lunes, 29 de agosto de 2016

EL QUIJOTE ROMANO: "Desplieguen las palabras de sus poetas y escritores clásicos. No digo que habrán vencido, pero seguramente alguna de esas palabras llegará a cualquier alma solitaria, y ésta hará de ella un tesoro. Y sobre un desierto de ruinas, que será entonces Italia y acaso Europa, renazca la familia y de ésta el nuevo edificio de la Patria."



EL CABALLERO ANDANTE

Este Quijote de nuestro tiempo, caballero andante de nuevo cuño, Mario Puccini lo llama “un viaggiatore in poesía”. Claro es que no lleva, como nuestro hidalgo manchego, la adarga al brazo, “toda fantasía”, y la lanza en ristre, “toda corazón”. Ataviado en un humilde guardapolvos y lleva en la mano un maletín. Es, simplemente, un viajante de comercio. Pero en el maletín lleva un teatro: los grandes clásicos italianos. Y en el cerebro el alto pensamiento de recorrer de un confín al otro Italia para renovar en ella su espiritualidad antigua, el sentido histórico de la estirpe italiana. La Italia de la postguerra está profundamente conmovida, lamentablemente desquiciada. Y el soñador viajante en poesía se pone en camino para realizar su empresa, reconstructiva, tonificadora. Abandona Milán, ciudad industrial, ciudad tumultuaria y convulsiva. En esa su ciudad natal él ha visto de cerca el desorden público, el motín callejero, la indisciplina social. Es el desencadenamiento de las pasiones malsanas en los hombres. Pero, en medio de esos estragos, dos cosas se mantienen incólumes e inconmovibles: el “Duomo” y la “Madonnina”, símbolos perdurables como testimonio de una fe y expresión espiritual de una raza, viva y permanente historia en piedra de todo un Pueblo. A pesar de todos los desvaríos y de todas las devastaciones, quedan las raíces, que calan hondo, muy hondo.

Llega a la Romagna. País fértil, comarca laboriosa. ¿No podría ser tan feliz como próspera? Ciertamente. Pero envenenan la existencia allí las luchas encarnizadas de los hombres. Toda la región está dividida en dos bandos, Republicanos y Socialistas, que se hacen entre sí una guerra a muerte.

Allí no se piensa ni sé habla más que de revolución. ¿Y qué esperan de ella? ¿Bienandanzas quiméricas? En cambio, la realidad les advierte que la dicha segura está en el seno de aquella tierra próvida y que, con un trabajo inteligente, sin luchas fratricidas, el bienestar podía ser asequible a todos. Por todas partes donde va, igual. Igual espíritu de disgregación, de apatía, de egoísmos, de instintos anárquicos. En la Umbría, en Roma, en Calabria, en Sicilia, en el Veneto.

Los hombres que encuentra en sus jornadas de viandante tienen vuelta la espalda al pasado y al presente y sólo aspiran a un porvenir tan engañoso como incierto. Y como idea fija en todos, la revolución.

Las lecciones de los antepasados que supieron hacer una Italia grande no cuentan para nada. Ya no ocupan la atención más que los apóstoles que anuncian el futuro, aunque sea éste un futuro catastrófico. Nada de los clásicos, ni aun de los modernos, como Carducci, poeta y crítico que infundió a los italianos el sentido de sus tradiciones históricas y civiles. Ya que no se acepta más que Lenin, como un fetiche de los nuevos tiempos.

Todos los que el viajante en poesía encuentra son unos rebeldes o unos inadaptados. Por lo menos unos descontentos. Lo mismo el profesor anarquista de Ancona que el comerciante de Reggio, el labrador de Castelplanio que el sacristán del Clitumno.

Unos, como el profesor anarquista de Ancona, sueñan con una destrucción que lo arrase todo, instituciones, castas, modalidades estatales, órganos de la justicia, todo. ¿Y después? ¡Ya se verá!

Otros, como el sacristán del Clitumno, sueñan con el provecho del botín revolucionario. Roma está cerca, para saquearla de nuevo, como en el tiempo de los invasores bárbaros. Roma es una ciudad rica y en ella se puede recoger un espléndido botín. Oro, alhajas. Incluso a los muertos que se encuentren por la calle, después de las jornadas revolucionarias, se les puede despojar de las carteras con billetes que lleven en sus bolsillos.

