domingo, 1 de mayo de 2016

AUTOINTOXICACION OCCIDENTAL: "¿De qué les servirán todos los bienes de este mundo, si pierden el alma? ¿De qué les servirán todos los adelantos, si al final los emplean en romperse la crisma mutuamente?"



EUROPA INTOXICADA

El artículo que se reproduce a continuación es producto de la opinión pública que se tenía a la llegada reciente del Nacional-Socialismo al poder en Alemania, aunado a la incertidumbre y desconfianza internacional que reinaba posterior a la Primera Guerra Mundial. Para esta fecha el Proyecto Social NS aún era desconocido para todos. 

Recuerdo que el máximo estupor de mi vida de estudiante lo experimenté al leer por vez primera lo que ocurrió en España en 1823. En aquel año se produjo la última reacción absolutista, de Fernando VII, que fue también la más violenta. Se crearon comisiones militares ejecutivas y permanentes para juzgar con rapidez sumaria a los Constitucionales. Se persiguió a todo el que poseyese un libro impreso en España durante el período Liberal, o simplemente un libro extranjero. Y entonces la Universidad de Cervera, el único centro de estudios superiores que había en Cataluña, dirigió al Gobierno aquella inverosímil, aquella famosa e inolvidable instancia (publicada en la Gaceta de 3 de mayo de 1823) pidiendo textualmente que “se aleje de nosotros, la peligrosa novedad de discurrir”. En el mundo han ocurrido realmente, cosas mucho más fantásticas que los cuentos de "Las Mil y una noches".

Y ocurren todavía, pues acabo de ver unas fotografías del auto de fe que, hace muy pocas noches, se efectuó en Berlín, para quemar en la plaza pública un montón de libros acusados de Heterodoxia Patriótica. No fue cosa de broma, no. Fue un acto solemne, oficial, con estandartes, antorchas y asistencia de altas autoridades. Y oficiaron de verdugos los estudiantes, es decir, los servidores y aprendices de la más alta y libre espiritualidad.

Ante esas fotografías, pruebas elocuentes, uno tiene que restregarse los ojos, una y otra vez, y murmurar: ¿Es posible?... ¿Es posible que hombres modernos crean que se puede quemar el espíritu? Pues si las ideas de un libro no valen nada, ¿por qué darles importancia? Ya se pudren solas. Pero, si son vivaces, el intentar volatizarlas con el fuego es tan ridículo como querer reducir a cenizas el ave fénix.

Buena lección, lección inesperada, para tantos detractores de España, y aun para no pocos españoles que se educaron en el extranjero, tal vez en Marburg, en Goettinguen o en el propio Berlín. “Claro - decían unos y otros cuando se creía que esas cosas sólo se daban en España -, ¿qué puede esperarse de un país secularmente miserable, ignaro, lleno de superstición y embrutecido por los frailes?”. Mas, por lo visto, los autos de fe y la expulsión de los judíos, que parecían características inconfundibles, exclusivas, de la España negra, de la España católica, trágica y oscurantista de los siglos XV y XVI - pintada con tanta insistencia por los modernos historiadores anglosajones -, son extrañamente compatibles con el libre examen religioso, con el Protestantismo, los laboratorios gigantescos, la industria vertical y racionalizada, la técnica formidable y la más alta cultura del siglo XX.

Entonces, ni el tiempo ni el país hacen la cosa...

El Vicecanciller del Reich, Franz von Papen, ha pronunciado últimamente un resonante discurso. Al oírlo se conmovieron Europa y América. Todos los periódicos del mundo han reproducido aquella frase en que el Vicecanciller alemán afirmaba que su país ha borrado del vocabulario nacional la palabra “Pacifismo”.

Y no es esto lo grave. Esto, bien examinado, podría tener varias interpretaciones casi inofensivas. Lo formidable (y no exagero en lo más mínimo) es, a mi parecer, otra frase de von Papen, que ha pasado desapercibida y que yo saco con pinzas del texto en que está agazapada, como si fuese una alimaña. Al comparar el Espíritu Moderno con el Espíritu Medieval, el Vicecanciller alemán dejó entrever claramente que toda su simpatía se iba hacia éste, porque “no exageraba en modo alguno el valor de la existencia individual ni le daba desmesurada importancia”.

¡Santo Dios! ¿Y para eso decimos que ha progresado el mundo? ¿Para eso murieron horriblemente, aun no hace quince años, tantos millones de europeos? ¿Para eso se les prometía, al mandarlos a las líneas de fuego, que aquella espantosa y asquerosa matanza sería la última de las guerras? ¡Para llegar, en menos de tres lustros, a la convicción de que la vida humana no tiene al fin y al cabo, demasiada importancia, ni hay que exagerar su valor; de suerte que, si se presenta la ocasión de volver a sacrificar veinte, treinta, cincuenta millones más de victimas -combatientes, ancianos, mujeres y niños- no hemos de vacilar en hacerlo, pues así lo entendían durante la Edad Media.

Perplejidad de perplejidades: si esto se puede sostener, con evidente éxito, en uno de los países más civilizados del mundo, al salir apenas de una guerra catastrófica como no ha habido otra jamás, ¿qué valen la Historia y la experiencia?

