viernes, 9 de diciembre de 2016

COMUNISMO (21): "La Intelectualidad ha dejado de existir, no porque no se la necesitara, sino porque se ha deshecho en millones de pedacitos. Han sido apartados por la avalancha de las masas que se han desencadenado como un río que se desborda, destruyendo las aguas en tumulto todo lo que encuentran al paso, aunque sean las obras más maravillosas creadas, en las márgenes antes tranquilas, por el Genio de los hombres."



LOS HAMLETS INTELECTUALES

“Ser o no ser... Morir...” El monólogo del lúgubre personaje de Shakespeare es ahora patrimonio de la Intelectualidad Rusa. Así por lo menos lo da a entender Nicolai Ogniev, el joven escritor ruso, que es, después de todo, un Intelectual, aunque de los Rojos.

Los intelectuales, ¿van a vivir?, ¿van a desaparecer? Ecco il problema.

Se dice que el Gobierno Soviético no toma posición contraria a los Intelectuales y que, entre ellos, las relaciones oficiales se mantienen. Pero a condición de que los Intelectuales, en vez de apartarse, se sumen al Movimiento que, echando abajo las creencias antiguas, impone las bases del verdadero Socialismo, la práctica del Comunismo.

En realidad, las masas se encuentran apartadas de los Intelectuales, que consideran como trabajadores de ocasión, y que por ser una casta superior a las masas representarían una Clase privilegiada en una República donde la Igualdad Absoluta es el principio básico, fundamental.

La observación puede tenerse por exacta. En Rusia “la Intelectualidad” ya no existe. La Revolución Proletaria la deshizo. “Supongamos - escribe Ogniev - que un valioso diamante, el Koh-i-noor, se cae al suelo y se deshace en mil pedazos, en millones de pedacitos. Es imposible reunir todos esos pedacitos y volverlos a juntar. Lo mismo ha pasado con la Intelectualidad. Ha dejado de existir, no porque no se la necesitara, sino porque se ha deshecho en millones de pedacitos. Sólo han quedado pedacitos sueltos, Intelectuales aislados”.

La Revolución Comunista y la Dictadura del Proletariado han hecho tabla rasa de todo. Ya no existen la Nobleza de antes, la Burocracia de antes, la Clase Universitaria de antes. Y tampoco la Intelectualidad de antes. Ella era la que creaba la cultura, la que la hacía extensiva, la que impulsaba el progreso cultural. La Intelectualidad no era un privilegio de Casta, ni vivía sólo para una élite, sino que era un bien común, abierta a todos y al servicio de todos.

La causa de la cultura ha perdido sus legítimos mantenedores. Claro es que existen hombres de ciencia, hombres ilustrados. Intelectuales, en una palabra. Pero son Intelectuales aislados. Su acción es limitadísima. Los ingenieros en las fábricas están bajo la inspección de los trabajadores. Los hombres de otras profesiones liberales, médicos, abogados, etc., están sujetos a disciplinas rígidas que no pueden quebrantar y por tanto carecen de estímulos, esos estímulos que han marcado siempre todos los avances científicos o los progresos culturales. Los escritores escriben, pero sobre pautas convencionales, con patrones fijos. Estos carecen de holgura en la ideología y hasta de libertad de imaginación. Tienen que ser forzosamente ortodoxos del Marxismo, porque toda rebeldía herética en este punto es expuesta a las represalias más temibles.

La Intelectualidad, pues, ha sido deshecha por el turbión revolucionario. Se hizo mil pedazos. Como los nobles perseguidos, también la inmensa mayoría de los intelectuales rusos, fugitivos de la tragedia soviética, se ha refugiado en el extranjero. Pero, aun admirados por sus talentos, admirados en otros países, ya no prestan su concurso, a causa de la distancia y de la impermeabilidad del ambiente soviético, a la cultura rusa.

Otros se han quedado en Rusia. Entre éstos, los hay de dos clases.

“Unos - hace decir Ogniev - han escogido la parte más cómoda de la vida, como la Marta evangélica: han encontrado una cuadra caliente y comen en el primer pesebre que se les presenta. Esos sólo se interesan por sueldos, sueldos extraordinarios de especialistas, gratificaciones... A causa de los nuevos medios de vida, por el hambre, por la pérdida de la antigua comodidad, han perdido esos señores la cabeza. Si se les enseñara su retrato cómo era hace veinte años, volverían la cabeza con desprecio. La caza de la vivienda, la lucha animal por las necesidades de la vida, las adulaciones y subordinaciones para alcanzar grandes sueldos, la posibilidad de lograr una buena vida, todo eso se ha formado ante sus ojos hasta componer el verdadero fin, el verdadero ideal de una vida, de la vida en general. Se les puede sobornar fácilmente, y no sólo no tienen ya ideales espirituales, ni siquiera intereses intelectuales.”

En disculpa se invoca el Norteamericanismo, que es todo sentido práctico, acomodado a las realidades. El Norteamericanismo lucha individualmente por la conquista del dinero, pero el esfuerzo individual, que es creador, que es una energía en acción, sirve al bien común, al progreso colectivo.

Esos otros intelectuales rusos, tan mal tratados, por quien tan bien parece conocerlos, son Intelectuales de pan llevar.

Quedan los “Hamlets” de la Intelectualidad. Constituyen una pequeña minoría. Son los restos estimables de la antigua Intelectualidad rusa que se han resignado al nuevo orden de cosas y no han huido de Rusia. Son “de una estructura diferente, de otra Clase que la ya mencionada mayoría”. Se trata de la Intelectualidad antigua, cuyos méritos tienen un origen anterior a la Revolución Proletaria. En la remoción de la vida pública han quedado apartados, al margen del aluvión que lo ha arrollado todo.

¿Qué es de ellos? ¿Qué será de ellos? “Son restos de casas, de familias, de monumentos, de palacios, de una cultura, de una sociedad que pasó a la historia”.

Esos Intelectuales han sido apartados no por los órganos directores, no por los gobiernos, sino por la avalancha de las masas que se han desencadenado como un río que se desborda y en su corriente formidable no tiene más que el furor de destruir ciegamente, destruyendo las aguas en tumulto todo lo que encuentran al paso, aunque sean las obras más maravillosas creadas, en las márgenes antes tranquilas, por el Genio de los hombres.

Hamlet en la impotencia de sobrevivir. No importa que hayan aceptado los hechos consumados, que pretendan colaborar en la Revolución. Acaso ellos contribuyeron, consciente o inconscientemente, a que la Revolución llegara y que, por un azar histórico, tuviese la posibilidad inesperada de triunfar. Pero, ya no sirven a la causa del Proletariado que no necesita de conductores espirituales, de guías intelectuales que le alumbren los derroteros del nuevo camino a andar.

Las ideas de estos Intelectuales han pasado de moda y ya ni siquiera se venden en los mercados, como las banderas imperiales, para trapos de limpieza y como en las tiendas de los anticuarios los muebles de la vieja nobleza desposeída y expatriada.

“Ser o no ser”. Ya saben a qué atenerse y la trágica interrogación del príncipe sombrío parece inútil en estos nuevos Hamlets de la Rusia Proletaria y Comunista. La Igualdad multitudinaria excluye la coexistencia con una élite. Ya no les queda más que repetir el resto de la frase shakesperiana: “Morir”.


José Betancort; 03 de junio de 1933.







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