martes, 16 de agosto de 2016

LITERATURA FEMENINA: "Los hombres son quienes dan a cada época el sentido histórico. Mas las mujeres le prestan el estilo, le dan el rostro, la fisonomía, tejiendo las costumbres, prendiendo los amores, creando las modas; poniendo en primer término de la comedia del momento, de cada momento, ya el perfil de su tocado, ya el ritmo de su corazón."

Princesa Lamballe


LA MUJER REVOLUCIONARIA

Los hombres son quienes con sus rebeldías, sus luchas, sus ideales en pugna o sus pasiones en acecho, dan a cada época el sentido histórico: el nervio trascendente, la honda vibración. Mas las mujeres le prestan el estilo: le dan el rostro, la fisonomía, tejiendo las costumbres, prendiendo los amores, creando las modas; poniendo en primer término de la comedia del momento, de cada momento, ya el perfil de su tocado, ya el ritmo de su corazón. Por los hombres, en el barajar constante de la política, de la economía, de las ideas filosóficas, es una época mísera o floreciente, espiritual o materialista, serena o demagógica, libre o tiránica, pacífica o guerrera … Pero por las mujeres es una época ceñuda o amable, galante o austera, chabacana o exquisita, antipática o gentil. Más que los escultores o los poetas, la mujer (escultura que anda, poesía que vive) hace que un siglo sea romántico, clásico... o rococó. La sonrisa de Mona Lisa inmortalizada por Leonardo, la figura de Madame Recamier trazada por David, el esplendor de belleza de Lady Hamilton trasmitido por la Vigée -Lebrun o el grácil abandono de las Majas junto al pliegue característico de la boca de María Luisa - caricia y zarpazo de Goya - dicen más de su tiempo que todos los cronicones y todos los documentos. Por ello tal vez queda mejor que nunca definida una época cuando la denominación le viene de un nombre de mujer: la Victoriana de Inglaterra, la Isabelina nuestra... ¿Podrían, acaso, retratarse ciertos años del siglo XIX más fiel y extensamente que diciendo cómo fue aquel un tiempo que llevó, primero, polisón, luego, corsé?... De igual manera cuando, pasados siglos, se revise el valor de nuestro tiempo, tal vez - en primer plano - no se encuentren los ensayos Marxistas, sino la melena, el pijama y los figurines, universalmente aceptados, que lanzan las bañistas de Palm Beach.

En los tiempos difíciles o en los días de espanto, en las grandes sacudidas o los enormes desequilibrios, este rostro femenino de la época se perfila, más agudo que el del hombre, surge, se acusa, sobre todo, en magníficas individualidades que se elevan sobre lo colectivo masculino. En la subversión y el desquiciamiento, lo doméstico sale a la calle, lo social privado se hace público, el sentimiento íntimo se transforma en exaltación no dominada. Destacan, entonces, sobre la multitud amorfa, sobre el confuso vocerío, nombres, figuras y gritos de mujer. Es la hora de lo heroico, y la mujer reclama su papel de heroína. Así estas extraordinarias mujeres (virtuosas y galantes, duquesas y calceteras, víctimas y torturadoras) que Mario Verdaguer ha arrancado al gran fresco sangrante de la Revolución Francesa.

Mario Verdaguer es un escritor de quien siempre puede esperarse... lo inesperado. Su primer libro, “La Isla de Oro”, es ya, no la promesa que suele alborozarnos en todo primer libro, o la revelación de un temperamento de novelista, sino, simple y rotundamente, una formidable novela y la afirmación de un novelista formidable. Sutil y vigorosa, alada y nunca pueril, copiosa y nunca espesa, la prosa narrativa de “La Isla de Oro” constituye algo de muy raro valor en la bibliografía de Mallorca. Rica pintura del mágico paisaje de las islas, sin la menor concesión al clisé colorista... Ambiente y aventura de príncipes y artistas en que nos atrae y conmueve el nervio de la acción, el encanto de la aventura, la calidad del relato, nunca el embobamiento en que suelen caer la mayoría de escritores cuando pintan ambientes semejantes...

Casi en seguida, al resplandor de “La Isla de Oro” sigue, en la obra de Mario Verdaguer, la fina luminosidad de “Piedras y Viento”, más suave, más delicada, -¿más clásica? - y, si cabe, más bella...

Y simultáneamente a una labor increíblemente copiosa de traducciones, de biografías, de ensayos, se nos van mostrando las múltiples y diversas facetas de este alto valor intelectual, de este gran temperamento de escritor, en la osada modernidad de “El Marido, la Mujer y la Sombra”, en el exquisito humorismo de “Tres Pipas”, en la fantasía de “La mujer de los cuatro fantasmas”, en la deliciosa pirueta vanguardista de “El sonido 13”. Ahora, en “Las Mujeres de la Revolución”, el novelista se acerca a un trozo palpitante de Historia y le arranca lo que tiene de profundo novelesco. Y en femenina ronda patética trenza a las grandes y a las mezquinas mujeres del trágico momento, sus verdaderas heroínas, ya que “detrás o delante de cada hombre de la Revolución hay una mujer. Ellas recabaron el derecho de subir a la guillotina, pero también fueron el gran resorte que la moviera, y ellas pusieron también su eterna dulzura, su abnegación y su amor en la penumbra de los grandes hechos revolucionarios... La mujer llena todo el período revolucionario con un sentido profundo; con uno de los sentidos más hondos y más gloriosos que, tal vez, no habrá alcanzado jamás en la historia”.

La española maravillosa Teresa Cabarrús, ciudadana Tallien, princesa de Caraman-Chimay, “Salomé, que bailó en los días del Terror con la cabeza de Robespierre entre las manos”; Emilia de Saint-Amaranthe, frívola y enamorada, cuya bellísima cabeza, envuelta en un velo rojo al caer en el cesto del verdugo, creó la moda “Némesis”; María Gabriela Chambón, la dulce y épica criolla protectora de los negros, amiga de los chuanes, devota de Charette, cuya larga vida, aureolada de dignidad, ternura y fuerza es la más plena epopeya femenina; María Adelaide de La Rochefoncauld, criolla también, de bien distinto temple; las literatas Julia Caudeille y Olimpia de Gouges; las visionarias Catalina Theot y Suzette Labrousse; Isabel Regniez, la espantable furia de la guillotina, la loba humana, la hiena femenina, cuya historia repugna y horroriza, van en este nuevo libro de Verdaguer cogidas de las manos, en un ritmo de diversidad y de unidad como sólo podía lograr un escritor tan sutil y penetrante... Con ellas, la noble Isabel Capeto, que, en el Temple, remendó las ropas del Delfín y le contó cuentos, como un aya; la princesa de Lamballe, exquisita mujer cuyo martirio parece ser la cima de crueldad del Terror; la vieja favorita Du Barry, que es, ante el cadalso, sólo una piltrafa humana... Y la vengadora Carlota Corday, la campesina de veinticuatro años, que llega de su aldea a París para librar a Francia de Marat - a quien no viera nunca - y cumple, serena y grave, su designio; y Theroigne de Mencourt, la bella y azotada; y Madame Roland y la dulce Lucila Desmoulins, las esposas... Al fondo, la turba de las calceteras y de las “bacantes”; el cortejo de las duquesas, el gesticular de las actrices; el apagado rumor de las víctimas y el alarido ronco de las furias...

Que, como el alma de la mujer, el libro de Mario Verdaguer, “Mujeres de la Revolución”, posee mil y una facetas, exquisitamente captadas en su patetismo y en su gracia.


María Luz Morales; 26 de mayo de 1933.






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