miércoles, 17 de agosto de 2016

CRISIS ECONÓMICA (9): "Conviene recordar que el Aislamiento Económico fue una invención norteamericana, que poco a poco, y como consecuencia de sus efectos iniciales, se ha ido extendiendo por casi el mundo entero."



AISLAMIENTO O COOPERACIÓN

Si hay que dar fe a las noticias telegráficas que, procedentes de Washington, han publicado importantes periódicos de Londres, se acentúa cada día más en los Estados Unidos la creencia de que es muy difícil que la próxima Conferencia Económica dé los brillantes resultados que de ella esperan muchos. Dicen algunos norteamericanos: “Será ésta la última aventura que correrán los Estados Unidos para sustituir al espíritu de aislamiento al de la cooperación internacional. Si falla la reunión de Londres, nosotros acentuaremos nuestra Política de Aislamiento”.

Estas palabras, “aislamiento” y “cooperación”, son de sentido demasiado amplio para que su solo enunciado pueda definir el alcance que quiere dárseles. Pero, antes de comentar estos términos, conviene recordar que el Aislamiento Económico fue una invención norteamericana, que poco a poco, y como consecuencia de sus efectos iniciales, se ha ido extendiendo por casi el mundo entero. El resultado del Aislamiento Económico no ha dado a los Estados Unidos el resultado favorable que de ella esperaban, de manera que, al pretender que todos los países rectifiquen su conducta en este punto, han de reconocer que los primeros en rectificarse serán ellos mismos, primeras víctimas de una equivocación que no deben ni pueden achacar a los demás. En general, en todos los mensajes del Presidente Roosevelt, asoma el deseo de éste de pretender salvar al mundo en un arranque de magnífico, insuperable altruismo. Conviene, en esta materia, dejar sentadas las cosas como realmente son: la crisis mundial es de procedencia norteamericana, y el gobierno de Washington ha aplicado sucesivamente, para remediarla, cuantos procedimientos ha estimado propicios para restablecer la prosperidad económica del país. Cada nuevo ensayo que se ha realizado para mejorar el estado de las cosas, se ha convertido en un nuevo fracaso; por todo lo cual cabe estimar que el grito de Roosevelt llamando al mundo al terreno de la cooperación no aparece claramente como una determinación altruista sino como una confesión de impotencia; esfuerzo del que se ahoga para agarrarse a cualquier parte, aunque sea agarrarse a esta Europa, tan menospreciada muchas veces, y no siempre sin razón.

Hablemos ahora del aislamiento. Si por aislarse se entiende que cada uno trabaje para sí mismo primero que para los demás, se trata de una conducta lógica y natural, mientras que esta actividad caiga dentro de los límites marcados por las leyes de la moral. La Caridad bien entendida empieza por ejercerse en favor de quien la practica, y en la gestión de los asuntos nacionales, como en los de una región, de una ciudad o de una colectividad cualquiera, como en los peculiares de cualquier individuo, es no solo conveniente sino que constituye un deber concreto esforzarse en sacar partido de los medios y elementos que cada uno posee para elevar la propia personalidad y conquistar noblemente la posición más sólida y mejor organizada que sea posible.

Pero esta acción individual, aunque el individuo considerado sea tan complejo como un pueblo entero, tiene sus límites infranqueables, fuera de los cuales al aislamiento persistente sería imposible o poco práctico, y entonces sobreviene la necesidad de la vida de relación. El industrial no puede subsistir sin que el comercio cuide de distribuir sus productos, ni el comerciante sería más que un mito si la suma de los compradores no diera realidad efectiva a sus tareas de distribución de lo que ha elaborado la industria o ha producido la tierra. Ni siquiera el sabio podría ostentar firmemente el calificativo de tal sin esta vida de relación, en virtud de la cual otros hombres de ciencia comprueban la certeza de las afirmaciones del investigador o condenan las teorías que se basan en hechos imaginados. Así, el destacarse la personalidad de un gran pueblo y el que este pueblo,  con todos sus atributos, con sus riquezas o sus miserias, y con los caracteres todos que le han proporcionado el suelo en que vive, la raza a que pertenece y las peripecias de su historia, mantenga una vida de relación con otros pueblos no es más que la resultante de leyes naturales, de cuya observancia es difícil que ninguno escape.

