domingo, 20 de marzo de 2016

SIMPATÍA DEMÓCRATA: "Los Estados Unidos tienen la suerte de tener un Presidente que no sólo impone respeto, sino que inspira afecto. La prudencia recomienda, pues, un acuerdo sincero, un acuerdo razonado entre las tres grandes Democracias: la norteamericana, la inglesa y la francesa."

Édouard Herriot y Franklin Roosevelt


LAS TRES DEMOCRACIAS

"El artículo que se reproduce a continuación es producto de la opinión pública que se tenía a la llegada reciente del Nacional-Socialismo al poder en Alemania, aunado a la incertidumbre y desconfianza internacional que reinaba posterior a la Primera Guerra Mundial. Para esta fecha el Proyecto Social NS aún era desconocido para todos". 

De regreso en mi amado país de Francia, mi pensamiento se dirige lleno de gratitud a esos ciudadanos de los Estados Unidos que me han brindado tan magnífica acogida, desde su Presidente, cuya personalidad es tan notable, hasta esas bondadosas gentes que, en el muelle de Nueva York, me enviaban su cordial despedida.

Y una vez más me digo cuan lamentable es que dos pueblos tan bien hechos para comprenderse como el norteamericano y el francés, se hallen separados por tan enormes distancias y por la diferencia de idioma.

Como ya lo declaré en mi último discurso pronunciado en suelo norteamericano, no creo por mi parte en lo que se llama con palabra estúpida: la “propaganda”. Han pasado los tiempos en que una nación podía enviar a otra, ideas completamente confeccionadas; esta manera de proceder es inadmisible, sobre todo cuando uno se dirige a un pueblo libre. Lo que sí es legítimo, y aun necesario, es una buena información, debidamente organizada, de una y otra parte. Yo quisiera que el Pueblo de los Estados Unidos supiera exactamente lo que piensa y hace el Pueblo de Francia, el que trabaja en las fábricas, en las oficinas, en los campos. Quisiera que no sólo conociese nuestra esplendorosa capital, sino también nuestras modestas provincias, donde se lleva una vida tan tranquila. Quisiera que se procurase el intercambio de juventudes, pues en medio de la situación trastornada por que atraviesa el mundo, estoy convencido de que es necesario el acuerdo de las grandes Democracias para defender la paz y la libertad.

He oído a algunos norteamericanos expresarse así: “Europa no nos interesa. Es una dama demasiado vieja y demasiado mala”. Desgraciadamente para el mundo, no es Europa el único suelo donde se pueden engendrar tormentas. El Extremo Oriente, por ejemplo, no es menos temible. ¿Quién sabe lo que puede pasar en las costas del Pacifico en el período en que estamos entrando? ¿Conservará ese océano siquiera su nombre de Pacífico? Circunstancias hemos visto en que los Estados Unidos han juzgado prudente intervenir en nuestros trabajos de Ginebra. Creo que han hecho perfectamente. No puede asegurarse el orden internacional, la paz internacional, si no es por medio de una inteligencia entre naciones. Y el Partido Demócrata Francés, que tengo el honor de dirigir, hostil a toda forma de Imperialismo, prestará siempre su concurso a toda acción encaminada a proteger, por medio de precauciones mutuas, la paz de los pueblos y su independencia.

Los Estados Unidos tienen la suerte de tener un Presidente que no sólo impone respeto, sino que inspira afecto. Trabajando con él en su gran despacho de la Casa Blanca, recordaba estos versos, por decirlo así proféticos, de Alan Seeger:

“…Por mi parte sé muy bien, que arrostraría el fuego, los tiros, las granadas, y afrontaría nuevos peligros, y haría mi yacija en medio de nuevas privaciones si nos dirige Roosevelt”.

No tengo derecho a inmiscuirme en la política interior de los Estados Unidos; he encontrado en todos los Partidos, en el Gobierno, en la Cámara, en la Prensa, hombres en diversos aspectos notables. Mas permítaseme expresar la impresión profunda que experimenté, yo tan acostumbrado a las negociaciones diplomáticas, al conversar con el Jefe responsable de la Política de los Estados Unidos.

Son, en efecto, necesarios en los tiempos presentes hombres de espíritu abierto e ideas amplias para conducir a los pueblos que sufren. Soy, por mi parte, convencido pacifista. Creo haber dado prueba de ello, ya al firmar, en 1924, el acuerdo de Londres, en el que colaboré con mi amigo Mac Donald; ya preparando en el año 1932 los acuerdos de Lausana. Por desgracia no se han cumplido todas las esperanzas que habíamos concebido. Al evacuar la ribera izquierda del Rhin, antes de la fecha fijada en los tratados, supusimos que Alemania nos lo reconocería. Nada de eso. Cuando en Lausana renunciamos a la mayor parte de las reparaciones, creímos de buena fe que habían preparado la reconciliación del mundo. No ha sido así. Yo he trabajado de buena fe en ese acercamiento de Francia y Alemania, que me parecía sumamente deseable. ¡Qué dicha para Europa y para el mundo que el país de Goethe se hubiera podido entender definitivamente con la patria de Voltaire! Las “Memorias” de Stresemann me desengañaron.

