viernes, 15 de julio de 2016

ADOLF HITLER 113 (color): "Me han dicho que Hitler es un orador extraordinario para arrebatar a las muchedumbres. Versalles es uno de esos documentos que se vienen llamando 'Tratados de Paz', cuando no son otra cosa que 'Imposiciones de Guerra'. Que Alemania, pisoteada, se esfuerce por reincorporarse, no tiene nada de extraño."


FALTA UN HOMBRE

La Asociación Alemana pro Sociedad de Naciones, con oficina en Ginebra, me ha remitido desde allí el texto íntegro del discurso pronunciado últimamente por el Canciller Adolf Hitler, en el Reichstag. Lo he leído con toda atención. Es un discurso que ocupa cuatro grandes páginas, a dos anchas columnas de letra apretada. No contiene frases brillantes, ni períodos retóricos, ni siquiera imágenes. Me han dicho que Hitler es un orador extraordinario, sobre todo para arrebatar a las muchedumbres. Pero en esta pieza capital no lo parece, al menos a la lectura. No obstante, a pesar de que la forma del discurso no ofrece nada de particular, su fondo me ha parecido excelente. Es uno de los más claros y mejores discursos que se hayan pronunciado, hace tiempo, desde tales alturas políticas internacionales. Y no lo digo por la cantidad y calidad de Espíritu Germánico, exclusivista, que pueda contener, sino todo lo contrario, por la cantidad y calidad de Espíritu Europeo, de espíritu de concordia, que realmente encierra. Esto es lo interesante.

En abril de 1932, cuando Hitler logró una de aquellas resonantes victorias electorales que iban acercándole poco a poco al Poder, mientras eran muchos los que se asustaban ante ese hecho, yo escribía aquí mismo:

“La amargura, la desesperación, la psicosis colectiva, resultante de la abominable situación en que se encuentra Alemania en virtud del Tratado de Versalles, ha tomado por fin un cuerpo y un nombre: Hitler. Y es una gran ventaja, a mi juicio, que el mal haya salido a plena luz. No comparto la alarma de los que consideran que el triunfo de Hitler va a acarrear inminentes catástrofes. Ha sido cosa excelente que el Nacional-Socialismo, arrancado a su vaguedad mística, haya subido por fin, al plano superior, concreto y lúcido de las actuaciones y responsabilidades gubernamentales. Que le den el gobierno, si así lo quiere una inmensa masa de alemanes. Lo que lleve de positivo, de adaptable a las realidades internas y externas, triunfará. Lo demás, las quimeras en pleno aire caerán como las hojas secas”.

Sigo pensando exactamente lo mismo. El discurso que ahora ha pronunciado Hitler, desde el gobierno, tan distinto de los que lanzaba desde la oposición, me confirma en mi creencia. Y la absoluta unanimidad con que los diversos grupos del Reichstag, incluso los Socialistas, lo han aclamado, no me sorprende en lo más mínimo.

El Canciller alemán ha dicho tres cosas capitales. 

Primera: que Alemania quiere la igualdad con las demás potencias. Es decir, que si las demás potencias se desarman, tal como se comprometieron solemnemente en el Tratado de Versalles, Alemania, ya desarmada por fuerza, continuará desarmando como el que más, ahora voluntariamente; pero que si las demás potencias se desdicen de lo acordado y se arman hasta los dientes, como lo están haciendo, entonces Alemania - que de ningún modo acepta el rango de nación paria, ni siquiera de nación de segunda o tercera clase - reclamará el derecho de imitar a las de primera. 

Segunda afirmación del Canciller: el Tratado de Versalles es absurdo, es inhumano, es insostenible, en su espíritu y su letra. Hay que revisarlo en justicia. Y Alemania, al presentar esta reclamación, no pide pura y simplemente que se rasgue el Tratado y se rompan con ello todas las ligaduras que atan a la nación germana, sino que de antemano acepta la sustitución de esas trabas odiosas y odiadas, como hijas del odio que son, por otras racionales, equitativas y libremente concertadas. 

Tercera afirmación de Hitler: la Sociedad de las Naciones no puede ni debe consistir en una especie de templo de consagración de los tratados impuestos y del ‘statu quo’ internacional determinado por ellos, de suerte que en el seno de esa comunidad de pueblos persista la división entre vencedores y vencidos. La gran institución de Ginebra, o no interesa a Alemania, o en ella Alemania ha de ser tanto como cualquier otro miembro y los intereses alemanes han de ser allí tan respetados como los primeros... Así habla Hitler. Y, puesta la mano en la frente o sobre el corazón ¿hay algún verdadero europeo, tan hombre que sienta de veras el espíritu de Ginebra, que pueda oponerse a esas palabras?

