domingo, 16 de abril de 2017

UNA VISITA A DOORN: "Todos estos días vienen aquí señores muy importantes de Alemania para hablar con él. Se dice que ha conferenciado por teléfono con Hitler. Muchos de los criados están ya en Alemania."




EL EX KÁISER CON LOS BAÚLES PREPARADOS

Cerca de Utrech, no lejos de la frontera alemana, en una de las regiones de bosques más pintoresca de Holanda, se encuentra situado Doorn, la residencia donde el Kaiser del Imperio alemán vive su destierro. Desde Amersfoort puede hacerse el camino hasta Doorn en tranvía, en poco más de una hora. Es un camino festoneado de pequeñas chalets de estilo holandés, que comienzan ahora a habitarse con las familias de los comerciantes de Ámsterdam y Rotterdam que se refugian aquí, entre árboles, huyendo del calor de los Pólderes holandeses. Aunque Doorn es una villa con unos seis u ocho mil habitantes, en Amersfoort le llaman Casa-Doorn, refiriéndose a la casona de Wilhelm II.

Como la mayoría de las villas holandesas, Doorn no tiene calles ni plazas; las casas se pierden entre árboles, jardines y praderas, separados de los caminos por una pequeña valla de hierro que llega apenas hasta la rodilla de un hombre, “lo suficiente para que una vaca no pueda saltarla”. Sólo una casa las tiene más altas, tan altas casi como un hombre. Es la finca del ex Káiser, comprada a un aristócrata holandés en 1918, cuando el ex Káiser se vio obligado a abdicar huyendo al extranjero. En torno a ella ha ido desarrollándose un núcleo comercial. Hay cinco hoteles con una cabida de cien habitaciones, algunos comercios que venden fotografías y otros recuerdos de Doorn, cafés y vendedores de refrescos.

Durante los primeros tiempos de exilio, el ex Káiser recibía frecuentes visitas de Alemania y de otros países, amigos políticos, especuladores, periodistas. Los hoteles estaban casi siempre llenos y los vendedores de recuerdos de Doorn hacían buen negocio. Después vinieron años de calma. A Doorn llegaba sólo de vez en cuando algún que otro antiguo fiel y campesinos curiosos de los alrededores, con sus trajes de domingo. Mas, ahora, ha vuelto otra vez a animarse Doorn: visitantes, mensajeros, curiosos, periodistas, van y vienen de nuevo. Todas las gentes a quien uno encuentra en el camino, en el hotel, en el tranvía, le preguntan a uno si es periodista, e inmediatamente comienzan a contarle cosas, como si esta fuera la obligación de los habitantes de Doorn:

“El ex Káiser tiene ya las maletas preparadas. Sólo espera una señal de Alemania para partir. Todos estos días vienen aquí señores muy importantes de Alemania para hablar con él. Se dice que ha conferenciado por teléfono con Hitler. Muchos de los criados están ya en Alemania. Cada nuevo día que no llega la señal, el ex Káiser muestra más acentuada su impaciencia”.

He tenido que dormir en Doorn para ser recibido al día siguiente. Por principio el ex Káiser no recibe a ningún periodista. Pero el Mariscal me dijo cuántas eran "las simpatías que Su Majestad siente por España" y puso a mi disposición un “oficial de S. M.” para que “me enseñara el parque y la finca y me explicara aquello que yo desease sobre la vida de S. M. en Doorn”. Eran las diez de la mañana de un sábado y continuamente llegaban gentes a la portería solicitando entradas para visitar la rosaleda al día siguiente, el primer domingo que debía abrirse este año. La entrada cuesta 50 céntimos holandeses. Pero la rosaleda a la que tan caro cuesta entrar está cuidada por las mismas manos del ex Káiser, las manos que antes empuñaron el cetro más poderoso del mundo.

A la finca se entra a través de una casa que es una especie de casa guardia, donde se encuentra la policía personal del ex Káiser. Desde que en octubre un joven alucinado quiso atentar contra la vida del ex Soberano, la vigilancia se realiza con mucho más rigor. En medio de la finca, rodeada por un estanque de agua, está situada la casa en que vive Wilhelm con su esposa, la Princesa Hermine, y las hijas del primer matrimonio de ésta. Es una especie de casona montañesa, sencilla y humilde, cubierta de hiedras.

Frente a la casa, en una pradería, se encontraba el propio ex Káiser, en pelo, con un traje de sport, cargando hierba en un carro. Aunque había bastante distancia entre el punto donde yo me encontraba y el centro de la pradera donde el ex Káiser trabajaba, daba la impresión de moverse con absoluta soltura y elasticidad. La barba, que se ha dejado recientemente, y el pelo, han adquirido una blancura de nieve. En el mismo momento en que presenciaba como el ex Káiser cargaba su hierba, atravesó, por delante de nosotros, la Princesa Hermine, montada en bicicleta y seguida por una de sus hijas. Diariamente - nos dijo el oficial -, el ex Káiser trabaja dos horas en la finca y la Princesa, mientras tanto, pasea en bicicleta.

El ex Káiser tiene cinco o seis automóviles, pero apenas si él mismo sale de viaje, “como no sea para visitar algún museo en Ámsterdam”. He querido ver la biblioteca, pero no me ha sido posible. Le he preguntado al oficial qué es lo que leía el ex Soberano, pero no pude obtener una contestación concreta. A mis preguntas sobre la opinión del ex Káiser en torno al Nacional-Socialismo, ha respondido siempre con contestaciones evasivas. En una especie de bazar “con artículos alemanes” que la Princesa Hermine ha establecido dentro de la finca de Doorn, para venderlos a buen precio a los turistas, pueden encontrarse muchos libros alemanes de sentido conservador, libros sobre los nuevos problemas de Alemania, toda la literatura sobre el ex Káiser, etc., incluso sobre Rusia; en cambio, ni un sólo folleto sobre el Nacional-Socialismo. Yo le he hecho notar esta anomalía al oficial, y no supo qué contestarme.

Me ha dicho que el ex Káiser oye con toda atención la radio alemana, que ha oído todos los discursos de Hitler y de los demás Jefes Nazis, que el día primero de mayo todos los habitantes de la Casa de Doorn han oído por radio el desarrollo de la fiesta en Tempelhof. Me preguntó a mí si yo la había visto y qué impresión me había hecho, y luego, dijo: “No pasará mucho tiempo antes de que nosotros podamos presenciar también semejantes actos, no por radio, sino en su propia realidad”.

Automóviles comenzaban a entrar y salir de Doorn, nuevas impresiones, nuevas noticias, el último periódico de Alemania. El teléfono funciona ininterrumpidamente. Los criados se mueven con un nerviosismo impropio de los criados de un desterrado. Indudablemente en Doorn ha vuelto a renacer la esperanza. Los campesinos holandeses que le hablan a uno de los “baúles preparados”, no han recogido sus palabras del aire.

Pero en la Cancillería de la Wilhelmstrasse no contestan.


Augusto Assía; Doorn, mayo de 1933.







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