lunes, 22 de agosto de 2016

ADOLF HITLER 114 (color): "El mensaje de Roosevelt había influido en substancia poderosamente sobre Hitler, quien quiso hacer eco a los sentimientos y propósitos de aquél. Herr Hitler, dotado de notables aptitudes de estrategia política y de constructor, ha demostrado que sigue la mejor escuela del Estatismo Germano. Pregona el sobrio sentir de las gentes de recta voluntad de todo el mundo civilizado."



APACIGUAMIENTO DE LA TORMENTA EUROPEA

Los discursos de Mr. Franklin Roosevelt y de Herr Hitler han logrado juntamente ahuyentar las nubes de tormenta que se aglomeraban sobre el firmamento de Europa. Nunca se hizo una intervención tan en momento oportuno como el mensaje del Presidente Roosevelt. Vino a facilitar considerablemente la obra de moderación del Canciller alemán. La contención, después del necio discurso de Lord Hailsham, hubiera dado la sensación de un rendimiento. Pero contestar atemperadamente al llamamiento de Mr. Roosevelt era un gesto honroso que no suponía pérdida de dignidad para Alemania ni para sus Ministros.

Durante la semana que precedió a esos dos discursos, la Prensa estuvo apareciendo en una forma impresionante, llevada de una racha de titulares alarmistas y de artículos combativos. Las declaraciones de los gobiernos eran cautas y sus advertencias severas. Pero el Ministro de la Guerra británico, sin consultar con sus colegas, prorrumpió con notoria insensatez en la amenaza de aplicar “sanciones” a Alemania. El Vicecanciller alemán replicó con un discurso más insensato todavía, atropellando el pacifismo, recordando glorias guerreras y exaltando las delicias del morir en el campo de batalla, con una exhortación a la humanidad germana para que estén apercibidos a partir hacia nuevas matanzas, y estimulando a las madres a dar hijos para el sacrificio en los altares de Moloch. El Presidente del Consejo francés pidió un aumento de diez millones de libras esterlinas para armamentos, y el gobierno empezó a estudiar procedimientos para que su Ejército adquiriese mayor capacidad combativa. En medio de este tumulto ensordecedor causado por tales amenazas y desafíos, el ciudadano común de todos los países andaba intranquilo y desconcertado, sin saber a qué atribuir el impensado estrépito, y no acababa de comprender que sus gobernantes fuesen incapaces de hallar mejores medios para solventar sus problemas. Temían que una vez más pudieran verse marcados y agrupados para ir al matadero.

¿Cuál fue la causa de todo ese trastorno? Una injusticia prolongada y que se apoyaba en una evidente ruptura de promesa, que fue empujando gradualmente a la nación victimaria a la exasperación. Los hechos son bien conocidos y no pueden discutirse. Alemania fue desarmada enérgica y totalmente en virtud del Tratado de Versalles, como un paso inicial hacia el Desarme del Mundo, y las naciones que insistieron en arrancarle las armas y dejarla indefensa, se comprometieron a imponerse a sí mismas iguales limitaciones.

Pero después de todos estos años de intervención, sólo Inglaterra ha reducido sus armamentos. Los demás, por el contrario, los han aumentado. Y cuando al fin y al cabo se reunió la prometida Conferencia del Desarme, discutió meses y meses sin realizar labor positiva alguna, hasta convencer de sobras a Alemania de que por lo menos algunos de sus vecinos no tenían la menor intención de cumplir la palabra dada en Versalles de llevar a cabo el Desarme en una medida honrada.

¿Es de extrañar que Alemania, frenética de verse prendida así sin esperanza en una maraña de falsedad y cicatería, haya llegado a enloquecer un poco? Hasta ahora se había gobernado por estadistas conciliadores y moderados como Stresemann y Brüning. Pero luego derribó a este último y se entregó al grupo violento y fanático de los Nacional-Socialistas acaudillados por ese tribuno hipnotizador que se llama Hitler.

Los Nazis no son únicamente un Partido Político; constituyen además un ejército altamente organizado, compuesto de impacientes fanáticos, en su mayoría pertenecientes a las Juventudes Alemanas, y que cuentan con un gobierno que les respalda o transige con sus extralimitaciones. No bien subieron al poder pusieron en práctica de manera brutal y violenta todas sus despiadadas teorías de un Nacionalismo desbocado y de una política agresiva.

Sobre todo, su insensata campaña contra los judíos, entre los que figuran muchos de los más destacados y reconocidos internacionalmente, entre sus conciudadanos despertó alarma y hostilidad, no sólo entre los correligionarios de aquéllos, sino en la opinión pública de todos los Pueblos civilizados. No era una alarma infundada, pues si los Nazis obraban así con los suyos, ¿qué no harían en calidad de vecinos?

En los países lindantes con Alemania corrieron rumores y especies, de oído en oído, según los cuales Alemania había hecho pedidos de cañones y otras armas prohibidas, de que Alemania estaba fabricando gases tóxicos e incrementando sin autorización sus fuerzas militares. Se llegó a un momento culminante cuando los Nazis intervinieron en Polonia, provocando huelgas y perturbaciones que amenazaban con graves daños; y el discurso de von Papen vino a echar más leña al fuego.

