sábado, 2 de septiembre de 2017

CONFERENCIA ECONÓMICA MUNDIAL (3): "Ni se va a salvar el mundo con el recetario que se apruebe en Londres, ni va a hundirse en el caos porque no haya medio de llegar a acuerdos concretos o después no se cumplan los que se tomen."



DOS ESCEPTICISMOS ANTE LA CONFERENCIA ECONÓMICA

Después de seis días consecutivos de Congreso, con oír tanto discurso y leer tantos papeles, se imponía, venir a Budapest para cambiar de ambiente y descansar un poco. No contaba con que, terminada una de esas reuniones internacionales, muchos congresistas se convierten en turistas y, por unos días, se les vuelve a ver todavía en un radio de algunos centenares de kilómetros del punto donde tuvo efecto la reunión. Es por esto, que he vuelto a encontrar a mi amigo, en la terraza del café Spolaritch, después de habernos despedido el día anterior en Viena. Desde que nos conocimos en Ginebra, con ocasión de formar parte de la sección de industria de la Comisión de Expertos que preparó la Conferencia Económica de 1927, he encontrado a ese simpático y cultísimo inglés en diversas ciudades del continente; invariablemente allí donde se reúne algún Congreso para tratar de cuestiones económicas.

Reanudamos con mi amigo el diálogo sobre los graves problemas de la hora presente y hablamos de la próxima Conferencia Monetaria y Económica de Londres, coincidiendo en mostrarnos escépticos sobre los resultados. A los dos nos alarma por igual la excesiva confianza de algunos, como las reservas y los temores de otros, porque todos creen que la Conferencia va a ser el paso decisivo hacia la normalidad económica, el último esfuerzo que se realiza para salir de la confusión actual. Y si los primeros ponen grandes esperanzas en los resultados - aguardando el milagro de la restauración con ilusión no contenida -, los segundos temen que si esto fracasa el mundo estará irremisiblemente perdido y no cabrá ya pensar en solución alguna. Por igual ponen en compromiso la suerte de la Conferencia los que se sitúan en los límites extremos del optimismo o del pesimismo para conceder a la reunión de Londres aquel carácter excepcional.

Mi amigo y yo estamos también acordes en apreciar que se exagera al atribuir aquel carácter a la Conferencia. Ni se va a salvar el mundo con el recetario que se apruebe en Londres, ni va a hundirse en el caos porque no haya medio de llegar a acuerdos concretos o después no se cumplan los que se tomen. Otra tentativa para poner remedio a tantos males; un nuevo paso en el angosto camino del restablecimiento de la concordia internacional; aun un esfuerzo para restaurar la confianza perdida, sin la cual el mecanismo económico no marcha; pero no más que esto. La Conferencia no puede ser otra cosa, porque nadie puede creer seriamente en el milagro de que todas las complicaciones, que se han venido acumulando, se resuelvan con arreglo a un Programa fijo, con la misma precisión con que se desenvuelve un programa de festejos.

Ahora bien, el escepticismo de mi interlocutor no está fundado en los mismos motivos que inspiran el que yo siento. Él cree en el proyecto redactado por los expertos; apenas si encuentra unas ligeras observaciones qué formular sobre cada uno de sus puntos fundamentales. Si no tiene fe en los resultados de la Conferencia, no es porque considere equivocada la orientación, sino porque duda de la buena voluntad de los Gobiernos y sabe que las resistencias nacionales, los intereses de cada Pueblo, opondrán formidables obstáculos a la implantación de los acuerdos. ¡Oh, la larga y triste experiencia de fracasos recogidos en ese camino de la vida internacional! Desde la primera Conferencia Económica de los Aliados, celebrada en París bajo el signo del odio y de la sed de venganza, porque estaba encendido todavía el espíritu de lucha, pasando por las de Bruselas, Génova y Ginebra, hasta llegar a los tanteos de acuerdos multilaterales entre Estados animados de un mismo deseo de paz y de normalizar sus relaciones económicas, todo se ha propuesto y nada se ha realizado. ¿Por qué pensar que ahora se puede lograr lo que hasta estos momentos no se consiguió?

