miércoles, 28 de diciembre de 2016

EL CLUB DE LOS CUATRO (8): "¡Oh querido Presidente Roosevelt, cuán cortejado eres de un Cabo al otro lado del mundo! ¡Qué homenaje a la autoridad de tu persona y de tu país! El Gobierno del Reich ha venido a saludar a la Flota alemana. Esta visita es al propio tiempo una profesión de fe. El deseo que tenemos de paz es grande."



EVOLUCIÓN DEL PACTO DE LOS CUATRO

El problema del Pacto de los Cuatro sigue preocupando a la Opinión Francesa, a la Opinión Europea, y también, en un amplio margen, a la Opinión Mundial. En efecto, una redoblada actividad diplomática se manifiesta en Roma. No sólo se ocupa ésta en las relaciones ítalo-germanas, afianzadas por medio de viajes que han sido muy comentados, sino también en las relaciones de Italia con la Pequeña Entente. El señor Mussolini había adoptado una actitud bastante inflexible sobre este asunto, pero hoy se da por descontado que, al menos en apariencia, la situación mejora, haciendo posible el acercamiento político y económico a Bucarest y a Praga. Nadie ignora que en estas artes, Italia ha sido siempre maestra. Será interesante ver en qué medida logrará sus propósitos, especialmente con Polonia, que no parece fácil de convencer.
Aún más importante que estas maniobras de aproximación a los países balcánicos, fue el viaje de Goering a Roma, con el que coincidieron las conversaciones de Mussolini con el Embajador de Francia, Henry de Jouvenel, y con el Embajador de la Gran Bretaña, Sir Ronald Graham. Estas entrevistas despertaron inmediatamente alguna esperanza.
En Roma circuló el rumor de que gracias al último discurso de Hitler había avanzado prodigiosamente el proyecto de Pacto de los Cuatro, tanto, que era de esperar en muy corto plazo la firma del mismo. Se sabe, al menos por las declaraciones del propio señor Goering al corresponsal de la “Kölnische Zeitung”, que el Presidente del Consejo Prusiano se ha esforzado en demostrar que no existe entre Italia y Alemania la cuestión austríaca (demostración bastante difícil). Por otra parte, en Ginebra, es evidente la inteligencia entre ambos países. Por lo demás, lo pintoresco es ver cómo el señor Goering procura conciliar el discurso del Canciller Hitler con el mensaje del Presidente Roosevelt. ¡Oh querido Presidente Roosevelt, cuán cortejado eres de un Cabo al otro lado del mundo! ¡Qué homenaje a la autoridad de tu persona y de tu país!
A la hora presente el texto del 18 de marzo ha sido muy mejorado. La cuestión sobre la cual todavía es prematuro pronunciarse, es saber si será posible transformarlo de tal manera que no implique un atentado contra los principios esenciales de la Sociedad de las Naciones. Guardemos reserva.
Las declaraciones de Paul Boncour en Ginebra, el día 22 de mayo, fueron, a la verdad, menos entusiásticas que las declaraciones italianas. El Ministro francés desmintió la noticia de que se iba a firmar de un momento a otro el Pacto, y confirmando que las negociaciones progresaban por el camino que marcaba el memorándum redactado en París, reservaba el derecho de su Gobierno, que no había deliberado aún. También quiso el señor Boncour (cosa natural) aprovechar su estancia en Ginebra para entrevistarse en consulta con los representantes de la Pequeña Entente. Y bien percibimos dónde radica la dificultad.
Por medio de su memorándum del 10 de abril y con su trabajo diplomático subsiguiente, el Ministro francés ha hecho cuanto ha podido por atenuar las consecuencias al originario Pacto de Ostia.
Se trata, por una parte, de quitarle veneno, en lo posible, a esa fórmula de la revisión de los tratados que había tomado tanta importancia en el redactado primitivo. Se buscan nuevas palabras para sustituir el funesto vocablo “revisión”. Se propone las expresiones “nuevo examen o estudio”, o “renovación de los tratados”. Por otra parte, se trata de saber en qué plazo Alemania obtendrá la Igualdad de Derechos con las demás potencias. ¿Diez años? ¿Cinco años? ¿Será mantenida la relación entre la Igualdad y la Seguridad? Hay muchos motivos para creer que los señores Mussolini y Goering discutirían estas cuestiones en sus recientes entrevistas.
Tomemos uno tras otro estos dos puntos, empezando por el segundo. Se me dice que la opinión de los Estados Unidos, como asimismo la británica, han acogido con favor el proyecto de Pacto de los Cuatro, por la razón de que, de llevarse a efecto, este Pacto contribuiría a la unificación de Europa. Pero ¿se ha tenido en cuenta que Alemania, después de obtener la Igualdad de Derechos en tierra, reclamará lo mismo en el mar? Sobre este asunto contamos con indicaciones de la mayor precisión. La última la dio el mismo Canciller Adolf Hitler en el discurso que pronunció en la Revista Naval de Kiel, el martes, 23 de mayo: “El Gobierno del Reich ha venido a Kiel a saludar a la Flota alemana. Esta visita es al propio tiempo una profesión de fe. El deseo que tenemos de paz es grande, pero tenemos una decisión igualmente absoluta de hacer que el Pueblo alemán recobre su Libertad y un Derecho Igual al de los demás”.
