domingo, 6 de agosto de 2017

GUERRA Y HEROÍSMO: "Se es valiente por un arrebato de la fantasía que hace olvidar el riesgo inmediato y que despierta el ensueño de realizar hechos heroicos. El Heroísmo lo engrandece la fantasía. El Heroísmo que sólo responda a un estricto deber de disciplina, sería algo mecánico de una estimación ínfima."



ELOGIO DEL HEROÍSMO

La verdad es que todo lo que se ha escrito sobre la última Guerra, durante la Guerra y después de la Guerra, es para hacerla completamente aborrecible. Se ha visto de ella nada más que el rudo objetivo y se la ha pintado con los colores más trágicos. Nada más que el ‘carnage’ que, en tiempos más atrás, describiera Lemonnier. La Guerra, en concepto de los que de cerca la han visto y la han vivido, no es más que ‘muertes, asolamientos y fieros males’. Como valor espiritual no han deducido de ella más que uno: el espanto, la sobreexcitación, la exaltación del espíritu bajo la obsesión continua y desgarradora de un terror infinito.

Todos los que han escrito de la Guerra, de uno y otro bando, a la postre los unos vencedores y los otros vencidos, Barbusse y Dorgelès, Remarque y Ludwig Reun, Andrea Lutzko, han coincidido en idéntica expresión de horror y desencanto. Para ellos la Guerra no fue más que una inútil carnicería, una monstruosa carnicería humana.

¿Nada más? Así parece. Porque yo no conozco ninguna obra que se haya escrito para defender la Guerra, descubriendo en ella algo que la salve de tantos anatemas implacables. Ahora, sin embargo, surge una excepción. La de Henry de Montherlant en su reciente libro ‘Mort et Vita’. Ya es un heroísmo en él hacer el elogio del Heroísmo en estos tiempos que corren, tan escépticos y de tan honda depresión moral por hallarnos todavía bajo la dolorosa impresión de los estragos, tanto espirituales como materiales, de la Gran Guerra que aún tiene desquiciado y en pánico al mundo.

Montherlant no se arredra ante el ambiente hostil a su pensamiento. Cree en el Heroísmo y proclama sus excelencias. Estima como factor de una gran valía moral, el Valor, y piensa que es un tesoro humano inapreciable. Sin embargo, el Valor para él encierra algunos defectos. Como el oro que va envuelto en escoria, y escribe:

“La virtud, pero también cierta falta de lucidez, cierta falta de sensibilidad y cierta falta de imaginación, forman los valientes”. Acaso de sus apreciaciones acerca del Valor sean exactas la falta de lucidez para discernir toda la gravedad del peligro y la falta de sensibilidad que impide, que haga mella en el ánimo temerario y esforzado, el espectáculo al vivo del horror del dolor y de la muerte.

Pero, indudablemente, si al Valor se le ha de dar un rango espiritual y no tomarlo como un simple signo de bestialidad desencadenada, hay que atribuirle una enorme influencia imaginativa. Se es valiente por un arrebato de la fantasía que hace olvidar el riesgo inmediato y que despierta el vago ensueño de realizar hechos heroicos. El Heroísmo lo engrandece precisamente la fantasía. El Heroísmo que sólo responda a un estricto deber de disciplina, sería algo mecánico de una estimación ínfima.

¿No se ha dicho que el Heroísmo es un caso de locura? Y la locura es una morbosa exaltación imaginativa.

Ahora bien, el concepto del Heroísmo, al menos del Heroísmo Guerrero, aunque otra cosa crea Montherlant, ha cambiado mucho en nuestra época. Antaño el Heroísmo Guerrero era individual; ahora el Heroísmo Guerrero es Heroísmo Colectivo. Y no puede ser de otro modo cuando son grandes masas, ejércitos numerosísimos, pueblos contra pueblos, los que en la Guerra Moderna, por ejemplo en la última Guerra, luchan con las armas, las armas más diversas y los instrumentos de destrucción, más varios y a veces más misteriosos, los qué luchan frente a frente. ¿Qué puede significar el Heroísmo Aislado de un individuo en medio de núcleos humanos tan formidables? La Historia Antigua está llena de esos casos de Heroísmos Individuales. La de España está llena de ellos y por tanto no hay para qué recordarlos.

