadie se le había ocurrido limitar los derechos propiamente humanos. Los hombres de la civilización podían cruzar libremente las fronteras, instalarse en los países ajenos y negociar y traficar sin más estorbos que los que son naturales a un Pueblo normalmente constituido. Esta libertad ya no existe. Y no sólo no existe en Europa, sino que el despotismo Nacionalista se ha extendido al mundo entero. Las naciones han adquirido la cualidad del molusco. Se han cerrado sobre sí mismas como aconsejadas por un dramático instinto de conservación que no da lugar a vacilaciones ni a contemplaciones. Como hacen todos los seres animados ante un peligro inminente de muerte o de ruina. Pero ante todo nos convendría declarar que aquí no se trata de combatir en favor ni en contra del Nacionalismo, sino de exponer un hecho real y examinarlo con toda la exactitud posible.

¿Fue la Revolución Francesa la causa de los Nacionalismos modernos? Es frecuente oír decir que antes de esa gigantesca conmoción no existía propiamente la idea de patria, y que las naciones guerreaban sólo por un rey o una dinastía. Es posible que esto fuera bastante exacto en el período más auténtico de la Edad Media; entonces los Pueblos de la Cristiandad se hallaban unidos por una única idea religiosa y por un ideal caballeresco que asociaba a todas las personas cultas y responsables en un mismo sentimiento y en un común ademán de vida; el propio latín, hablado por todas las personas educadas de Europa, servía de nexo intelectual y aumentaba el sentido de asociación y uniformidad de las naciones, precisamente cuando eran más fuertes las diferenciaciones localistas en costumbres y dialectos regionales.

Pero desde el Renacimiento cambian las cosas de modo profundo. Comienzan a dibujarse con enérgica decisión las grandes nacionalidades, y ya no es posible decir que el concepto moderno de patria se halla ausente de la conciencia pública. Todavía no es una idea popular, porque lo popular no cuenta nada en aquel tiempo. Pero escúchese la voz de Maquiavelo, y entre sus reflexiones y sus imprecaciones el nombre de la patria y el concepto de la nacionalidad sonarán de continuo.

Sin duda no fue por mero capricho por lo que los conquistadores bautizaron a México con el nombre de "Nueva España". Un orgullo patriótico les impulsó a elegir el nombre emocionante, como antes les había impulsado a llamar "Española" a la isla en que primeramente se establecieron y edificaron ciudades. Cuando abandona el uso de la sátira y el chiste. Quevedo se entrega con singular altura y ardor a la política, y se le ve apasionarse ni más ni menos que como un hombre de nuestra época por las cuestiones palpitantes de la hora, polemizando con los catalanes y con los franceses sobre motivos pura y francamente nacionalistas. Tampoco puede negarse que el Cardenal Richelieu tenía un sentido de nacionalidad francesa tan caracterizado como el más moderno de los patriotas franceses. Actualmente el Nacionalismo ha adquirido una expansión y una profundidad excepcionales, y el Sistema Fascista, por último, con su democratización obligatoria del patriotismo, convierte la cuestión en algo de una enorme e irreparable transcendencia.

Sí; hoy se ha hecho más trascendente que nunca el Nacionalismo porque abarca todo el ámbito de la humanidad civilizada; porque se ha apoderado en absoluto de la civilización. Y porque ya no es necesario que truenen los cañones para considerar a los pueblos en estado de guerra; la misma paz se ha hecho guerrera. Una universal hipocresía se cuida de guardar las formas y sugerir la idea de que las naciones viven con arreglo a una correcta paz; los soldados, en efecto, permanecen en sus cuarteles y las fronteras no se ven turbadas por ninguna humareda de pólvora. Pero en cuanto intentamos hacer uso de la libertad de tránsito, de comercio y de comunicación ideológica o financiera, tropezamos con la limitación. Cada país da la exacta impresión de un campamento en pie de guerra, aislado y receloso, con los vigilantes centinelas en los parapetos.

