domingo, 1 de mayo de 2016

LA GUERRA EN EL MAR: "En valor, habilidad y energía, los oficiales y marineros alemanes no eran inferiores a los ingleses. Los alemanes tenían una señalada ventaja: hacía largo tiempo que poseían un Estado Mayor perfectamente experimentado."

Batalla de Jutlandia


“LOS ACORAZADOS EN ACCIÓN”

La traducción al castellano del segundo tomo de la obra de Wilson, “Ironclads in action”, que acaba de editar el Servicio Histórico del Estado Mayor de la Armada, tiene el singular carácter de ser el único libro en español que compendia todas las operaciones de las distintas campañas marítimas que se desarrollaron durante la guerra mundial, abarcando desde la primera acción de índole naval, que fue la destrucción del buque minador alemán “Königin Luise” por una flotilla inglesa y la pérdida del crucero “Amphion”, uno de los buques atacantes, en la noche del 4 de agosto de 1914, hasta la rendición de la flota alemana impuesta por el Armisticio firmado el 11 de noviembre de 1918, y el epílogo del “suicidio”, en Scapa Flow, de la escuadra germana internada en dicha bahía de la Gran Bretaña.

Del primer tomo de la obra de H. W. Wilson ya nos ocupamos en agosto del año pasado, al publicarse su versión castellana, debida, como la del segundo, al Capitán de fragata don Enrique de Sola y Herrán, y ahora, como entonces, hemos de hacer resaltar el mérito de la traducción, hecha con escrupulosa fidelidad, en excelentes términos literarios y venciendo las enormes dificultades de colocar los inevitables tecnicismos que contiene el original inglés, al alcance de los lectores más profanos.

Quizás despista algo el título de “Los acorazados en acción”; para juzgar “a priori” la materia del libro. Aunque en él resplandece y resalta a cada momento lo trascendental del papel del buque de línea en la Guerra Naval, y lo capital del empleo de la artillería gruesa, patrimonio de los acorazados, en realidad el estudio de Wilson comprende sin excepción todas las facetas de la lucha marítima de 1914-1918, que difiere en un aspecto importante de todas las anteriores, porque en ella se luchó en un espacio de tres dimensiones, o sea en la superficie del mar, por debajo de ella y en el aire, empleándose por vez primera en gran escala tanto los submarinos como el arma aérea.

Respecto a los submarinos, aunque Italia y Grecia disponían de ellos cuando las guerras ítalo-turca y turco-balcánica de 1911 a 1913, ni a los italianos ni a los griegos se les presentó ocasión propicia para utilizarlos en el combate. En cuanto a la aviación, tan sólo se empleó en las citadas campañas para reconocimientos en tierra, con la única excepción del vuelto del hidroavión de Mutusis sobre los Dardanelos. Y es sabida la principalísima intervención de los submarinos en la Guerra Mundial, y el no desdeñable papel de los zeppelines y de los hidros, en frecuentes casos.

Tampoco había ocurrido jamás que todas las principales potencias navales del mundo se vieran enzarzadas en una misma guerra: Alemania y Austria-Hungría de un lado, contra la Gran Bretaña, Francia, Italia, Japón y los Estados Unidos, sin contar otras naciones de más inferior categoría en orden a sus armamentos navales. Y hasta los países neutrales sufrieron las duras consecuencias de la campaña en sus flotas mercantes, víctimas de la ofensiva de los submarinos imperiales y de la acomodaticia interpretación de las reglas clásicas del Derecho Internacional Marítimo, según las conveniencias de los beligerantes. Hubo instantes en la guerra, que tan héroes resultaban los pacíficos tripulantes de los barcos mercantes neutrales como las dotaciones militares de las escuadras en lucha. Y ésta es una enseñanza que no debiera olvidarse, fomentándose con la lectura, el estudio y la difusión de la abundante literatura bélica relativa a la Gran Guerra, de obras serias como la que nos sugiere estos comentarios.

No era tarea fácil la que se impuso Wilson al escribir su obra. La primera dificultad a vencer radicaba en la tarea de compilación de los hechos históricos, para que el libro no adquiriese las enormes proporciones de las Historias oficiales publicadas por los Almirantazgos, ni incurriera en un excesivo Casuismo.

Después había que depurar datos, comprobar cifras y fechas que aparecen dispares según la procedencia de las fuentes históricas consultadas. Coordinar, ya dentro del plan de exposición de hechos, las diferentes fases de la guerra, según los objetivos militares perseguidos y conforme a los teatros geográficos donde sucedieron a fin de presentar al lector la visión de conjunto de aquella pelea colosal.

Y últimamente, fundamentar la crítica, equilibrar y ponderar los juicios, misión sumamente dificultosa para el autor, que al fin y al cabo pertenece a una de las naciones beligerantes que se jugaba en la guerra algo más que el orgullo nacional, la satisfacción de un patriotismo Chauvinista o un acervo de intereses más o menos sagrados; la derrota de la Gran Bretaña hubiera significado el catastrófico hundimiento del Imperio, la negación de su propia existencia nacional. Y como la Guerra Mundial es cosa de ayer, cuya dilatada estela aun influye hoy poderosamente en la vida de los pueblos arrastrados por su vorágine, resulta casi imposible hablar de ella con la ecuanimidad que ello exige.

Fue la Batalla de Jutlandia el momento culminante de la guerra marítima. La única acción donde se enfrontaron los principales núcleos de las dos flotas rivales, inglesa y alemana, empeñándose una cruenta batalla, la más formidable que se ha conocido. Ambos combatientes se apuntan como éxito suyo el resultado del combate, sin que falte por completo la razón a unos y otros, según su punto de vista. Pero aún hay más: ocurre que los mismos críticos ingleses, al juzgar el desarrollo de la batalla, han emitido pareceres enteramente contradictorios, dividiéndose en dos grupos, los defensores de la actuación del Almirante en Jefe, Lord Jellicoe, y los de Lord Beatty, el Jefe de la famosa división de cruceros de combate. Y si en el juicio de un hecho concreto de la guerra, siquiera sea de la importancia de Jutlandia, se ofrecen planos tan diametralmente opuestos en la crítica, puede calcularse lo difícil de enjuiciar la Política Marítima de los beligerantes, la estrategia de los directores de la campaña y la táctica seguida en cada uno de los aspectos de ésta. Wilson se muestra defensor de Beatty.

Wilson resulta en su libro un crítico severo al juzgar a los dos bandos combatientes. No hay pormenor que escape a su censura. Desde su punto de vista inglés, no regatea las alabanzas al enemigo ni escatima ocasión para hacer notar los errores y defectos del mando británico. “En valor, habilidad y energía, los oficiales y marineros alemanes no eran inferiores a los ingleses. Los alemanes tenían una señalada ventaja: hacía largo tiempo que poseían un Estado Mayor perfectamente experimentado, mientras que el mismo organismo inglés, que apenas contaba año y medio de existencia, no había tenido tiempo de hacer sentir su presión ni de preparar los planes de combate con el cuidado necesario”“La táctica alemana era superior, y en algunos detalles de material, esta Marina estaba adelantada respecto a la inglesa.”

Estas observaciones y multitud de otras semejantes salpican las páginas de “Los acorazados en acción”, demostrando la imparcialidad del autor, que ha sabido sustraerse a las exaltaciones del fervor patriótico, que con bastante frecuencia nublan la labor del historiador y del crítico; y dan a toda la obra un matiz de serenidad juzgadora que constituye una de sus buenas cualidades, al lado del acierto con que ha sabido salvar las dificultades a que nos hemos referido.


Juan B. Robert; 19 de mayo de 1933.






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