Los Jesuitas solían decirnos, en el colegio donde pasé mi niñez: "¿De qué les servirán todos los bienes de este mundo, si pierden el alma?"... Y debo confesar que les hacíamos muy poco caso.

Los pacifistas de Ginebra, puritanos internacionales, les dicen a los pueblos: "¿De qué les servirán todos los adelantos, si al final los emplean en romperse la crisma mutuamente?"... Y el mundo: como quien oye llover.

¡Ah, qué amargo es constatar que ni los niños, ni los pueblos creen nunca a sus educadores!

El pasado verano, en una cumbre del Pirineo, me encontré al azar con un oficial del ejército francés. Me dijo, aterrado y profundamente convencido: “Vamos derecho a la guerra”.

Hace quince días, en Madrid, un ilustre profesor austríaco estaba departiendo con otro sabio, éste alemán. Me acerqué a saludarles. Hablamos cuatro palabras. A la segunda, saltó ya el fatídico pronóstico: “La guerra es inevitable”. Y un eminente matemático italiano que entró en aquel momento, no hizo más que mover la cabeza de arriba abajo, varias veces, con la misma certidumbre que si le hubiesen preguntado si dos y dos son cuatro, y murmuró: ¡Naturale!

Una familia amiga mía tiene a una hija en Alemania, pensionada por el Gobierno español. Esa muchacha, que es catalana, iba el otro día en el “metro” de Berlín, charlando con una amiga y coterránea, estudiante también. Hablaban en su lengua nativa, en catalán, y estaban comentando los Juegos Florales de Barcelona. El vagón iba atestado de pasajeros. De pronto, uno de ellos se dirigió bruscamente a las dos muchachas, apostrofándolas con dureza porqué hablaban en lengua extranjera. “Ya estoy harto - les dijo, entre otras cosas -, de oír en mi propio país idiomas que no entiendo”. Las dos estudiantes se quedaron asombradas, primero, y luego intentaron replicar. Pero el hombre se enfureció de tal modo y los circunstantes dieron tales muestras inequívocas de aprobar su conducta, que las dos muchachas no vieron mejor camino, para salir del paso, que guardar silencio y apearse en la primera estación. La familia, que acaba de recibir carta de la hija, me ha referido el caso.

Este episodio auténtico hay que tomarlo en su justo valor. No debe, en manera alguna, interpretarse torcida o exageradamente. Ni un gran país, como Alemania, puede juzgarse por un vulgar episodio en el “metro”, ni mucho menos debe creerse que el irritable viajero o sus compatriotas del vagón quisiesen ofender en lo más mínimo a Cataluña ni a España. Seguramente a estas horas no saben todavía qué demonios de lengua era la que hablaban aquellas dos estudiantes extranjeras.

Sin embargo, el caso comporta varias reflexiones. Y la más oportuna, a mi juicio, es ésta: con la discordia europea que se está fraguando, los neutrales e inocentes corren inminente riesgo de verse envueltos en el conflicto, sin querer ni soñarlo. De estallar una nueva guerra, la táctica del avestruz, o si se quiere del espectador de toros, que tan excelentes resultados dio a España de 1914 a 1918, tal vez resultaría ahora insostenible. Querrán meternos, de grado o por fuerza, en la contienda. Y quién sabe si no nos quedará - como al menos les quedó en Berlín a las muchachas catalanas - ni siquiera el recurso de apearnos.

Solemos decir de un hombre que es violento, insensato, desalmado, y muchas veces todos esos defectos morales son pura fisiología: denle comida mejor o más abundante, o normalícenle el funcionamiento del riñón o del hígado, y la insensatez, la violencia y los malos instintos desaparecerán como por ensalmo.

Europa ha sufrido tanto en los últimos veinte años, su organismo ha experimentado tales trastornos funcionales, que en la actualidad es víctima de eso que los médicos suelen llamar ahora una "autointoxicación". Son varios los países europeos - casi todos los que llamamos grandes potencias - cuyas entrañas, sometidas a un régimen de desgaste y asimilaciones absurdas, han acabado por elaborar complicados venenos. Hoy el Oriente, el Centro y el Sur de Europa sufren una profunda intoxicación, que en cada país toma caracteres distintos, se nacionaliza, por decirlo así, pero que en todas partes se distingue por esa exasperación trágica del egoísmo integral, del instinto de conservación, que se produce en los individuos y los pueblos cuando sobrevienen las crisis supremas. Todos quieren salvarse, aunque se hunda el mundo. Los enfermos graves desean lo mismo. Europa inspira, en sus tres cuartas partes, más lástima que irritación.

España - y la mayoría de españoles lo ignora - es en la actualidad, a pesar de todas nuestras pejigueras, uno de los poquísimos países europeos que todavía conservan una admirable salud espiritual y un cuerpo sano, robusto. Somos un poco como un niño inconsciente perdido en un rincón de un hospital de inválidos. Pero, como a los párvulos, nos falta darnos cuenta del gran bien que poseemos y, por lo tanto, corremos de continuo el riesgo de perderlo por imprevisión e inconsciencia. Beberíamos modificar ligeramente el Padrenuestro y rezar todas las mañanas, en este cabo todavía inmune de la vasta Europa intoxicada: “El juicio indispensable para cada día, dánosle hoy...”.


Gaziel; 19 de mayo de 1933.






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