Tan densas fueron las nubes guerreras, que en Francia se discutió abiertamente la posibilidad de ocupar a Renania, y se tomó seriamente en consideración la posible conveniencia de embarcarse en una “guerra preventiva” con Alemania, antes de que ésta tuviese tiempo de rearmarse de una manera efectiva. Polonia comenzó a concentrar hombres para una acción en Dantzig y en el corredor polaco. Incluso en el Parlamento británico se suscitó una nerviosa pregunta acerca del estado de nuestras fuerzas aéreas.

En dos días se operó un notable cambio de panorama. El martes, 16 de mayo, el Presidente Roosevelt lanzó su mensaje, y su nota serena de pacificación, cordura y sentido común cayó como una ducha fría sobre las ardorosas cabezas de Europa. Intimó apremiantemente a las naciones a que se apresurasen a realizar el Desarme en vez de hablar acaloradamente; a que se abstuvieran de pensar en el aumento de sus armamentos; a robustecer sus compromisos de no agredir, y a comprometerse a no enviar soldados a través de las fronteras. Era evidente que poniendo en práctica tal programa, el peligro inmediato de guerra quedaba eliminado, y se tendría tiempo para asentar los cimientos de una paz duradera. Si por una parte paraba en Alemania la amenaza de ampliar sus armamentos, al mismo tiempo refrenaba en Francia la loca palabrería acerca de la conveniencia de emprender una “guerra preventiva”. Luego, un programa genuino de Desarme progresivo que culminase en la abolición de los medios ofensivos de guerra y de una igualdad fundamental de fuerzas defensivas, era capaz de alejar muy alentadoramente la posibilidad de una guerra en gran escala.

Al día siguiente el Canciller alemán Hitler pronunciaba sus declaraciones sobre la Política alemana, tan ansiosamente esperadas. Para dicha del mundo y casi con asombro del mismo, fue premeditadamente moderado y razonable. Era claro que el mensaje del Presidente Roosevelt había influido en substancia poderosamente sobre Hitler, quien quiso hacer eco a los sentimientos y propósitos de aquél. Herr Hitler por vez primera dirigía la palabra al mundo, no como el demagogo Nazi, sino como Estadista que respondía de Alemania. El discurso fue calificado en Berlín de “obra maestra de diplomacia”. Me inclino a creerlo así. Era hacía tiempo obvio para toda persona reflexiva que el hombre capaz de levantar un Partido contra toda oposición, llegando a formar el cuerpo más extenso y poderoso de un vasto Estado democrático, debía de ser algo más que un inconsciente “globo de aire”, que es como sus detractores le motejaban, y que debía de estar dotado de notables aptitudes de estrategia política y de constructor. Su contención ante las repetidas repudias de Hindenburg demostraban que poseía reservas de muda fortaleza. Su discurso ha confirmado esta deducción y ha demostrado que sigue la mejor escuela del Estatismo Germano de la postguerra, por lo que hace a los asuntos internacionales.

El caso que él presenta - lo mismo que hicieron en su día Stresemann y Brüning con apremio - es de una justicia que no admite réplica. Al ser desarmada Alemania por la fuerza, su equipo militar quedó totalmente destruido. Y cuando ahora las demás naciones proyectan el correspondiente Desarme, será vano que cuenten sólo el número de soldados instruidos, como no se avengan a hacer un sacrificio equivalente al de Alemania en cuanto a las armas y municiones. La Guerra Moderna es cuestión de estar, o no, equipados. Pueden reducirse los ejércitos numéricamente, pero si uno de ellos consta de 200 mil hombres desprovistos de artillería pesada, tanques y aviones de bombardeo, y sólo se le deja un limitado número de ametralladoras, en tanto que a su rival se le permite apoyar a sus hombres con un equipo consistente en una masa enorme de grandes cañones, tanques y aeroplanos, con ametralladoras sin tasa, semejante forma de desarme sería una farsa y un fraude. Tal es el caso alemán. Alemania no tiene cañones pesados, pero Francia tiene muchos miles y Polonia cerca de mil, sin contar con los cientos de Checoslovaquia. Alemania no tiene fuerza aérea militar, y únicamente un corto número de ametralladoras. Si se suprime la Guerra de Agresión, estas ametralladoras deben desaparecer. De lo contrario, Alemania tiene derecho a pedir el número que le corresponden, a fin de poderse defender de esos vecinos tan gravemente armados, si en un momento dado intentasen contra ella alguna acción ofensiva, como la “Guerra Preventiva” de que en Francia se ha hablado ligeramente días pasados.

Las declaraciones de Hitler pregonan, no ya el criterio de un restringido y alborotador grupo de Nazis, sino de la amplia masa de la opinión cuerda de Alemania. Y no sólo esto: interpreta el sobrio sentir de las gentes de recta voluntad de todo el mundo civilizado. El Desarme Unilateral no nos curaría de la guerra. Muy al contrario, ello origina, por una parte, sentimientos de humillación y odio, y por otra, una confianza arrogante, que es lo que ha provocado las pasadas semanas temores de guerra en Europa. Algunos han interpretado estos sustos como advertencias contra los peligros de una Alemania rearmada. Demostrarían ser más avisados si leyeran en esos signos la subrayada necesidad de proceder a un pronto y genuino Desarme en los demás países.


David Lloyd George; 28 de mayo de 1933.






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