La Cooperación es otra cosa. La cooperación se basa en la conveniencia de aunar los esfuerzos de entidades distintas para conseguir un fin determinado. No es la cooperación algo que se pueda considerar ventajoso en sentido general y abstracto, pues, por el contrario, supone un fin concreto que se quiere lograr con los medios, con las fuerzas, con los elementos materiales y acaso también espirituales, de que se pueda echar mano. El cooperativismo es una fuerza, un medio de acción que cada día se emplea con más éxito; pero no se fundan cooperativas indefinidas, no se asocian los hombres para conseguir cualquier resultado, de la índole que sea, sino para llegar a un fin perfectamente especificado, fuera de cuyo círculo de acción, el cooperador recobra su plena libertad y puede, a veces, convertirse en un duro competidor de su asociado condicional.

Hay, pues, que distinguir y aclarar si el sentido de la cooperación, que debe salir imperante de la Conferencia de Londres, corresponderá a una organización netamente cooperativa basada en el más puro mutualismo, o por el contrario si lo que se pretende es la formación de un rebaño en la que todas las ovejas abandonen, con el aislamiento, todos los rasgos de su personalidad, y se limiten a obedecer las órdenes de un pastor poderoso, o de cuatro pastores, como quiere intentarse, no quedando a las ovejas sometidas a estas normas de cooperación otro medio de expresarse que el de lanzar al aire balidos lastimeros.

Por segunda vez, en el transcurso de un relativamente escaso número de años, se levanta la voz de un Presidente de la gran República Norteamericana para establecer definitivamente la paz y el bienestar en todos los ámbitos de la tierra. Ayer fue Wilson quien lo intentó, organizando la Sociedad de las Naciones, de la cual no llegó a formar parte su propio país, que desautorizó terminantemente la institución imaginada por Wilson. Ahora el Presidente Roosevelt vuelve a la carga con análoga pretensión, proponiéndose, como ya hace algunos siglos intentó Don Quijote, enderezar todo género de entuertos y establecer definitivamente en el mundo el reinado de la prosperidad. Deseemos ardientemente que lo consiga; pero convengamos en que el propósito no es de fácil logro. Cuando un médico asiste a un enfermo, ya se da por satisfecho si consigue hacerse completo cargo de la índole de la enfermedad, y halla remedio adecuado para restablecer su salud averiada o para aliviarle de los dolores que le aquejan. Pero, curar de un golpe, un solo médico, o una junta de varios médicos, todas las enfermedades de todos los hombres, es pretensión harto complicada para que ningún galeno ni ningún grupo de galenos se atreva a intentarla.

Sin duda alguna, los Estados Unidos constituyen un pueblo adelantado y poderoso cuya influencia en el mundo es cada día mayor. Sus resoluciones pueden engendrar resultados beneficiosos para algunos pueblos, pero es enormemente difícil que llegue a todos los países esta lluvia de bienandanzas, basada en acuerdos internacionales, que cada cual interpreta, después, como mejor conviene a sus particulares intereses. La Sociedad de las Naciones es un ejemplo de ello. También el Banco Internacional, de Basilea, que había de regular la situación monetaria del mundo, lleva una vida absolutamente precaria y no ha dado ningún resultado eficaz. Las realidades de la vida tienen exigencias de poder insuperable, y ante ellas ni los Estados Unidos, ni nadie, puede pretender que en un momento cualquiera le será dado correr la última aventura.


Mariano Rubió Y Bellvé; 28 de mayo de 1933.






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