lunes, 13 de junio de 2016

EL HOGAR: "Para que esta ley de amor subsista, es preciso que la vivienda sea digna de cariño. En el momento en que el hombre pierde el cariño por su casa, se habrá perdido una de las mayores fuerzas de la nación."



SANO HOGAR

En Inglaterra se ha acentuado en estos últimos tiempos la campaña destinada a conseguir lo que allí se ha llamado: el asalto de los “slums”. Esta palabra significa el conjunto de las viviendas y de los barrios enteros de las grandes ciudades, en los que las gentes viven arpiñadas, de tal modo, que ni la comodidad de los vecinos ni las esenciales reglas de la higiene, hallan en  tales zonas de las urbes inmensas, el respeto y el asentimiento debido. Quiere el Gobierno británico, y anhelan hombres muy eminentes de aquel país, dar un nuevo y formidable ataque a los barrios bajos, a los “slums” de las ciudades importantes, tanto teniendo presentes las exigencias de la higiene como los principios de equidad social, sin olvidar tampoco que en estos tiempos de falta de trabajo, la remoción de las indicadas viviendas en las que escasea el espacio disponible, y no sobran, ciertamente, el aire y la luz, habría de proporcionar tarea, durante largo tiempo, a todos los que en cualquier forma intervienen en las industrias de la edificación.

Es bien conocido el lema de los ciudadanos de la Gran Bretaña: “la casa de todo inglés es un castillo”; pero no sólo por la potencia espiritual de sus habitantes, cuya suma integra la potencia de la totalidad de la nación, sino también por una ley de amor, tradicional en aquel pueblo, que considera la vivienda, el “home”, como el núcleo fundamental de la existencia familiar. Y claro es que para que esta ley de amor subsista, es preciso que la vivienda sea digna de este cariño; pues si sus habitantes hallan en todas partes y en cualquier lugar de la ciudad comodidades y motivos de sensación agradable que no encuentran en la casa propia, al amor sucederá indudablemente el apartamiento, el desvío. Y estiman muchos hombres de primera clase de Inglaterra que en el momento en que el británico pierde el cariño por su casa, se habrá perdido una de las mayores fuerzas de la nación.

Este problema se ha planteado en nuestro país y en nuestra misma ciudad, pero sin que se haya llegado a considerar, al igual que en Inglaterra, como un asunto de dignidad nacional, ni de prestigio ciudadano. Y esto, a pesar de que lo que los ingleses consideran como una vivienda molesta e insana, es algo muy distinto de los ejemplos que nosotros podríamos enseñar a cada paso. Si en nuestro país se aplicara, en materia de viviendas, el mismo criterio que en Inglaterra, es probable que, examinando las habitaciones de las ciudades, de las aldeas y de los campos, acaso no llegaría a considerarse aceptable una de cada ciento de las habitaciones inspeccionadas.

Después de haberse tratado del asalto de los “slums” en la Prensa, en repetidas conferencias y en el Parlamento de Londres, el Ministro de Higiene de la Gran Bretaña ha dado por terminado el período de examen y planteamiento del problema para lanzarse a la resolución del mismo. Por medio de una circular, que lleva la fecha de 7 de abril, conmina a los municipios de la nación para que utilizando los recursos que les conceden las leyes y las subvenciones fijadas en los presupuestos del Estado, procedan lo más rápidamente posible a la transformación de los barrios insalubres y de las edificaciones condenadas por la higiene, de modo que esa tarea quede terminada en el plazo de cinco años.