Pero, aunque en la Gran Guerra se dieron también, y en abundancia, esos casos de heroísmos individuales, casos silenciosos, muchos ignorados y no pocos olvidados, ¿qué nombres de héroes extraordinarios ha legado a la posteridad? Ninguna Nación ha recogido sus nombres para eternamente glorificarlos como hizo la antigüedad admirada y reconocida.

Prueba también de que el concepto del Heroísmo ha cambiado mucho en nuestro tiempo es que ya no se concede la primacía absoluta al Heroísmo Guerrero. También se reconoce una enorme virtualidad y una valía máxima al Heroísmo Cívico. Más espectacular, sin duda, es el Heroísmo de los soldados que se juegan a cada minuto la vida en los frentes de batalla. Ellos pasan por el sobresalto, por la angustia, por el terror ante la muerte, sufren, se desesperan acaso, en una penosa y prolongada agonía. Pero los mantiene heroicos el estímulo del deber, el sentimiento patriótico que es una prodigiosa energía, el orgullo de la gloria a conquistar, que también mueve a los espíritus desinteresados, cálidamente ensoñadores.

Pero también en la retaguardia vibra un Valor Callado, un Heroísmo Silencioso. Masas que sufren la depauperación, la miseria y el hambre. Y las pestes asoladoras. Y, sin embargo, mantienen su bravura con un temple invencible.

Es precisamente de ese Heroísmo de la población civil, de la que lucha sin armas a distancia de las líneas de fuego, de lo que más se habla, de lo que los escritores hacen ahora el mayor elogio. La miseria y el hambre, abnegadamente aceptadas, hizo en la Guerra última casi tantas víctimas como la metralla en los frentes de combatientes. Tanto espíritu de abnegación, tanta exaltación de Heroísmo Callado hay en la madre del hijo que ha muerto en las trincheras en la explosión de una granada como en la madre del hijo que muere de inanición porque, depauperada por la miseria forzosa y seca por el hambre la fuente de su maternidad, se ve impotente para salvarlo. Ambas, sin embargo, resisten con un Valor desesperado. Lo más trágico, pero a la vez lo más glorioso, en esa abnegación, es que no esperan nada. Para ellas no se corta el laurel de la victoria ni se les promete en recompensa las conmemoraciones históricas.

Es también este Heroísmo Cívico un Heroísmo Colectivo. Por eso se conserva anónimo.

Sin embargo, justo es reconocer que el Heroísmo Guerrero goza hoy mismo de un mayor prestigio que el Heroísmo Cívico. Bajo ese prejuicio tan corriente, Montherlant hace sólo el elogio del primero. Pero tal vez se proceda con injusticia al mantener esa superioridad, al afirmar desigualdad tan flagrante.

Porque, ¿es más grande la valentía de los que marchan al asalto de un fortín que los audaces exploradores que van a morir en los hielos polares? Todos van hacia lo desconocido, hacia el reino del misterio y de la muerte.

Ya se sabe que los que se acomodan en el fondo fangoso de las trincheras, como topos humanos, están expuestos a un súbito bombardeo. Pero también los que bajan al fondo de una mina pudiera pensarse que están expuestos a una explosión de grisú, como las escuadrillas de pescadores que se aventuran en la ancha mar están amenazados de que se desencadene el ciclón y ni uno solo retorne al puerto. Y, no obstante, a ese Heroísmo Inconsciente, vulgar, de todos los días, no se le da ningún valor ni se le tiene en estima. Porque lo que ejerce una sugestión irresistible es lo anormal, lo espectacular, como es la Guerra con sus estragos lúgubres y sus espantos trágicos.

Cuestión de sensibilidad, cuestión de imaginación. Pero la razón serena, debe apreciar con un criterio de equidad y de justicia los hechos humanos.



José Betancort; 16 de junio de 1933.






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