Henos prevenidos. El día en que los Cuatro hayan concedido a Alemania la Igualdad de Derechos en tierra, reclamará idéntica igualdad sobre los Mares. Exigirá una Flota superior a la que actualmente le está permitida, a menos que Inglaterra y los Estados Unidos se muestren conformes con reducir sus escuadras al nivel actual de la alemana. El Estatuto Naval de Washington y el de Londres quedarán destruidos. Esto es lo que se debe meditar. Esta reflexión, por sí sola, demuestra que el Pacto de los Cuatro acarrea consecuencias para el mundo entero y que éstas no se podrán detener una vez provocadas por su funcionamiento.
Pero insisto ante todo sobre el problema de la “revisión” o de la “readaptación” o de la “renovación” de los tratados, tan cara al señor Mussolini. A decir verdad, un espíritu Liberal comprende a Alemania, cuando ésta trabaja por obtener la revisión del Tratado de Versalles, que consagra su derrota; pero me cuesta más comprender el afán revisionista de Italia, que ha participado en la victoria y en las consecuencias de la victoria, que tomó parte en la distribución de los territorios conquistados y que, libremente, ha firmado acuerdos de que es beneficiaria. Quisiera que me mostrasen qué razón de principio puede legitimar su actitud actual.
No creo, por mi parte, que los tratados puedan ser eternos. El carácter de los actos que pusieron fin a la última Guerra está en que los acompañó el Pacto de la Sociedad de Naciones que, en virtud de su artículo 19, permite la revisión. Y nosotros nos mantenemos fieles a nuestros compromisos, supuesto que no se salve únicamente ese artículo 19, a condición de que igualmente se observen los artículos 10 y 16. Mas se plantea una pregunta que, para los espíritus Liberales, Republicanos, Democráticos, es de suma gravedad: ¿En qué caso es legítima la revisión? Tengo para mí que sólo es legítima si la reclaman los interesados mismos, en virtud del principio, sagrado para todo espíritu libre, y según el cual “los pueblos tienen el derecho de disponer de sí propios”. Si se me demostrase que los habitantes de la región llamada “Corredor Polaco” no quieren seguir viviendo, bajo la autoridad de Polonia, reconocería que eso sería un problema. Pero únicamente en dicho caso.
Mas si por el contrario, se pidieran esas revisiones y, llegado el momento, fueran impuestas por Estados poderosos, en nombre de la razón del fuerte (ego nominor leo), entonces digo que ahí se revela una manifestación intolerable de la odiosa doctrina designada con la palabra “Imperialismo”. Añado que esa doctrina vulnera la verdad democrática según la cual “todas las naciones, grandes o pequeñas, son iguales en derechos”. El pasado nos ofrece ejemplos célebres del método que combatimos; tales los derechos repartidos de Polonia. Tenemos otro ejemplo, el de la Cuádruple y el de la Quíntuple alianza, constituidas después de 1815 para dirigir la Política Europea. Y sobre este punto llamo la atención de mis amigos norteamericanos. En protesta contra los odiosos abusos de este método, el Presidente Monroe, en 1823, redactó su célebre Declaración.
Estimo que si el Pacto de los Cuatro no es objeto de una enmienda muy considerable, representaría un retroceso al pasado, el retorno a la vieja política de las alianzas y de las condiciones, que acarreó tantos duelos a Europa y al mundo. Se contradice con la Política Moderna de la Sociedad de Naciones, con la Política del Porvenir. Ya se ha mejorado, es cierto, el texto original. Hoy el artículo primero no permitiría a los cuatro tomar resoluciones aparte de las relativas a sus exclusivos intereses. El artículo segundo se refiere tan sólo al procedimiento de la revisión, no a la revisión en sí misma. En el artículo tercero se quiere asociar la Igualdad de Derechos y la Seguridad, como se estipula en el artículo 8 del Convenio.
El Pacto de los Cuatro ya ha evolucionado. Lo que falta saber es si evolucionará todavía lo bastante para que aparezca aceptable a los Demócratas fieles a las Doctrinas Igualitarias de la Sociedad de Naciones. Por mi parte, me reservo y espero.

Edouard Herriot; 04 de junio de 1933.








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