lunes, 13 de junio de 2016

EL CAMPO (4): "Ahí aparecen los habitantes del agro en su simpática y espontánea simplicidad, con toda el alma curiosa y conmovida asomada a los ojos, y bellos porque ha ennoblecido e iluminado los espíritus la luz eternamente milagrosa del arte."

Erich Erler: "Blut und Boden" (GDK 1942)


IMAGEN RURAL

A veces las palabras se van por donde no quisiéramos y nos hacen decir lo que no sentimos. Seguramente que el Jefe del Gobierno, después de haber pronunciado en un discurso aquello de “los burgos podridos”, se quedaría perplejo y disgustado. Lo malo que tienen las palabras es que huyen, cobran vida independiente de nosotros y ya no se las puede anular. La frase ha corrido mucho y ha logrado éxito. Y por primera vez las pobres aldeas ofendidas han respondido con una viva protesta, con una alegación muy justificada, lo cual vendrá a probar que los burgos podridos no se encuentran tan podridos como las gentes de las grandes ciudades se figuran. Ya no puede repetirse el caso de las Hurdes, cuando hace algunos años fue “descubierta” por una comisión oficial nutrida de políticos y periodistas que se apresuraron a denigrar a los humildes hurdanos, a contar todas sus miserias, a desnudarlos en toda su pobreza intelectual y fisiológica... ¡Como si tuvieran ellos la culpa de que el destino les hubiera reservado un puesto tan penoso y triste en la vida!

Acabo de recibir la revista “Residencia”, editada por la Residencia de Estudiantes de Madrid. Toda la revista está empleada en reproducir fotografías de las gentes humildes que pueblan los burgos retirados. No, no son gentes podridas esas que aparecen en los fotograbados. Serán pobres, modestas, ingenuas, incultas; pero un aire de salud física y moral baña sus semblantes rústicos y da una expresión tan pintoresca como graciosa a sus sorprendidas actitudes. Han sido sorprendidas en el momento de una representación teatral. Las Misiones Pedagógicas han llevado por los pueblos copias de cuadros célebres y una compañía de actores voluntarios capaces de interpretar algunas buenas obras de nuestro teatro clásico. Y alguien de la expedición, con un acierto de lo más plausible, ha ido captando con su máquina fotográfica los gestos del público rural. Yo me atrevo a dudar de que los mismos cineastas rusos logren recoger mejor la expresión del documento humano en sus momentos de mayor espontaneidad psicológica. Son esas fotografías de la revista “Residencia” algo que merece el nombre de revelación, y al mismo tiempo son una promesa de lo que en el arte del “cine” podrá hacerse cuando intervengan directores y creadores adecuados.

Pero ¿qué expresan esos semblantes de hombres, de mujeres y de niños? No será la estupidez; no será la pobreza mental lindante con la animalidad, como el vulgo de las grandes ciudades supone que ha de ser la nota de la ruda humanidad campesina. Esas fotografías han sido tomadas en los pueblos más apartados de Ávila, Segovia, León; pueblos de pobre agricultura y limitados recursos; pueblos donde el vivir no es una fiesta amena, sino una lucha cotidiana y heroica contra la necesidad. La civilización les envía las últimas migajas. Seguramente no están muy enterados de las calidades del talento de algunos ministros, ni se enteran tampoco de muchos admirables discursos que suelen pronunciarse en las Cortes. Pero véanles: la máquina fotográfica los ha encontrado en un instante de reconcentrada expectación, y con las miradas enormemente atentas a lo que suceda en el escenario, no se preocupan de adoptar posturas o gestos estudiados. El alma entera les sale a los ojos... Almas que revelan la más esencial virtud del humanismo. Vivir para el trabajo y para el deber, en lucha constante dentro una naturaleza con frecuencia hostil y muy pocas veces pródiga; he ahí su obscura y sin embargo gloriosa misión, que saben cumplirla de un modo que acaso en las grandes ciudades los hombres que lo saben todo no son capaces de imitar.

Las generaciones se suceden; transcurren las modas filosóficas y los gustos artísticos; hay guerras y tumultos; cambios y novedades sorprendentes. Ellos, mientras tanto, siguen obedeciendo a unas pocas leyes fundamentales, aferrados a la tierra y sin variar apenas nada el ritmo de su vida. Siguen hablando poco más o menos como los contemporáneos de Santa Teresa y de Fray Luis de León. Les basta con ser la masa resistente y sumisa sobre la cual pueda sostenerse el edificio de la nación. Son el depósito en que se conservan las reservas de salud y de ingenuidad destinadas a nutrir las ciudades, puesto que las grandes ciudades se consumen a sí mismas y necesitan de la constante nutrición humana que les remite el agro. Sirven de compensación en esa eterna ley de la Naturaleza, la gran conservadora que se cuida de mantener el equilibrio de las fuerzas en continuo desgaste y en perpetua sustitución.

Ahora la sacudida de las grandes ciudades es muy intensa. El fragor epiléptico de la civilización ha alcanzado al propio agro, y las mismas aldeas se han hecho un poco epilépticas. Si antes el campo permanecía mudo, hoy habla muchas veces con voces airadas y siniestras. Les hemos enseñado a rebelarse, saben arrasar los cultivos, apoderarse de las fincas, matar a los guardias. Es un aspecto del despertar campesino que ofrece una presencia poco prometedora y desde luego fea. Más hermoso es el aspecto que brindan esas fotografías de la revista “Residencia”. Ahí aparecen los habitantes del agro en su simpática y espontánea simplicidad, con toda el alma curiosa y conmovida asomada a los ojos, y bellos porque ha ennoblecido e iluminado los espíritus la luz eternamente milagrosa del arte.


José María Salaverría; 23 de mayo de 1933.






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