sábado, 2 de julio de 2016

LA MODA: "Hay que ir muy lejos, muy lejos, para explicarse algo de lo presente, que es función, hablando en términos matemáticos, del pasado."

Obra de Igor Morski que plasma la esclavitud por la Moda


ÁRIDA Y ESPINOSA MODA

La amiguita me ha cogido de la mano y me ha llevado a la galería que se cierra con amplias cristaleras en otoño e invierno y con persianas verdes el resto del año. Silloncitos y veladores de junco invitan a la tertulia.

Aunque el jardín de la casa es vasto y cuidado, la galería es el apartadijo predilecto de la mamá; allí están sus plantas favoritas, las más delicadas, las que conviene preservar del aire demasiado vivo, del sol excesivamente fuerte, de los relentes, escarchas y heladas. Es el asilo de las plantas cultas a quienes ofende y daña, como a los espíritus cultivados, la brutalidad de las violencias indomadas.

La niña ha escogido aquel paraje, el más protector, para cobijo de su colección de plantas burdas. Ha colgado de la pared un largo y estrecho anaquel. Encima ha alineado unas dos docenas de macetas minúsculas y en estos recipientes de barro pintados de esmalte azul por la misma nena, ha plantado sus menudos nopales, chumbos y demás plantas vasculares enanas, de hojas gruesas y blandas o coriáceas, interiormente jugosas, exteriormente con apariencias de terciopelos y gamuzas o de lacas, casi todas guarnecidas de espinas finísimas o de aguijones duros que contrastan con la finura de los tejidos y perigonios.

Ya lo saben: es la moda. Las jovencitas siguiendo desde la primera adolescencia los dictados anónimos de la moda, han escogido para poner el amoroso cuidado de sus atenciones instintivamente maternales, esas plantas espinosas, hirientes, rudas, que se crían en lugares secos, y entre la aridez de tierras escasas lucen los colores obscuros de sus tegumentos, reservando tras ellos carnosidades blancuzcas.

-No hay que regarlas-, me dice la niña.

En efecto; no hay que regarlas. Son plantas sobrias, propias de terrenos áridos y secos, de tierras pobres y arenosas. Medran al borde de caminos polvorientos, enharinadas de los remolinos que el viento y el tránsito fugaz de los automóviles levantan. Crecen y se desbordan en lo alto de macetones inaccesibles que coronan las columnas de las portaladas de quintas románticas perdidas en parajes desiertos. Orlan algunas tierras de cultivo entre ásperos setos de pitas y malezas enmarañadas... Son parias preteridos, sin más solicitud externa que el espaciado refrigerio de las lluvias. Sin embargo, de esas sequedades hostiles, de este abandono, de esas terrizas calcinadas, nutren sus jugosidades interiores, sus pulpas gruesas y suaves, sus membranas de verdes obscuros o desmayados. Y no obstante su fealdad de plantas hurañas y toscas, de masas apelmazadas o de largas hojas retorcidas y tentaculares, en su floración abren los hoscos estuches de sus capullos para mostrar las flores amarillas, moradas o rojas, de tonos cálidos y suavidades femeninas, tan tiernas y lozanas como puedan serlo las cortesanas rosas y los claveles gitanos.

Ahí están el marabú, el amaranto, la flor de un día, el nopal, que vienen a ser en la flora terrestre lo que las madréporas y corales en la submarina.

¿Por qué las jovencitas han puesto sus ojos y sus preferencias en esas plantas? ¿Por la monería de criarlas enanas en las macetas de juguete? ¿Porque en la aspereza de los cactus hay una secreta concordancia con las actuales durezas y escabrosidades de la vida? Las muchachas no saben a punto fijo el motivo de esta afición. “Es la moda”, dicen encogiéndose de hombros, para inhibirse de mayores preocupaciones y explicaciones. No parecen darse cuenta de la trascendencia que tienen, para el mundo de hoy y de mañana las inclinaciones frívolas y las acciones sin aparente causa.

“Es la moda”. Pero la moda, ¿qué es? No sólo en las mujeres, en sus atavíos y en sus diversiones, en lo que hacen y en lo que omiten, sino en los pensamientos de los intelectuales, en las directrices de los políticos, en los rumbos del arte y en las ambiciones populares, en todo el flujo y reflujo humano, no hay efecto sin causa ni casualidad sin causalidad. Todo tiene su razón de ser. Así como la educación de un hombre 'comienza en el nacimiento de su abuelo' y aun se puede ahondar más en la estirpe, en el orden de los fenómenos humanos y naturales hay que ir muy lejos, muy lejos, para explicarse algo de lo presente, que es función, hablando en términos matemáticos, del pasado.

Pues bien: el atavismo de los gustos, ¿no tendrá alguna relación con el retorno a los duros y erizados primitivismos de la especie?


L. Lafuente Vanrell; 24 de mayo de 1933.






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