“Las espadas deben trocarse en arados; el trabajo es el fruto de la paz”. Estas frases encuentran siempre éxito en un discurso. Pero la realidad trabaja por su lado sin preocuparse de retoricismos. Y la realidad nos dice que los arados de los labradores y los martillos de los obreros tienen, ellos también, que someterse a la Ley Marcial. Lo que producen los arados y los martillos está sujeto a la Ley Natural y eterna de la competencia y de la voluntad de invasión y de dominio. Los arados de Castilla serían vencidos por los arados argentinos si no se defendiesen, si no aceptasen la ley de guerra, e igualmente los martillos argentinos sucumbirían ante los de Norteamérica o Alemania. Por eso el Nacionalismo ha tomado formas tan dramáticas y trascendentes; y por eso la guerra actual, esta guerra que estamos ahora mismo sufriendo, es tan espantosa; porque ha movilizado y puesto a combatir las Economías de las naciones.

Y únicamente los espíritus ligeros pueden apreciar este fenómeno como si hubiera surgido del capricho de unos cuantos hombres o de la veleidad de una Nación determinada. La guerra de las Economías es un hecho fatal y profundo que surge del fondo mismo de nuestra época; es una fase de nuestra civilización, nueva e imprevista, que ha sorprendido a todos y ha provocado movimientos de pánico primero y después decisiones defensivas que llegan hasta la brutalidad y la fiereza. Sólo naciones, que viven en la región de las nubes pueden creer que la Economía carece de valor vital y que el Nacionalismo y el Patriotismo son viejas ideas que han sido ya superadas.

No sólo no han sido superadas, sino que alcanzan hoy su máxima intensidad y su mayor predominio. De tal manera, que ante el desarrollo del Nacionalismo y de las pugnas económicas todas las demás ideas parecen haber quedado postergadas o en suspenso. La actividad filosófica se retrae a los círculos meramente profesionales, y los hallamos muy distantes de aquellos tiempos en que Bergson atraía a su cátedra de París lo más selecto del mundo femenino y la flor de la sociedad ilustrada. Ni la literatura y el arte se salvan de esta fuga de la atención pública. Los libros puramente literarios se abren paso con dificultad, y los pintores en París se mueren de hambre. Ni el deporte encuentra la atmósfera de exaltación que ha disfrutado en los últimos años. No hay más que Economía y Política. Los periódicos y los libros están atestados de Nacionalismo, Fascismo, Comunismo. Y los Pueblos no tienen tiempo ni vocación para pensar en otra cosa que en sus luchas desesperadas por la existencia.

¿Y si no existieran las naciones?... Este es el último grito que profieren las mentalidades soñadoras en su patético anhelo de solución. Pero esto equivale a patinar y hacer piruetas sobre la pista del absurdo. Nosotros no podemos concebir una sociedad sino formando grupos que presentarán siempre la condición de naciones. Los climas, los productos, las razas humanas del mundo estarán siempre diferenciadas por la Naturaleza. Por tanto, una Nación es un ser que en medio de la vida se halla forzado a cumplir todas las funciones de crecimiento, de conservación y de dominio que la biología impone a todos los seres. Su contacto con las otras naciones produce inevitablemente un choque, porque cada organismo necesita defenderse y porque, además, la Ley de la Vida impulsa al ser a beneficiarse de la sumisión o la derrota de los otros. Cuando Inglaterra, en la Era Victoriana, construye la admirable arquitectura de su prosperidad industrial y el tono magnífico de su vivir aristocrático, todo eso lo consigue a expensas de la humillación de las colonias y de la servidumbre económica del mundo entero. Pero si se nos quiere argüir con el fenómeno Sovietista de Rusia, la cuestión queda en el mismo punto que antes. Porque el Comunismo ruso, después de proclamarse antipatriota, antinacionalista y antiguerrero, ha producido una Nación fuertemente militarizada que vibra con una gran exaltación nacionalista y sueña con subyugar al mundo e imponer a todos los pueblos el espíritu y el sello moscovitas.

Necesario es defenderse, ya que los tiempos son de tan evidente y dura marcialidad. Pero esto no quiere decir que nos vamos a abstener de poner todos los medios para pacificar las almas. Estamos obligados todos a trabajar por la concordia de las naciones, y hoy la discordia peor no es la de las bayonetas, sino la del dinero. La Finanza monta hoy sobre el Cuartel, y las mentes de los hombres civiles se hallan pobladas de ideas de combate. ¿Cómo se conseguirá pacificar, humanizar al mundo? He ahí algo difícil de responder. Sólo queda la esperanza de que la cultura pueda amortiguar los efectos de esa fatalidad combatiente.


José María Salaverría; 16 de Mayo de 1933.






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