Aquí viene, precisamente, el fundamento del escepticismo mío, que es más hondo y va más lejos que el de mi amigo. Nada se alcanzó hasta este crítico instante con las fórmulas propuestas en aquellas Conferencias o Pactos y, sin embargo, en vez de pensar en revisarlas, por si fuesen equivocadas, se cree o aparenta creer, como mi amigo, que ha sido únicamente por falta de voluntad de los Gobiernos y de los Pueblos que no tuvieron éxito y se insiste sobre ellas, incorporándolas íntegramente al Programa de Londres; es decir, como si se tratase de una simple cuestión de porfía en la que, por cansancio, los pueblos habrán de aceptar lo que hasta aquí no tomaron como soluciones eficaces.

Todos los extremos de los seis capítulos que componen el “Proyecto de Orden del Día anotado”, redactado por los expertos, aparecen inspirados en los mismos principios que hicieron fracasar las Conferencias anteriores y que en el documento se adornan con unos cuantos lugares comunes, que es difícil lleguen a convencer. El error fundamental está en tomar como punto de partida la consideración de que el mundo vive en un estado de “Guerra Económica” y apropiarse el léxico de las luchas armadas para definir los hechos que en el orden económico se producen. Esto crea un estado de ánimo poco propicio para las soluciones. Hablar de que en Lausana se firmó el Armisticio y en Londres se sellará la Paz Económica y usar constantemente los términos mismos que indican agresiones y resistencias, es poner en guardia para no decidirse a admitir ciertas soluciones, sin saber qué ocurrirá y qué peligros podrá correr la riqueza de cada país. Si la Conferencia de Londres será (como afirman los autores del Programa) la del “Desarme Económico”, correrá probablemente igual suerte que la desdichada del Desarme propiamente dicho, porque ningún Pueblo quiere abatir sus defensas ni reducir sus armamentos, sin la garantía de que no corre peligro su existencia misma.

Hoy no se vive un estado de Guerra Económica; se vive un Nuevo Orden Económico, que es muy diferente. La Guerra rompió el ritmo de la Economía Mundial, y el mapa político forjado por el Tratado de Paz, dislocó muchas economías nacionales, a las que no han bastado los años transcurridos para adaptarse a la nueva situación. Ante tales hechos, es absurdo hablar de Paz Económica con intento de volver a un estado de cosas similar al de antes de la Guerra. Lo que hay que hacer es buscar el ajustamiento a la nueva condición creada, lo cual exige modalidades que no aparecen en los Programas de las Conferencias hasta ahora celebradas ni en el de la que va a reunirse.

Se habla insistentemente de supresión de barreras, de desarme, de tregua y se detallan los objetivos y hasta los procedimientos para que los Estados abandonen sus posiciones defensivas; pero, apenas si se habla de cómo se evitarán las agresiones que obligaron a establecer estas defensas. Las elevaciones arancelarias, los contingentes y todas las restricciones que traban el libre desenvolvimiento del comercio internacional, fueron consecuencia de las importaciones forzadas, del dumping, de las invasiones de productos en los mercados, cuya producción indígena quedaba arruinada y cuyo Comercio mismo se desmoralizaba. No se puede, pues, pedir que se supriman las defensas, sin ponerse a cubierto del riesgo de nuevos ataques. Cada Economía ha de sostener las fuentes de riqueza que ha creado y no puede arriesgarse a caer en esclavitud o servidumbre económica de otras.

Este es el caso. Las grandes Potencias saben bien lo que se proponen; van a Londres con sus objetivos, con sus ideas bien preconcebidas, que tienden a procurarse de nuevo los mercados que perdieron. Frente a esta actitud, claramente definida, ¿qué programa llevan los otros Estados? Les vemos afanosos buscando qué principios habrán de sostener y cuáles podrán admitir. Esta precipitación con que en estos días se ha preparado el bagaje que hay que llevar a Londres, recuerda el modo pintoresco con que en las películas americanas algunos personajes disponen sus maletas para un largo viaje, recogiendo de aquí y de allá, al azar, las prendas más inverosímiles y metiéndolo todo revuelto en el equipaje, que queda listo en unos minutos. Con esta prisa y tal desorden se ha formado en muchos países el bagaje, el programa para ir a la Conferencia.

