viernes, 24 de mayo de 2019

CIENCIA Y TÉCNICA ECONÓMICA: "En la Conferencia de Economía no hay más que 'la pasión del gallo', pero falta la pasión de la buena nueva: 'la pasión de la paloma'. Cuando alguien se levanta para producir sensación, es que le ha dominado 'el espíritu de contradicción', que fuerza el interés inmediato y particular, contrapuesto al interés perpetuo y general. Las Relaciones del Mundo no dependen de una Conferencia. Galileo nos enseñó que la Tierra da vueltas y no hay Conferencia que pueda detenerla."

Doctor: Albert Einstein


CIENTÍFICOS Y TÉCNICOS

D
espués de Copérnico, los caballeros del pre-Renacimiento se batían en duelo a muerte por si la tierra era un planeta fijo o móvil. Fue preciso que Galileo abstrajera en una fórmula matemática el movimiento de nuestro Globo para que las gentes se dieran cuenta de su evidencia. Hasta ahora, el mundo no ha logrado ponerse de acuerdo más que sobre abstracciones. Si recuerdo, el ejemplo de Galileo es porque en esta semana se celebra el tercer centenario de su muerte; podría recordar lo mismo otros cien ejemplos.

Seguramente, una de las taras de nuestra actual vida internacional es la incapacidad en que se encuentran nuestros hombres dirigentes para manipular abstracciones. Lo que, después de todo, no es sino una consecuencia del predominio que se le ha otorgado a la Técnica sobre la Ciencia. En la Conferencia Económica Internacional hay 160 técnicos y ni un solo científico de la Economía. Así, en cuanto se ponen a hablar sobre la Estabilización de la Moneda, la regulación de las tarifas o la tregua aduanera, la discusión se proyecta automáticamente hacia las discrepancias en lugar de proyectarse hacia las coincidencias. Un científico abstraería el problema de las tarifas, por ejemplo, planteándolo del siguiente modo: ¿Es útil o perniciosa la tarifa aduanera? Y decidiría de un modo absoluto. (La Teoría Liberal Económica ha decidido ya que es perniciosa). Pero los técnicos descoyuntan el problema con particularismos; están en la misma posición respecto al movimiento de la Economía que respecto al movimiento del Mundo estaban los caballeros, medio teólogos, medio renacentistas, de la época de Copérnico. Pueden matarse por una columna del arancel, pero son incapaces de concebir la arquitectura de la Economía.

Don José Ortega y Gasset, hablaba en un ensayo escrito hace mucho tiempo, de “la pasión del gallo” y “la pasión de la paloma” (o la pasión de la riña y la pasión del mensaje). En la Conferencia de Economía no hay más que “la pasión del gallo”, pero falta la pasión de los lejanos horizontes y de la buena nueva: “la pasión de la paloma”. Cuando alguien se levanta para producir sensación, es que le ha dominado lo que los antiguos católicos llamaban “el espíritu del mal”, lo que hoy se llama “el espíritu de contradicción”. La contradicción que fuerza el interés inmediato y particular, contrapuesto al interés perpetuo y general.

Mr. Chamberlain reconoce que, sin una tregua aduanera, es imposible toda concordancia económica mundial. Pero, a renglón seguido, Inglaterra se niega a firmar compromiso alguno sobre la tregua aduanera. Mr. Cordel Hull declara que sin que los precios de las mercancías suban, a fin de que la producción se convierta en rentable y vuelva el capital a sentir anhelos emprendedores, es imposible toda movilización económica y toda superación de la crisis. Pero a renglón seguido, los Estados Unidos se niegan a comprometerse en una estabilización del Dólar, la única base posible para un alza de los precios. Durante algunas sesiones, la sala de la Conferencia da la infecundidad y agobiadora impresión que pudiera dar una reunión de pescadillas mordiéndose la cola.

En otro país, sobre otro terreno menos firme que el de las Islas Británicas, esta desconyuntura de las cabezas como expresión de la desconyuntura de esos inmensos y desoladores islotes de economía, congelados en los almacenes, en los graneros, en los puertos con congelación de muerte: sería desolador y desconcertante. Pero en Londres, hasta la más aguda disonancia temporal, es inundada por la gran consonancia británica. Unos cuantos pasos al norte de la sala del Museo de Historia Natural comienza el Hyde Park, el corazón verde de Londres, donde, como dice ‘The Times’, todas las primaveras ‘anidan cincuenta y seis clases de pájaros’. El Hyde Park es, además del corazón verde de Londres, la última isla de la libertad. Todas las ideas pueden ser propugnadas sobre las pequeñas tribunas, en forma de escalera doble, que se levantan en la entrada del noroeste. Desde el Irak y desde Besarabia, desde Brasil y desde Japón, llegan aquí todos los desasosegados del mundo a propugnar sus inquietudes. No hay una sola religión, ni una secta, ni un pensamiento que no encuentre su defensor en el Hyde Park.

Parece que fueron los emigrados políticos del siglo XVIII y XIX quienes iniciaron las costumbres de las Conferencias del Hyde Park, trayendo a él, anidado bajo la ancha copa de sus sombreros, un ‘pájaro’ cuya clase se le ha olvidado enumerar al ‘Times’, el pájaro de la pólvora. La mayoría de las ideas que hoy intentan desgajar el Imperio han nacido al amparo de la sombra de los árboles del Hyde Park. Aquí han hablado Marx y Baudelaire, Stendhal y Zola. Ahora, la mayoría de los que hablan son Clérigos, jóvenes representantes de sectas religiosas, de ojos profundos y tez pálida, que llevan al pecho carteles designando la idea que propagan (‘la buena nueva’, ‘la verdadera revelación’, ‘la salvación por el nombre de Jesús’). ‘¿Y cómo explican ustedes la relación entre lo temporal y lo eterno?’ ‘¿De dónde proviene y a dónde va la substancia humana?’, preguntan los obreros sin trabajo que vienen a entretener aquí sus ocios, preguntan las mujeres del pueblo que regresan de las tiendas cargadas con sus paquetes. Si los Delegados de la Conferencia vinieran al Hyde Park, calificarían de locos a estas gentes que buscan a Dios discutiendo bajo los árboles.

A Albert Einstein parecían interesarle mucho. Lo he visto ir y venir de un grupo a otro, seguir las discusiones con gesto expectante. Su melena y su chambergo renovaban viejos aires del Soho de los emigrantes. También él es emigrante. Ha llegado con su violín bajo un brazo, y un paraguas bajo el otro.

Los cronistas que escriben en tono de arrebato (sobre todo, los cronistas alemanes), hablan de que un fracaso de la Conferencia aniquilará todas las relaciones mundiales. Las verdaderas relaciones mundiales viven en el Hyde Park en los predicadores y en los pájaros, de cuyas cincuenta y seis clases, treinta y dos son emigrantes, o bajo el sombrero del profesor Einstein.

Una Conferencia de técnicos no puede ni debe regular las relaciones del mundo; lo que tiene que hacer es regular las tarifas aduaneras, el intercambio del dinero, las relaciones comerciales. Si lo logra, triunfará; si no, fracasará. Pero las ‘relaciones del mundo’ no dependen de una Conferencia. Galileo nos enseñó que la Tierra da vueltas y no hay Conferencia que pueda detenerla.


Augusto Assía; Londres, junio de 1933.






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