lunes, 21 de noviembre de 2016

MATERIALISMO: "Estamos en una época enamorada de la imparcialidad, que se asusta de todo lo que sea función del espíritu. Es pecado laico. Los niños acostumbran romper sus juguetes para saber qué tienen dentro. Pero sus padres, por 'no ser infantiles', renuncian a las audaces calicatas que antaño les deleitaron. El Materialismo da esa flor amarilla y funeraria, sin perfume y sin belleza."



OBJETIVAMENTE

He aquí una palabra que ha caído en gracia. Una palabra más, es decir, un nuevo antifaz, un nuevo doblez. Cuando escasean las ideas, los hombres se agarran con ansia de náufrago a las palabras representativas. Esta voz representa, pues, la simulación de equidad, de ecuanimidad, de independencia. Es el último pudor, el de quien se pinta las mejillas para aparentar un arrebol de verecundia.

¿Por qué ese afán de “objetividad”? ¿Por qué no se lee un artículo, no se oye un discurso en que no se diga que se expone la situación, se estudia el caso, el asunto, “objetivamente”? ¿Es que nadie quiere ya arrostrar la responsabilidad moral de sus propias convicciones, de sus ideas auténticas? ¿Es que desaparece la viril gallardía del escritor y del orador que dice o escribe lo que piensa? ¿Nadie se atreve a juzgar con su criterio, a analizar con su razón, a deducir consecuencias con su entendimiento?

¡Ah, no! No se diga que se pone en la materia un adarme de prejuicio, un átomo de pasión, una gota de entusiasmo, una ráfaga de lirismo. ¡No, no! “Objetivamente”. Es decir, la narración escueta de los hechos, el suceso limpio, mondo y lirondo, sin un comentario, sin una apostilla, sin un matiz, sin una moraleja. Renunciemos a discurrir por cuenta propia. Es pecado, pecado laico desde luego. Estamos en una época tan escrupulosa, tan puritana, tan exquisitamente enamorada de la imparcialidad, que se asusta de todo lo que sea función del espíritu, como si sin éste pudiera haber justicia, como si la Historia pudiera ser una simple crónica, como si la vida pudiera ser un hecho y no una idea. Nos satisfacemos con la superficie de las cosas y de los acontecimientos. “Objetivamente”, todo tratado, expuesto, fallado “objetivamente”.

¡Oh, qué época tan candorosa, tan inocente, que no se atreve a rascar esa superficie, a inquirir por medios propios! Época contra natura... Los niños (que ahora son, por su sinceridad, por su falta de malicia, los verdaderos representantes de la humanidad, de la que el hombre adulto se aparta cada día más) acostumbran romper sus juguetes para saber qué tienen dentro. Pero sus padres, por 'no ser infantiles', por ser “objetivamente imparciales” renuncian a las audaces calicatas que antaño les deleitaron. Nada de escrutar, nada de exponerse a la responsabilidad de un raciocinio original, nada de arrostrar una polémica, una réplica, una deducción, una de las contiendas espirituales que aparece han de ser acción corriente y atributo natural en un ser dotado de espíritu y de libre albedrío para ejercer su noble oficio racional.

Pues, no, amigos míos. Tan poca confianza tenemos en nuestro dictamen justiciero, tan poco fiamos en la equidad de los demás, tan poquísimo esperamos que crean en nuestra independencia moral, que lanzamos por delante, como una excusa pacata, como un salvoconducto ideológico, la palabra de moda: “Objetivamente”.

¿Queremos que esa voz cubra, como una bandera de neutralidad, la mercancía que lanzamos al comercio intelectual? A mí me recuerda aquel: “No me hable usted de la guerra”, que algunos seres angelicales se ponían en el ojal de la solapa durante los años 1914 a 1918. Querían quedar al margen, puros e incontaminados de la universal locura y hasta exentos del enojoso conocimiento de su existencia. De aquellos hombres son herederos los que ahora todo lo exponen “objetivamente”, sin arriesgar un ápice de su pensamiento.

No hay prólogo o prefacio en que no se diga, como una recomendación, como una garantía, que las páginas que le siguen son un “estudio objetivo”. ¿Estudio y objetivo? No puede ser, son términos antitéticos. El Estudio es el análisis, la profundidad, la crítica, la interpretación, la pintura, el arte. Lo Objetivo es la enumeración, el dato estadístico, la fotografía mecánica y fatal.

Las concepciones filosóficas y políticas materialistas traen consigo esta pasión por lo objetivo. Les basta considerar los objetos y los sucesos en sí mismos, sin causas y sin efectos, sin relaciones y sin leyes espirituales. El objeto (animado o inanimado) y el hecho, secos y limitados, son los únicos fenómenos dignos de atención.

El Materialismo da esa flor amarilla y funeraria, sin perfume y sin belleza.

Cuando no hay ideas fundamentales ni gobierna el espíritu los dominios del intelecto, ¿cómo se ha de hablar de pulpas y núcleos si sólo se posa la morada en las cáscaras y perigonios?


L. Lafuente Vanrell; 01 de junio de 1933.







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