lunes, 29 de agosto de 2016

CRISIS ECONÓMICA (10): "El otro día me enteré de que la totalidad del oro que existe en el mundo es de unos once mil millones de dólares. Me pareció una cifra muy modesta. Calculando la enorme cantidad de gastos a que se entregan las grandes y pequeñas naciones. Todas las dificultades que abruman hoy al mundo nacen de aquella locura; de haberse comprometido a gastos que no estaban en relación con las reservas metálicas que las naciones poseían."



EL ORO

El otro día me enteré de que la totalidad del oro que existe en el mundo es de unos once mil millones de dólares. Me pareció una cifra muy modesta. Calculando la enorme cantidad de obras, gastos y aventuras a que se entregan las grandes y pequeñas naciones, se me figuraba que las reservas de oro habían de alcanzar un tamaño numérico también enorme. Esto me produjo un aumento de admiración hacia la humanidad civilizada. Parece mentira, en efecto, que los pueblos más civilizados del mundo hayan podido llevar a cabo una acción tan ingente como la Gran Guerra con tan poco dinero real y positivo. O es que, acaso, todas las dificultades que abruman hoy al mundo nacen precisamente de aquella locura; es decir, de haberse comprometido a gastos y dispendios que no estaban en relación con las reservas metálicas que las naciones poseían.

El oro: he ahí un motivo de meditación para todos los que ya no podemos verlo más que en los escaparates de los cambistas. Entre nuestros recuerdos lejanos aparece el tiempo en que todavía circulaban monedas de oro; en que uno podía hacer sus compras por esos mundos en luises, en marcos, en libras de oro. Aquello se acabó. Las monedas se han escondido en los rincones secretos de los Bancos o se exhiben como piezas raras en los escaparates, tras una red metálica previsora. Y es hoy, sin embargo, cuando el oro, aunque oculto y como no existente, cobra un valor y una trascendencia que no tuvo acaso nunca. Por eso me ha impresionado tanto la historia del suizo Johann Augustus Sutter, que acabo de leer en ese bello libro, finamente editado, que se titula “Momentos Estelares de la Humanidad”. Su autor, Stefan Zweig, es maestro en esta clase de literatura, y ha tenido además la suerte de ser correctamente traducido por un escritor de la talla de Mario Verdaguer.

¡Cuánto se ha hablado de las minas de oro de California! Es un episodio histórico que alcanza las proporciones de una leyenda, de una cruzada, de un deslumbramiento en que caben todas las escenas de brutal avaricia, de sangre y de muerte. Pero en general se ignora el principio de aquel estupendo drama de riqueza. Se desconoce la desconcertante casualidad, entre patética y cómica, que hizo descubrir las primeras pepitas de oro en el valle de Sacramento y produjo la expectación del mundo. Desde el tiempo de Francisco Pizarro con la aportación del tesoro de Atahualpa, no habían conocido las gentes un alumbramiento de oro tan considerable. Y la aparición milagrosa ocurrió donde menos podía imaginarse. En una colonia agrícola que el bravo “pioneer” Sutter bautizó con el nombre de “Nueva Helvecia” y que iba llenando poco a poco de huertas de regadío, de viñedos y frutales, de vacas, granjas y molinos. Era el tipo del buen inmigrante que transforma el desierto en un jardín productivo y populoso a fuerza de trabajo y de inteligencia, persiguiendo el oro y el poder por los caminos honrados de la labor perseverante. Y en esto, repentinamente, aparece el oro a sus mismos pies, en la misma tierra de su propiedad. El oro virgen y a flor de tierra; el oro que puede recogerse a montones y sin sudor. Y entonces ocurre la cosa más inaudita, la más sorprendente. Aquel hombre, Johann Augustus Sutter, que veía convertirse su colonia en una fuente de oro, aquel que legalmente podía considerarse el hombre más rico del mundo, se encuentra de pronto arruinado y con toda su labor de años perdida. La fiebre se apodera de todos los servidores. La locura hace desleales a los más honrados. El obrero abandona la herramienta, el capataz deja su puesto de confianza; todos se ponen a escarbar la arena y a manejar cedazos, porque el oro está ahí a la vista y no hay más que lavarlo en la corriente de los arroyos. Y llegan de los cuatro cabos del mundo oleadas de aventureros, que construyen la ciudad de San Francisco en terrenos de propiedad del suizo Sutter. Cuando éste pretende reclamar sus derechos, la turba de inmigrantes le incendia las granjas y le asesina los hijos. Después marcha a Washington y se dedica obstinadamente a exigir la justicia que se le debe.

¡Durante veinte años seguidos! ¡Veinte años de cruzar los pasillos del palacio del Congreso, con los zapatos rotos y la cabeza cada día más desvariada! Hasta que cae muerto en una escalera del palacio, dando fin a una de las vidas más novelescas que es posible imaginar...

Aquel oro de California sirvió para dar un gigantesco brío a las empresas del mundo civilizado, como el oro de las Indias llegó oportunamente en el período dinámico del Renacimiento. Hoy la sociedad civilizada se siente como oprimida en el ámbito precario de la limitación. ¡Unos once mil millones de dólares en oro! Poca cosa, si se tienen en cuenta las proporciones realmente desmesuradas que la ambición humana ha alcanzado. Sería preciso que una nueva California apareciera en algún lado de la tierra, para impulsar hasta el vértigo las empresas de la civilización y restituir a los pueblos el entusiasmo y la esperanza. Para extirpar, principalmente, esa miedosa y turbia avaricia con que ciertas naciones, llenas del espíritu de Shylock, acaparan y esconden su oro en las sórdidas arcas.


José María Salaverría; 30 de mayo de 1933.






2 comentarios:

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  2. Muy interesante el articulo. Sin duda la idea del patrón trabajo que invento el tercer reich tenia una buena base y sobretodo una gran ambición. Lastima que se aplicase durante tan poco tiempo.

    Saludoss

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