viernes, 15 de julio de 2016

POLÍTICA Y RELIGIÓN (24): "¿Para qué sirven entonces los partidos, si aun las selecciones juntas de todos los partidos resultan muy inferiores a los problemas a resolver? ¿No se impone entonces que los grandes patriotas de todos los sectores de nuestra vida nacional, laicos y religiosos, se pongan de acuerdo para no acabar de hundir al país? Antes lo dijo el divino Maestro: 'Amen a sus enemigos'."



PATRIA: LAICOS Y RELIGIOSOS

¿Mi opinión sobre la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, que con fórceps acaba de ser extraída de la entraña enferma de las Constituyentes? Todo lo que me parece prudente decir lo dije ya hace un par de meses. Habré, pues, de limitarme a reproducirlo con ligeros retoques.

“Nadie más obligado que los religiosos a mirar serenamente el porvenir y  verlo únicamente ‘sub specie aeternitatis’. Depurada por las leyes de excepción, la enseñanza congregacionista vivirá más que el monopolio cultural del Estado. Con provecho notorio para la cultura y para la República, el monopolio, antipatriótico, cesará, si llega a implantarse el día que se alargarán las manos la Iglesia y la República.”

“Columbrando ese futuro, acaso no tan lejano como piensan muchos, me he recreado algunas veces en fantasear la fuerza que tendrá en España la República cuando habrá hecho las paces con el Cristianismo y la libertad. Me es infinitamente grato, en tales casos, despojándome en mera hipótesis de mi carácter sacerdotal y religioso, imaginar como puro patriota y demócrata lo inexpugnable que sería entre nosotros una República convertida, no ciertamente a ningún género de beaterías, sino a una libertad generosa e integral. Y por tanto, en paz con el Catolicismo eterno y moderno; es decir, sensible con la riqueza de sensibilidad religiosa que caracteriza el Catolicismo de otros grandes países, de los cuales tanto tiene que aprender el Catolicismo español.”

¿Sueños? Posiblemente. Pero no lo son que todas las persecuciones religiosas en diecinueve siglos de Cristianismo, han acabado así, capitulando los perseguidores y depuradas las víctimas. ¿Puede España constituir una excepción? La simple idea de imaginarlo tiene algo de grotesco. Más Fe y menos Política. Sobre todo más confianza en las divinas promesas: “La paz sea con ustedes”; “Yo soy, no teman”; “Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán”; “En el mundo serán angustiados; pero confíen, yo he vencido al mundo”.

A manera de colofón: Largos siglos de historia española nos hablan de la furia con que nos hemos dedicado “a tejer la mortaja de la Patria con las banderas de sus facciones y partidos”. ¿Por qué no ensayamos, al revés, el tejer la mortaja de las facciones, es decir, de todos los partidos en lucha enconada, con la bandera de la Patria? Hombres superiores de buena voluntad los hay en todos los sectores de la vida pública española. ¿Por qué un Patriotismo de ley, es decir, superior a Partidismos cualesquiera, no les dicta el ponerse de acuerdo en lo esencial para sacar a España del marasmo presente, y en una zona templada, provechosa a todos, aun a los partidos, librarse al unum necesarium del punto de vista terreno, que es la positiva reconstrucción del país?

¡Partidos! iFacciones! ¡Y sobre todo lucha enconada de partidos y clases! ¿Quieren nada, hoy por hoy, más descentrado y antipatriótico? La crisis pavorosa en que el mundo se asfixia, y que obedece a las más complejas causas, radica, sobre todo, en que los inventos modernos han reducido el mundo a una vecindad. Y el hombre, aun los hombres superiores, con aptitudes para regir una familia, una fábrica, una sociedad, una región o un país, no las tienen para regir el mundo entero. (Que todos los problemas de todos los pueblos tienden a ser problemas mundiales, es un hecho innegable.) ¿Para qué sirven entonces los partidos, si aun las selecciones juntas de todos los partidos resultan muy inferiores a los problemas a resolver? ¿No se impone entonces que los grandes patriotas de todos, absolutamente de todos los sectores de nuestra vida nacional, laicos y religiosos, se pongan de acuerdo para no acabar de hundir al país? ¿Para redimirlo y engrandecerlo en la medida que lo consientan los pavorosos problemas de hoy en todo el mundo?

Desde el rincón humilde de mi insignificancia, es lo que me atrevería a pedir a tirios y troyanos. Que pensasen más en el país y menos o nada en los respectivos partidos y facciones, rencores, agravios y venganzas. “Dando gracias por agravios, negocian los hombres sabios”. Se estampó muchos años en las columnas de este periódico. Pero antes lo dijo el divino Maestro: “Amen a sus enemigos”. Todos los maquiavelismos del mundo son pura candidez ante la intención y eficacia de este consejo. La invencibilidad del Cristianismo radica en él.


P. Miguel De Esplugas; 25 de mayo de 1933.






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