El Tratado de Versalles (lo he dicho ya muchas veces) fue, en efecto, la necedad y la abominación más grandes de nuestros tiempos. Es decir: entendámonos. La estupidez del Tratado de Versalles no está en su contenido. En esto viene a ser igual a cuantos tratados de su clase se han hecho en el mundo. Es, ni más ni menos, uno de esos documentos que, gracias a los eufemismos sarcásticos a que tan aficionadas eran tradicionalmente las Cancillerías, se vienen llamando 'Tratados de Paz', cuando no son otra cosa que 'Imposiciones de Guerra', pues en ellos ni se trata nada con el vencido, sino que se le dicta la sentencia, con toda brutalidad, ni se pacifica tampoco nada, antes se deja más rabioso que nunca, aunque de momento acogotado, el espíritu bélico, la sed de venganza. La insensatez del Tratado de Versalles no está, pues, en sí mismo. Está en la enorme candidez o la inconsciencia de haber empalmado su imposición con el nacimiento de la Sociedad de Naciones, y haber pretendido que ese descuartizamiento europeo, ese reparto colonial y esa servidumbre económica, de donde habían por fuerza de salir veinte guerras más, fuesen el ‘statu quo’ ideal, la inmovilidad definitiva, sagrada y tabú, de donde brotase, como una armonía inaudita, la ansiada paz paradisíaca.

A varias naciones de la Europa vencedora, y especialmente a Francia, les cuesta lo indecible ver eso, que es tan claro y sencillo. A Santiago, victoriosamente montado en su caballo blanco, también le debía ser difícil comprender la incomodidad radical del pobre moro derribado y vencido bajo los duros cascos del potro. Que Alemania, pisoteada, se esfuerce por reincorporarse, no tiene nada de extraño. Que Francia, favorecida con la ventaja lograda, vea con recelo ese levantamiento, también es humano. Ahora, lo absurdo comienza cuando Santiago, empeñado en eternizar ese momento, para él feliz, en que el sarraceno muerde el polvo y las patas del corcel le machacan el cuerpo abrumado, convoca a todo el mundo, llama a los fotógrafos internacionales, se dispone a entonar un ‘gloria in excelsis’, y dice con entusiasmo: “¡Ea, señores! Esto se ha acabado. Paz a los hombres de buena voluntad. De ahora en adelante, todos amigos, todos hermanos, todos felices... pero que nadie se mueva de su sitio”.

No. Esto es peor que cándido. Esto es inútil, y en Política nada hay tan nocivo como la inutilidad. La actitud de Alemania, la misma actitud de Italia, desde que terminó la espantosa Guerra Europea, no son más (en las nueve décimas partes de su aspecto internacional) que la imposibilidad ostensible, inevitable, lógica, de conformarse con el papel de moro en el nuevo retablo europeo. No hay, no habrá ni puede haber razón ninguna que convenza a Italia de que la parte que le correspondía en el reparte del botín era la parte de la Cenicienta. Tampoco habrá argumentos capaces de hacer que Alemania acepte como justas y definitivas las barbaridades del Tratado de Versalles y sus consecuencias. Mero bajo las patas del caballo de Santiago, se es un rato, por fuerza. Pero nada más. Y la tragedia esencial de Europa está en que, o bien Santiago se apea y consiente que se levante el caído, para seguir ambos, sin caballos ni armas, en un pie de real hermandad, o bien el caído, y el descontento, y cuantos ven como una abominación que Santiago cabalga cómodamente, armado de todas armas, por toda la redondez del planeta, mientras ellos sufren estrechez y miseria, no dejarán de hacer todo lo posible para salir de su incomodidad y derribar al odiado caballero a quien el mundo le parece intangible porque él lo domina desde su corcel.

En Francia hubo un grande hombre, un espíritu claro, a la vez noble y sutil, que comprendió todo esto: fue Arístides Briand. Pero murió, y no ha habido otro que esté, ni remotamente, a su altura. Europa está intoxicada. Y la causa máxima de esta intoxicación (algunos de cuyos efectos, principalmente en Alemania, considerábamos hace ocho días) es el Tratado de Versalles. Muerto Briand, cuyas manos habilísimas le iban deshaciendo, mientras con los mismos hilos anudaban y robustecían la trama espiritual de la Sociedad de Naciones, en su país no queda nadie que sepa continuar esa obra delicada y formidable. En Francia, que siempre fue tan pródiga y afortunada en grandes gobernantes y nunca careció del necesario en el instante oportuno, hoy hace falta un hombre. Los que tiene, algunos de ellos excelentes en muchos aspectos, van arrastrados por la opinión pública, no son dueños de ella. Y lo que falta en Francia es un hombre que domine a su país, aun contrariándole y sepa y pueda hablar con Hitler y con Mussolini, como Briand lo hizo con Stresemann.

Ya sé que ahora está de moda decir que Briand fue un incauto, una víctima de estas conversaciones. El miedo, la tontería y el interés inconfesable hacen decir muchas cosas. La grandeza y la lucidez de Briand ya se encargará el tiempo de ponerlas en claro. Porque, o hay que intentar la pacificación verdadera de los espíritus y de las naciones, y entonces los vencedores han de ceder terreno, poco a poco, a los vencidos (lo que equivale a devolverles el que les quitaron mediante la derrota), o dejémonos para siempre de Sociedades de Naciones, de espíritu de Ginebra, de unidad de Europa, de dignidad humana, y, resignados otra vez a la guerra, no nos extrañemos de que los vencidos caigan en la desesperación de apelar a la fuerza bruta para salir de su derrumbamiento.


Gaziel; 26 de mayo de 1933.






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