Aparte la desigualdad de intentos y preparación con que los Estados van a la Conferencia, el motivo más esencial para no creer en sus resultados está en que no cabe separar lo económico de lo político. La Cámara de Comercio Internacional encabezaba su ‘rapport’ con estas palabras: “La confianza indispensable a la normalidad económica no puede renacer más que si en el orden político los Gobiernos realzan el esfuerzo necesario para resolver, con un espíritu de buena voluntad, los problemas del momento”. Estos problemas políticos no están en el Programa de Londres; del cual incluso se ha descartado la gravísima cuestión de las deudas intergubernamentales, que es condición previa indispensable para poder resolver el caos monetario, restablecer el equilibrio entre precios de venta y costo de producción y despejar la política arancelaria; esto es, los tres extremos capitales de lo que va a tratarse en Londres.

Está el mapa político demasiado revuelto para que se piense que es posible un equilibrio económico donde hay tantos fermentos de perturbación por otros motivos más fundamentales. Los pueblos que se anexionaron territorios, todavía no han asimilado esos aumentos; los que sufrieron desmembraciones, rugen sordamente en su protesta. En la Plaza de la Libertad de esta ciudad donde escribo, la bandera nacional está siempre a media asta frente al parterre que adorna, como permanente protesta, un mapa de flores mostrando lo que era la ‘Hungría milenaria’ y lo que es después del ‘monstruo de la Paz, abortado en el Trianón’.

Esto mismo piensan otros pueblos, y mientras así se diga y se propague, viviendo esas inquietudes y esos rencores, es absurdo hablar de equilibrio económico, porque la condición esencial de la normalidad económica es el orden, la paz, que asegurada en perspectivas lejanas permita el desenvolvimiento de las actividades productivas y la normal función del crédito.

A estas alturas es de una ingenuidad sorprendente creer todavía que la anormalidad económica es producto de una Crisis o el fenómeno de la Depresión. Crisis quiere decir momento decisivo, situación álgida, pero breve, en una dolencia. La Depresión es el trayecto descendente de la curva de los negocios en el proceso de un Ciclo Económico. Ni uno ni otro de estos vocablos define los fenómenos que ahora hay que definir. El término más adecuado, es el de ‘desbarajuste económico’, que significa la resultante de una compleja acción de desorden, de disipación y de ruina. Son tantos los errores y tantas las locuras cometidas, que estamos en un formidable período de descomposición, imposible de detener. ¡Esto no se cura con la Conferencia de Londres ni con diez Conferencias más!

De todo esto hablamos con mi amigo en el rincón donde fui a refugiarme para escuchar música auténtica de ‘tziganes’ por la más renombrada orquesta de la ciudad; y acabamos en deprimente discusión sobre la triste situación presente.



Pedro Gual Villalbí; Budapest, junio de 1933.






3 comentarios:

  1. Nuestro Mundo Nacionalsocialista fue posible. La coalición judío sionista internacional, pudo abortar la. Ergo podrá a VOLVER A SER POSIBLE,en el Coraje,Honor y Valor de Nuestra Raza, adonde se suma para su plenitud Nuestro Verbo Encarnado Nuestro Dios y Señor Jesucristo,desde toda sU ETERNIDAD la única y Verdadera Eterna Alianza, prescripta la falsa y engañosa. Primera. Manuel César Andrade Díaz.Salta. Argentina.

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  2. Jajaja Manuel, su raza "superior" nacionalsocialista fue derrotada categóricamente, tan raza superior no era, ni hablar que siquiera existen las razas, ya que somos todos homo sapiens sapiens...

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  3. Ana Valerio, le mando un gran saludo, y una muy grande felicitación, por este su Blog. me ha encantado la información tan basta e interesante. le reitero mi admiración, creo que somos contactos en común de facebook, un abrazo desde el norte de Méjico. el Desierto de Sonora, Hermosillo... donde el Mar Se une con el Desierto. Feliz Semana Santa. Ana V.

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¡SE AGRADECE SU APORTACIÓN A ESPEJO DE ARCADIA!