Mentalidades desquiciadas, con una extraordinaria coincidencia del hombre de cátedra con el villano inculto. La “bufera” sopla sobre todos, haciéndolos delirar con visiones de loco.

Lo malo es que esa ola disolvente no encuentra las necesarias resistencias. El Obrero no piensa más que en conquistar una ilusoria igualdad, y a ello consagra desesperados y violentos esfuerzos. Pero la Burguesía, aunque alarmada, permanece inactiva. El terrateniente y el comerciante tienen el sentido de la propiedad, pero carecen del sentido histórico. Ceden, se acomodan, con el temor de que puedan las cosas cambiar mañana y se anticipan a las posibles transformaciones que han de venir, según sus enemigos pregonan a son de clarín de guerra. No tienen el valor necesario, en nombre de los altos intereses que representan y de la responsabilidad patriótica que les incumbe, de hacer frente a la disolución de la nación en perspectiva.

La juventud estudiosa, extraviada. Se trata de una intelectualidad en decadencia. Es una juventud “snob”, desnaturalizada por esta literatura de moda, insustancial, frívola, caprichosa, nada más que impregnada de “odore di fémina”.

Lo simboliza aquel joven que diserta en la mesa de un café de Palermo. Como quiera simbolizar la mujer nueva en aquella joven que encuentran en el tren de Milán, una emancipada, lamentable “spécímen” de la mujer libre, que se ha puesto de moda.

Si los cimientos sociales se hallan tan amenazados, los del Estado están todavía más inseguros. Sus obligados servidores no sólo lo abandonan, con deslealtad, sino que además lo combaten con encarnizada sevicia. Ferroviarios, recaudadores, telegrafistas, no cumplen sus deberes. Y no sólo dañan al Estado, sino que también dañan al público.

Es la anarquía.

Sin embargo, la reacción es urgente, imprescindible. Hay que salvar la Patria de la inminente disolución y de la segura ruina. Hay el apremio de restaurar el sentido histórico, de hacer que retoñen las viejas raíces de la estirpe itálica.

Todavía puede haber un noble soñador como aquel aristócrata de Rávena. No importa que las turbas quemen, maten, destruyan en una convulsión sanguinaria. Los aristócratas de rancio abolengo harán ver cómo saben morir los que llevan sangre de raza en las venas. Harán ver la dignidad que se conserva en aquellos palacios de la antigua gente italiana y cuán difícil es sojuzgarla y destruirla. Muros de recia piedra, la piqueta se embota en ellos y hasta para derribarlos es ineficaz la dinamita. Pero, aunque el fuego logre destruirlos, quedarán sus esqueletos, que las llamas no podrán destruir. Y esos esqueletos no serán un signo de muerte, sino un signo de reconstrucción.

Cuando esos palacios comiencen a arder, de ellos saldrán los descendientes, en una salida simbólica, vestidos con las armas de sus antepasados. Y si es llegada la hora de morir peleando, se morirá en la lucha, pero aquellas viejas cosas, las armaduras, la cimera, la celada, todo aquel hierro de siglos que el fuego ha atacado pero no ha destruido, resistirán a las llamas y a la muerte.

No todo acaba ni puede ser destruido. Es alentadora la voz de aquel que decía al caballero andante de Mario Puccini:

“Desplieguen las palabras de sus poetas y escritores clásicos. No digo que habrán vencido, pero seguramente alguna de esas palabras llegará a cualquier alma solitaria, y ésta hará de ella un tesoro. No es este el momento de ejercer influencia sobre la mayor parte de los hombres. Sólo e irremisiblemente abocados a la Anarquía. Pero si, aquí y allá, en la aldea y en la ciudad, encienden, en cualquier espíritu puro, el fuego de la fe, puede ser que mañana, cuando los instintos se desencadenen y no haya ya ni leyes humanas ni civiles, ni tradiciones, ni derechos, ni deberes, puede ser, repito, que en aquellos hogares dispersos, en los cuales la fe de los padres y de la raza se hayan recogido y conservado, surja una voz y se imponga; y sobre un desierto de ruinas, que será entonces Italia y acaso Europa, renazca la familia y de ésta el nuevo edificio de la Patria.”



José Betancort; 30 de mayo de 1933.






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