domingo, 14 de abril de 2019

LA ACTIVIDAD CREADORA: "Todos los esfuerzos de los hombres se basan en volver la vista atrás, sin darse cuenta de que el retroceso del mundo es una operación imposible, y que toda la atención y la inteligencia toda se han de fijar y esmerar en conseguir un porvenir mejor. Para movilizar el trabajo y todas las formas de la actividad, es preciso en primer término movilizar las inteligencias y las voluntades."



QUEDA MUCHO POR HACER

Según se desprende de los datos reunidos por la Oficina Internacional del Trabajo, de Ginebra, el número de obreros faltos de ocupación ha engrosado durante el primer trimestre del presente año. La relación entre el número de obreros parados y el del total de obreros del respectivo país era del 33% en Alemania, del 23% en la Gran Bretaña, y alcanzaba hasta el 34% en los Estados Unidos. La Federación Americana del Trabajo estimaba en el mes de enero último, que el conjunto de obreros sin trabajo pasaba algo de doce millones; pero otras estadísticas elevan aún mucho más esta aterradora cifra.

Todos los esfuerzos de los hombres llamados a mitigar esta dolencia, se basan en volver la vista atrás, atraídas sus miradas por el deseo de que todo funcione como antes, sin darse cuenta de que el retroceso del mundo es una operación imposible, y que toda la atención y la inteligencia toda se han de fijar y esmerar en conseguir un porvenir mejor, para lo cual los recursos conquistados por la civilización dan medios absolutamente bastantes.

Muchos suponen que, por el contrario, todo el mal depende de que el hombre ha progresado demasiado, que el número de máquinas es excesivo, que la humanidad vive mejor cuanto mayor es su impotencia y su ignorancia. Todas las teorías pueden encontrar defensores, y no faltan los que sostienen que lo mejor es no hacer nada.

Las discretas máquinas, que son incapaces de moverse si no hay quien las ponga en movimiento, se llevan, en concepto de tales personas, la mayor parte de la culpa de lo que acontece en el mundo. Pero, imagine el lector, para esclarecer este punto, el siguiente caso: una vecina ha comprado la más modesta de las máquinas existentes, una vulgar heladora para confeccionar helados que, con la mayor satisfacción, se tomarán los individuos de la familia. Y suponga el lector que aquella vecina, después de adquirir el modesto artefacto, mueve a todas horas la manezuela, y prepara helados para el desayuno, y para la comida, y la merienda y la cena de todos los días del verano y del invierno, hasta saturar de ellos a cuantos seres vivientes se hallan a su alcance. Imaginado esto, ¿deducirá honradamente el lector que la máquina heladora es un monstruo, y que su inventor merecería la horca, o considerará más exacto afirmar que aquella vecina había perdido el seso al hacer de la máquina un empleo excesivo, propio de un loco de remate?

La gran preocupación del que fabrica una cosa, y también de quien cultiva una tierra, es la de ganar la mayor cantidad de dinero posible con el producto de su actividad y de su trabajo. Esta obsesión le hace olvidar el examen de la situación general de los posibles compradores, y de ello resulta ahora y, aunque en menor escala, ha acontecido siempre lo mismo, que cuando el beneficio obtenido con la elaboración de determinados productos ha sido considerable, un número creciente de competidores se han dedicado a su producción hasta llegar a la saturación de los compradores y al envilecimiento de los objetos que antes proporcionaban cuantiosas ganancias.

De ello resulta una consecuencia lamentabilísima, y es que mientras de muchas cosas hay una abundancia extraordinaria, de tal manera que sólo se ha hallado, para remediar su situación precaria, el recurso de quemarlas, queda en todas partes una tarea enorme que realizar para que un número cada vez mayor de los ciudadanos y de los campesinos del mundo disfruten, aunque sea en modesta escala de los beneficios de la civilización.

Con motivo del paro forzoso de tan gran número de obreros, se ha examinado por algunos en qué trabajos podrían ser empleados, y del examen resulta, naturalmente, que en todos los países se quedan muchas cosas por hacer, y que, sin embargo, no se llevan a cabo, pues solemos preferir dedicarnos a las lamentaciones que a actuar de una manera decidida. El malogrado director que fue de la Oficina Internacional del Trabajo, Albert Thomas, había estudiado una relación de grandes trabajos que afectaban a la mayoría de los países, y que podían proporcionar ocupación a numerosos obreros. Entre estos trabajos, que proponía Thomas, recuerdo el siguiente, que demuestra que una tarea, al parecer de escasa importancia, adquiere al ser multiplicada, caracteres extraordinarios.

Era, la labor a que me refiero, la de sustituir el enganche usual de los diversos vagones de un tren por un sistema automático que evitase el que un obrero haya de situarse, para efectuar el enganche, entre dos vagones; operación peligrosa, que el lector habrá contemplado repetidas veces en las estaciones, y que cada año da lugar en el mundo entero a un considerable número de víctimas. Albert Thomas había calculado que, para establecer este sistema automático de enganche, ya ensayado y que al parecer da excelentes resultados, se necesitaría emplear, durante cinco años, a 320 mil obreros; y esto sólo refiriéndose a las líneas férreas europeas. Extendida al mundo entero, una labor al parecer nimia absorbe una cantidad de trabajo que adquiere las proporciones de lo fabuloso. Aun en los países más adelantados, lo que queda por hacer, en cualquier sentido que sea, requiere una suma considerable de trabajo, persistiendo durante largo tiempo.

Un escritor francés, Paul Reynaud, se lamentaba de las muchas cosas que faltan en su país, que no puede ciertamente reputarse de que marche con retraso por el camino del progreso. “¿Cómo hablar de disminuir la potencia creadora -escribía Reynaud no hace mucho tiempo-, cuando quedan por construir, en Francia, diez millones de cuartos de baño? ¿Por qué los franceses han de disponer, relativamente, de la quinta parte de los aparatos telefónicos que utilizan los canadienses y de la octava parte de los aparatos de radio de que disponen los ingleses?”.

Hacia cualquier parte del horizonte que dirijamos la mirada, podremos observar que la inmensa mayoría de los seres que viven en el espacio examinado, carecen de los elementos que la ciencia y el progreso en todos sus aspectos han considerado necesarios para asegurar la salud y un relativo bienestar de las familias. En países como el nuestro, la lista de trabajos que están por hacer sería tan larga que quizá llegaríamos a convencernos con su lectura, pues daría idea del mucho tiempo que llevamos perdido peleándonos en vez de dedicarlo a menesteres de mayor utilidad.

Es necesario esforzarse constantemente en combatir la idea de que hay que disminuir la actividad creadora; pues si esta actividad cesara, el mundo entero sufriría los efectos del estancamiento que algunos consideran como el remedio más adecuado para curar todos los males. Lo que sí es conveniente, es ordenar esta actividad, porque el progreso no se obtiene corriendo locamente, sino marchando de un modo ordenado en la dirección debida.

Es por este motivo que repetidas veces he indicado en estas páginas la conveniencia de que se fije el cuadro de las cosas que son más indispensables para la mejora general de nuestra tierra, de sus campos, de sus ciudades y de sus aldeas, cuadro que no sólo serviría para que todos tuviéramos idea de las muchas cosas que nos quedan por hacer, sino que constituiría una base necesaria para deducir el mejor medio de llevarlas a cabo. Para movilizar el trabajo y todas las formas de la actividad, es preciso en primer término movilizar las inteligencias y las voluntades.


Mariano Rubió y Bellvé; 18 de junio de 1933.





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