La Prensa inglesa, comentando esta circular del Ministro que tiene a su cargo cuanto se halla relacionado con la salud pública, hace notar que la fuerza de un papel no será bastante para llevar a cabo reforma tan importante si no está auxiliada por la presión de la opinión pública, que ha de ver en tan importante labor un poderoso medio de contrarrestar los efectos de la crisis económica y consiguiente falta de trabajo. Esta presión de la opinión pública es realmente necesaria, pues son poderosas las resistencias que tienden a oponerse a la realización del importante proyecto de que se trata. Por rara coincidencia de intereses, los propietarios y los inquilinos suelen estar de acuerdo para resistirse a la aplicación de los reglamentos de la higiene y de las consecuencias que de su observancia se derivan. El propietario teme que en fin de cuentas, y aun teniendo a su favor las subvenciones legales, no sólo no obtenga ventaja material alguna, sino que le alcance un perjuicio más o menos importante. El inquilino, se rebela igualmente contra la reforma, que le obliga a cambiar de habitación para trasladarse a un barrio distinto, apartado quizá del lugar en el que tiene sus ocupaciones, y en el que viven otras familias ligadas a él por los lazos del afecto. Sobre todo, el caso se complica para quienes ocupan tiendas, sin duda modestas en la mayoría de las ocasiones, pero que tienen una clientela formada a fuerza de años entre los vecinos de la misma zona de la ciudad; clientela que puede darse por absolutamente perdida al cambiar radicalmente la situación de la tienda que la tenía conquistada.

Recomiendan, los ingleses que preconizan la lucha contra los “slums”, que no se conceda excesiva importancia al formulismo oficial, basado en el examen de un médico que está ya cansado de dar informes contrarios a la persistencia tenaz de determinados barrios y viviendas y que al fin observa que nada se ha cambiado a pesar del resultado de la información. Para que la opinión pública actúe como es debido, preconizan los partidarios de tan trascendental mejora urbana que sean las autoridades municipales las que, con cierto aparato, que nunca falta cuando obra la autoridad, procedan al examen de núcleos de habitación que desdicen del estado general de una ciudad, que se envanece de lo soberbio de sus grandes plazas y avenidas, de la belleza de sus monumentos y de sus parques públicos y no se da cuenta de que un número inmenso de familias viven en el seno de la gran urbe con pocas mayores comodidades que las que ofrecería una caverna; y que un ejército de niños (tres millones de niños, dicen los periódicos ingleses) se desarrolla en condiciones impropias para alcanzar el grado de salud a que tienen derecho los infantes de hoy, ciudadanos de mañana.

Para salvar el escollo, verdaderamente importante, del perjuicio que se deriva para muchos del cambio de domicilio, han propuesto algunos que se proceda a la creación de barrios de refugio en los cuales hallarían albergue transitorio las familias a las cuales de ninguna manera conviene trasladar definitivamente su vivienda o el paraje en donde se desarrolla su actividad a otras zonas de la urbe. Así, el cambio de domicilio tendría, para los que aceptaran esta solución, una duración limitada, no muy larga si las obras de transformación, debidamente preparadas y estudiadas, se llevaran a cabo con la rapidez que permiten los modernos procedimientos de edificación.

Sin duda, tales trabajos, en la gran escala que exige la transformación de barriadas enteras de una ciudad, requieren disponer de cantidades importantes. Éste, que parece un obstáculo insuperable, no resulta extremadamente difícil el salvarlo. Se trata de obras de mejora, de substitución de lo viejo e imperfecto por lo nuevo y conveniente, lo cual, en principio, no representa un quebranto económico. Además, si hay perjuicio para algunos, resulta en beneficio de otros; y esto se ha resuelto en varios problemas que afectan a muchos, por medio de cajas de compensación, justo procedimiento para que unos no se lucren con las pérdidas que, por el mismo asunto, han sufrido otros.

Quien quiera convencerse de la importancia y magnitud de la lucha contra las viviendas inadmisibles no tiene que romperse la cabeza con lecturas diversas ni escuchando tales o cuales opiniones; basta que se dé un paseo no muy largo recorriendo aquellas calles de la gran ciudad por las cuales no pasa nunca. Y después de recorrerlas y observarlas de cerca, es probable que quede convencido de que hay cosas que no pueden subsistir sin desdoro de quien persiste indefinidamente en conservarlas como corrientes y normales.


Mariano Rubió Y Bellvé; 21 de mayo de 1933.






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