Hoy el espíritu de la violencia se exacerba otra vez junto a nuestras fronteras. Estamos viendo llegar a París desgraciados judíos privados de sus cargos, despojados de todo recurso. Y esta Francia que con tanta frecuencia es calumniada, se une en un acuerdo fraternal de todas las religiones, de todos los criterios, para dar acogida a esos ex enemigos desventurados. El peligro existente es mayor de lo que indican las apariencias. No hay ya Socialdemocracia alemana. El Partido Católico Alemán ha abdicado. La República alemana ha muerto. Surge una ética nueva, y en ese retorno al espíritu de raza, vemos reformar los postulados esenciales del Pangermanismo ya descritos, antes de la guerra por un escritor como Houston Steward Chamberlain. Alemania en masa retorna a la vieja tradición prusiana que tantas desdichas nos ha acarreado.

Y este es el momento escogido para pedir a Francia que sacrifique su ejército. Con ello se plantea un gravísimo problema. ¿Creen nuestros amigos ingleses que si Alemania obtiene la igualdad de derechos y la revisión del Tratado de Versalles, limitará sus ambiciones a estos resultados? Están seguros, amigos de Inglaterra, amigos de Norteamérica, después de haber rearmado en tierra, querrá rearmarse en el mar. No ha olvidado las enseñanzas de Guillermo II. ¿Qué valdrían entonces, me pregunto, el Estatuto Naval de Washington ni el Tratado de Londres, que suponen la aplicación del Tratado de Versalles? Será el recomenzar la carrera de los armamentos por mar lo mismo que en tierra. ¿Se ha reflexionado acerca de este porvenir, mucho más próximo acaso de lo que imaginamos? El problema de la igualdad de derechos debe observarse con un catalejo marino.

La prudencia recomienda, pues, un acuerdo sincero, un acuerdo razonado entre las tres grandes Democracias: la norteamericana, la inglesa y la francesa. Hay que acabar con las falsas ideas que puedan existir entre los Estados Unidos y Francia. Yo me entregaré a ello con todas mis fuerzas. El Presidente Roosevelt está por el destino admirablemente calificado para preparar una obra así. Esto es lo que ha prestado tan grande interés a las conversaciones que él ha promovido en Washington. No hay que exagerar ni mermar los resultados ya obtenidos. Hemos podido fijar la fecha de inauguración de la Conferencia Mundial. Mi deseo sería que la Gran Bretaña, los Estados Unidos y Francia se presentasen en perfecto acuerdo para dar un alto ejemplo. Los gobiernos debieran dedicar a la preparación de este acuerdo las pocas semanas que faltan para el gran acontecimiento. Por lo que a mí se refiere, he hecho cuanto he podido por facilitar esta cooperación. He informado al Gobierno francés con indicaciones lo más concretas posible acerca de los distintos temas que fueron objeto de mis entrevistas con el Presidente Roosevelt, a saber: tregua aduanera, problema de las deudas intergubernamentales, seguridad y desarme. Conviene dejarle ahora que en este tiempo estudie estos asuntos y tome decisiones. Yo haré cuanto esté en la medida de mis fuerzas por llegar a un acercamiento. Las manifestaciones de que he sido objeto a mi llegada, me demuestran que esta es la voluntad del Pueblo francés; creo poder decir que también es éste el deseo del Pueblo norteamericano.

Yo les saludo, pues y les doy las gracias, ilustre nación que me has acogido de manera tan fraternal. Yo sé que también ustedes sufren, que tienen numerosos desocupados. Ojalá hubiera podido permanecer mucho tiempo entre ustedes para contribuir con mi trabajo, aunque fuera sólo dando algunas conferencias, al alivio de algunas familias, de algunos niños. Pero estoy seguro de que saldrán vencedores de esta crisis pasajera, pues he comprobado su intacta energía. Un pueblo no está amenazado más que cuando se abandona; ustedes no están en este caso. He comprendido entre ustedes lo que son los deberes del Jefe. He visitado con unción la modesta casa de Washington y he comprendido que la verdadera gloria consiste en servir al bienestar de los demás.

En su cementerio nacional de Arlington he visto las tumbas de la “secesión”, próximas a aquellas donde descansan los héroes de 1917 y de 1918. He meditado sobre el juramento de Lincoln. No olvidamos nunca, nos dice, a aquellos que se sacrificaron, a fin de mantener el gobierno por el Pueblo y “para” el Pueblo. Estas firmes palabras me han parecido más cargadas de sentido que nunca en la hora en que la pasión y la violencia recobran su encono entre los hombres. Suele decirse que son un pueblo realista que únicamente se preocupa por los intereses materiales. Así se ha dicho, y escrito incluso en mi país. Nada más lejos de la verdad. Me he percatado de que conservan las cualidades que han creado su historia: el amor a la razón, a la libertad y a la justicia. Consagrado a las mismas ideas, yo seré siempre su amigo leal.


Édouard Herriot; 14 de mayo de 1933.






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