martes, 16 de agosto de 2016

EL DESARME (16): "Esto quiere decir que se entraría en una era de preparación guerrera, en una carrera de armamentos superlativos... La seguridad, la misma paz, serían entonces una triste ilusión."

Franklin Delano Roosevelt


LA NEUTRALIDAD AMERICANA

Todo lo ocurrido en los últimos días, en los que las dos notas culminantes fueron el llamamiento de Roosevelt y el discurso de Hitler, ha tenido por objeto permitir a la Comisión General de la Conferencia del Desarme salir del atasco en que se hallaban sus trabajos ante la explicable resistencia de Francia a discutir concretamente los armamentos sin un acuerdo previo acerca de los efectivos.

El match entre los campeones del desarme y los de la seguridad previa ha llegado en Ginebra al momento más patético. Y es curioso que en vez de arreciar los golpes, se procuren suavizar los procedimientos. El plenipotenciario de Washington, Norman Davis, ha leído un texto de compromiso para agregarlo al Convenio de Desarme en el momento de las signaturas. El documento es significativo porque encierra una forma de compromiso de mutua ayuda en caso de agresión. Viene a ser una solemne ratificación del Pacto Kellog-Briand y de los artículos del Convenio de la Liga sobre los que Francia hace hincapié, hasta el extremo de exigir que no los burle el Pacto de los Cuatro. Son estos puntos los referentes a integridad territorial, a asistencia mutua, a las sanciones contra el agresor. Si los Estados Unidos mantienen su olímpico apartamiento, es por no ligar demasiado su suerte a los peligros europeos. Por lo cual, a pesar de los buenos propósitos de Roosevelt, es de creer que todo compromiso de previa seguridad en interés de Francia hallará tenaz oposición en las Cámaras de Washington. Y en este terreno es difícil que Roosevelt obtenga los plenos poderes autoritarios que le han sido otorgados por los dos organismos democráticos para afrontar libremente los problemas financieros.

Si a pesar de estos poderes, al 'Dictador del Dólar' no le es fácil vencer la terquedad con que la opinión y las Cámaras se aferran a la exigencia del pago de los vencimientos de guerra, ¡cuánto más difícil no habría de serle violentar el firme propósito del Pueblo estadounidense de no arriesgar en lo más mínimo su futura neutralidad!

Pero si Francia no obtiene un compromiso de los Estados Unidos e Inglaterra en garantía de su seguridad, compromiso que significaría uncir a la suerte de Francia a esas otras potencias amigas en caso de guerra, ¿qué perspectiva presentará Europa? Francia no querrá entonces desmontar una sola de sus piezas guerreras de tierra, mar ni aire, porque la única garantía propia la constituyen sus cuerpos armados. Pero así habría terminado la Conferencia del Desarme desastrosamente; el respeto a los pactos dejaría de tener su fuerza sagrada, puesto que en Versalles los vencedores se comprometieron a ir desarmando hasta el nivel germano. Esto quiere decir que se entraría en una era de preparación guerrera, en una carrera de armamentos superlativos... La seguridad, la misma paz, serían entonces una triste ilusión.

Alemania ya no reclama la igualdad inmediata, automáticamente en todos los países a la vez, cosa que equivaldría, prácticamente, a elevar ella sus armamentos con relación a los extranjeros. El plazo de cinco años propuesto por Hitler en su famoso discurso es un buen principio de igualación gradual. Claro que la desconfianza francesa juzgará imposible la verdadera vigilancia de ese desarme. Entre otras dificultades, ¿no es bastante la que opone el control de los gases tóxicos, imposible en la práctica, según los técnicos de la Conferencia?

Se está viendo que Francia tendrá que ceder mucho, y aunque sus amigos amparen con hábiles formas su tesis, siempre tendrá la sensación de que abandona lo positivo, lo corpóreo por lo inquietamente fantasmal.


La Vanguardia; 26 de mayo de 1933.






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