martes, 30 de abril de 2019

EL PODER: "También es un acto el pensar públicamente. El Poder es una gran suma de responsabilidades. Quien no las conozca, quien no las afronte dignamente, no debe ser llamado a gobernar. El Pueblo se ha sublevado, no por sentirse oprimido, sino por no verse gobernado."


"El Triunfo de David"

El artículo que se reproduce a continuación es producto de la opinión pública que se tenía a la llegada reciente del Nacional-Socialismo al poder en Alemania, aunado a la incertidumbre y desconfianza internacional que reinaba posterior a la Primera Guerra Mundial. Para esta fecha el Proyecto Social NS aún era desconocido para todos. 

ACTOS Y ACTITUDES

H
ay dos políticas, como hay dos modos del vivir, en absoluto diferentes: política de actos, política de actitudes. Y no hablemos aquí de esa subpolítica de meras ‘opiniones’ o meras ‘fantasías’ verbales, a que el ciudadano meridional se entrega campanudamente desde su muelle diván, como quien se entrega al opio.


La vieja política española sufría de una marcada propensión a la embriaguez retórica, solía nutrirse de actitudes, muchas de ellas escultóricas, como para una ‘inmortalidad’ parlamentaria; para que la nueva verdaderamente lo sea, y eficaz, debe renunciar al glorioso mármol y ceñirse a la vida escueta. La nueva política debe equivaler a una cadena de actos. Y no olvidemos que, lo decía Georges Benjamin Clemenceau, "también es un acto el pensar públicamente". El pensar, no el agitar el diccionario.

Cadena en el sentido más ‘lógico’ del vocablo, también en su sentido judicial. Actos perfectamente eslabonados que respondan a una conciencia y a un rumbo; actos que liguen, que obliguen a quien los provoca y a quien los realiza, que lleven consigo su responsabilidad clara, su sanción. Las actitudes no encadenan a nadie. El histrión -y el político de actitudes es siempre un histrión- no responde de nada con su yo verdadero. El verdadero responsable es un fantasma bajo el cual vive todo comediante. Que a la hora de la responsabilidad se escabulle.

Pero, ante todo, el Poder es una gran suma de responsabilidades. Quien no las conozca, quien no las afronte dignamente, no debe ser llamado a gobernar. Por eso es tan difícil explicarse cómo un hombre leal consigo mismo pueda ser capaz de ambición política, es decir, de deseo de ser ‘sumamente’ responsable. Por eso en la Política abundan tanto los audaces; por eso un partido político suele ser un semillero de histriones, de hombres que saben forjarse una careta, una armadura que reciba los palos y, en su día, no pueda responder de ningún error. Aquellos viejos figurones que, en un frondoso artículo o en un mitin, ‘pedían el poder’, inspiran lástima. ¿Es que puede concebirse a un hombre serio reclamando así el poder, en la vía pública? Daban la impresión de charlatanes de feria, que ofrecen el ‘remedio universal’ por diez céntimos. Y sería lamentable que hubiesen dejado prole.

Se habla aquí del ‘poder’ tal cual hoy lo concebimos, tal como lo exige nuestra época de aguda civilización y de gravísimos problemas, que debiera rechazar rotundamente a los histriones, a los vacíos manipuladores de mitos y de tópicos. Un poder sobrecargado de prudencia, de conocimiento de problemas, de sabiduría de los hombres y de las cosas. Un poder donde se acentuase poco ‘el mando’ y mucho ‘la autoridad’.

Aunque bien sabemos que hoy el mundo no se cuida mucho de alcanzar esta perfección del poder, esta modernidad del poder, y prefiere el retorno a regímenes antiguos, a los caminos trillados, a tiranías de nombre diferente y pomposo, a soluciones fáciles: la dictadura es la más sencilla; se reduce a prescindir de los hombres, a no contar con ellos para nada; el dictador resuelve los problemas dándoles un puntapié.

“El peligro de la libertad antigua -escribió Benjamín Constant- estaba en que, atentos únicamente a asegurarse el reparto del poder social, los hombres no se preocupaban mucho de los derechos y bienestar individuales”. Hoy que el hombre político ya ni siquiera pide el poder, sino que se lo toma, tampoco se preocupa mucho del individuo, como no se preocupaba un Faraón cualquiera. Por eso, hemos hablado aquí tantas veces de la nueva barbarie. Toda Europa está pensando en ella. Esos hombres y naciones que hoy intentan repetir malamente la historia, sin duda por no saberla continuar, tuvieron siempre muy buen cuidado de prescindir del individuo, de admitirlo sólo como número de fila, menos mal si lo admitiesen como ciudadano. Quieren abolir el individuo, porque así, virtualmente, queda abolida la responsabilidad. No habrá quien la exija.

Y para llegar a estos fines, inventan la gran farsa de una necesidad superior, de los nacionalismos. Y llueven los símbolos, los grandes gestos, el altorrelieve, las mezquinas ideas aparatosamente infladas... Todo lo teatral.

En el libro de Joseph Bickermann, ‘Don Quijote y Fausto’ hay un capítulo dedicado al Poder. Para Bickermann, este problema del Poder ‘es el problema de la sociedad humana, de la vida colectiva de los hombres’. Y Cervantes y Goethe se tropiezan con la cuestión, puesto que Sancho y el Emperador gobiernan o pretenden gobernar un pueblo. Pero ni uno ni otro sabían gobernar. Sancho pensaba en aplicar a sus fantásticos isleños un considerable lote de refranes, además de un régimen primitivo. El Emperador, un vacío protocolo. Y uno y otro pensaban más en los placeres del mando que en sus cargas.

Y ocurre lo que Mefistófeles apunta: “El Pueblo se ha sublevado, no por sentirse oprimido, sino por no verse gobernado”. Del Poder, sólo se ve el mando, no el prestigio. Y sin prestigio, flaquea toda autoridad. El prestigio es la parte de magia que la autoridad debe llevar consigo: la otra parte es la fuerza, el mando. Sería inhumano gobernar a los hombres con sólo la segunda.

El Poder fracasa, lo mismo por dejarse demasiado sentir que por no dejarse nada sentir. Sancho ‘aldeanizaba’ el poder, le suprimía todo signo exterior -al apócrifo gobernador le oprimía la armadura-; el Emperador se quedaba sólo con los signos rituales exteriores, con las ‘actitudes’ estatuarias. De un modo u otro, Cervantes y Goethe, hacen fracasar los dos ‘poderes’. Y Bickermann dice: “El Poder no es un privilegio, sino un problema que hay que resolver de nuevo cada hora; es una esfinge. Si no se resuelve, devorará cuanto se le ponga de frente”. Sancho y el Emperador veían el poder como un privilegio. Continuar viéndolo así es una señal de hombres retrasados, es algo que sólo puede hoy concebir el ya abundante gremio de cínicos que van recogiendo el poder abandonado por quienes, en efecto, no lo sienten como privilegio, sino como problema, como angustioso problema, erizado de espinas.


Benjamín Jarnés; 22 de junio de 1933.






2 comentarios:

  1. Camarada Ana, como puedo contactarle, para colaborar con usted mi correo es suceso.valdes@gmail.com

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    1. Hola Suceso Valdes. Un gusto contar con su visita a Espejo de Arcadia. Lamento la demora en responder, me había sido imposible hacerlo antes. Puede contactarme a este correo:

      athal.wolf@hotmail.com

      Cualquier aportación informativa-histórica es bien recibida.

      Muchas gracias

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